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Archive for April 2018

La realidad es compleja, no complicada

 

El mundo de nuestra infancia era por necesidad simple. Las limitaciones cognitivas de nuestra mente nos hacen filtrar la realidad haciéndola aparecer como más simple de lo que es y, por su parte, los adultos tratan de dar respuestas a los niños ajustadas a su capacidad. De hecho, muchas veces el adulto comprende mejor la realidad cuando realiza este proceso de simplificarla con fines didácticos. 

Es fácil que añoremos esa realidad simplificada de la infancia cuando nos hacemos mayores, y comenzamos a percibir que la realidad es mucho más compleja de lo que podíamos llegar a imaginar. Un mundo de claroscuros en el que no está tan claro quiénes son los buenos y quienes lo malos de cada historia, y en la que a menudo es dificil comprender qué interconexión existe entre elementos que aparecen como aislados y en contraste paradójico. 

Es complejo observar, por ejemplo, que uno puede tener sentimientos enfrentados hacia alguien, y que a la vez podemos sentirnos atraídos por alguien a quien rechazamos en parte. Nuestros hijos nos despiertan un tremendo amor incondicional, y sin embargo hay momentos en los que nos sentimos irritados con ellos como con nadie. 

Cuando nuestra mente no consigue comprender esta complejidad, la sensación aversiva que nos produce nos lleva a etiquetar esa situación como "complicada". Una palabra que incorpora una clara connotación negativa. Nadie parece querer llevar una vida complicada. Complejo, por el contrario, es un término más neutro. Una vida compleja puede ser una vida plena y rica. La complejidad puede llegar a ser interesante. Y ante todo, la realidad es compleja, queramos o no verla así. 

Simplificar la realidad en el mundo adulto nos puede llevar a aumentar nuestro sufrimiento existencial, ya que la realidad se nos presenta como persistentemente más compleja de lo que deseamos. No vivimo ya en ese mundo infantil, y tratar de hacerlo no es más que una fantasía regresiva. 

Como todo el que se embarca en  un viaje, al jardín del Edén volvemos diferentes de como salimos de allí. No podemos pretender mantener aquella ingenuidad característica del mundo simple. El camino hacia la plenitud y la salida del laberinto mental está en la sencillez, que nada tiene que ver con la simpleza.

Si vemos la realidad como "complicada", preguntémonos si no es nuestra mente la que la complica en el intento de comprenderla. De alguna manera, nuestro ego se apega a sentirse el centro dramático de su existencia. 

Para comprender lo complejo necesitamos desarrollar una mente sencilla e inocente (no ingenua), que pueda descartar lo irrelevante y observar las cosas de una nueva manera, con mente de principiante.  

 

 

 

Las falsas expectativas

Pertenece a la cultura popular hablar de las "falsas expectativas", ya que es una experiencia generalizada, desagradable y frustrante llevarse batacazos en la vida cuando la realidad defrauda lo que habíamos esperado de ella. Un conocido remedio de sabiduría popular nos lleva a preguntarnos si no estamos generando falsas expectativas, como modo de acolchar el golpe, de prepararnos de alguna manera ante lo que pueda finalmente ocurrir cuando esperamos que suceda algo. 

Este cuestionamiento un tanto pesimista de nuestras esperanzas estaba impregnado de la virtud de la prudencia. La psicología popular sabe que el golpe es mayor cuanto más energía ponemos en creer que lo que deseamos finalmente sucederá. La vida va templando decepción tras decepción esta manera la manera infantil de ilusionarse demasiado con el futuro esperado.  La tolerancia a la frustración se va desarrollando, y atrás van quedando las pataletas sobre cuestiones nimias (al menos la exteriorización de ellas). 

La sabiduría más trascendental parece llevar esta sabiduría popular a un extremo, al recomendar directamente vivir libre de cualquier expectativa. Vivir el presente, sin esperar nada del futuro. "Fluir" con lo que va viniendo. No se trata ya de discernir entre expectativas razonables y falsas, sino que se cuestiona la naturaleza ilusoria de la misma expectativa, como entelequia mental que nos distancia del momento presente. Se ilusiona el i-luso, aquel que carece de la luz de la conciencia.

Sin embargo, ¿no es demasiado pedir para el ser humano vivir sin ningún tipo de esperanza? La virtud de la paciencia parece que necesita para ejercitarse del tiempo de espera. Paciente es más bien el que sabe esperar que el que ya no espera nada. Es fácil que en esa actitud de "ya no espero nada" haya más de resentimiento y resignación que de sabiduría trascendente, auque de esta se disfrace. 

Por el contrario, el verdadero sabio se entusiasma con la vida. En el entusiasmo (etimológicamente, "estar lleno de dios"), la luz que guía la vida está dentro, no fuera. Resulta maduro llevar brújulas psicológicas, mantiendo rumbos que dan sentido a su vida. Sin embargo, el sabio ha aprendido que las cosas no suceden como uno quiere, ni cuando quiere. Y que si no suceden, al ampliar la mirada, uno se da cuenta de que lo real es siempre mejor que lo imaginado. Siempre atento a perseverar lo justo y necesario, y saber soltar cuando es pertinente. 

De esta forma, llego a la conclusión de que como seres humanos siempre estamos esperando que sucedan cosas, no podemos evitar que nuestro lóbulo prefrontal cerebral siga realizando su función de planificación. La realidad nos sigue decepcionando a pesar de que hayamos relegado nuestras expectativas a lo inconsciente, cuando no nos permitimos tenerlas. Eso muestra que en algún sitio no observado continúan actuando.

Lo que podemos dejar de hacer es esperar que ocurra aquello que esperamos. 

El anhelo es una esperanza que parte del entusiamo, en lugar de la ilusión. El anhelo hace que nuestro deseo sea menos infantil y egocéntrico, es un deseo de que nuestra felicidad conecte con la felicidad de los demás.

El anhelo se entrega a los dioses, y entonces uno puede decir con conciencia "ojalá" (que Dios lo quiera). Que nuestra pequeña voluntad se encuentre alineada con una voluntad mayor, con ese diseño inteligente que acaba determinando lo que sucede: "Hágase Tu voluntad". Por otro lado, nos hacemos responsables de lo que esté en nuestra mano hacer para que eso suceda. Perseveramos hasta que llega el momento de soltar, si la realidad nos deja claro que "no era por ahí". Ningún tiempo se pierde cuando lo empleamos en crecer internamente, madurar y hacernos así cada vez un poco más sabios en el arte de vivir.