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Archive for January 2018

Empatía y egocentrismo

Por lo general consideramos que una persona es empática cuando muestra interés por los demás y siente com-pasión por las emociones contractivas que el otro pueda estar sintiendo. Suele estar mezclada esta idea de empatía con un componente intuitivo en el que el otro de alguna manera incluso llega a "adivinar" el estado emocional interno del otro, a pesar de los esfuerzos que pueda estar haciendo aquél por ocultarlo. Una visión que a menudo se expresa en un "sé cómo te sientes". Cuando aparecemos como adivinadores empáticos, dotados de un halo mágico por el cual parecemos saber cómo se siente el otro incluso mejor que él mismo. El impacto de que alguien se interese por nosotros es por lo general mayor que nuestra necesidad de defender las posibles divergencias con respecto a su visión de nosotros, más cuando es habitual que vivamos con cierto nivel de autoengaño con respecto a lo que en verdad sentimos. Como un buen horóscopo, el lector de mentes siempre acaba acertando.

Esta forma de empatía en realidad se fundamenta la mayor parte de las veces en una forma refinada y avanzada de egocentrismo, que expande el propio ombligo para abarcar al otro. Una empatía que resulta del reflejo que proyectamos en el otro al plantearnos qué sentiríamos si estuviéramos en su misma situación. Por ejemplo, podemos pensar que debe de ser un horror vivir algún tipo de discapacidad o alguna enfermedad terminal, pero muchos de los que pasan realmente por estas situaciones dicen vivirlas con mayor templanza que quienes les rodean. El supuesto de que los demás deben de sentir cosas parecidas a nosotros sentiríamos en su lugar nos proporciona una ilusión de unicidad, a la vez que una sombría ilusión de control sobre la realidad. El otro me resulta más predecible si creo que va a reaccionar como lo haría yo mismo. "Cree el ladrón que los demás son de su condición" rezaba el adagio popular.

Para el desarrollo de una empatía profunda necesitamos primero generar un espacio de confianza en el que partimos de no saber más del otro que él mismo. Un espacio de seguridad en el que las máscaras de autoengaño protectoras no sean necesarias, porque de forma decidida no vamos a usar esa información para manipular al otro en nuestro beneficio, ni vamos a romper la confidencialidad de ese momento de comunicación íntima. Cuando uno está realmente interesado en el otro y en su perspectiva, deja de establecer supuestos fundamentados en su propia visión e historia personal, y entonces nos dedicamos a preguntar al otro mucho, con vivo interés. "No sé lo que sientes, cuéntamelo".  En realidad, cuando podemos colocarnos en esta dimensión de la empatía, deseamos sentir con el otro cómo se vive la vida desde su particular punto de vista. Este interés sincero produce más sensación de unidad que la confusa ilusión generada por mantener la creencia de que sentimos las cosas de la misma manera.

Es entonces cuando el corazón puede abrirse de verdad y llegar a tener atisbos de cómo se siente en realidad el otro. Por tomar una perspectiva diferente a la nuestra, no tenemos por qué perder la propia... pero sin duda así nuestra conciencia se amplía, nos vivimos menos egocentrados y, por lo tanto, comenzamos a sufrir menos en la medida en que dejamos de sentirnos el centro dramático del universo. Desde esa empatía más superficial, uno en realidad no para de escuchar su propia historia en boca de los demás.

No existe mayor aventura que aventurarse en el otro. El resto es turismo. Hermann Hesse   

 

Buscar sentido a la vida

¿Acaso la vida tiene un sentido, más allá del de perpetuarse?

Los primeros seres que surgieron en este planeta del mundo inorgánico siguen aún entre nosotros, perfectamente adaptados a su medio. Bacterias, virus, algas verdes microscópicas... seres unicelulares que seguramente serían los únicos en sobrevivir a un nuevo cataclismo en la Tierra. ¿Para qué entonces esa fuerza que lleva a generar estructuras más complejas e inestables, proyectos de nuevos seres vivos que quedan muchas veces extinguidos como bocetos del camino hacia algo?

Desde el enfoque transpersonal la Vida se complica la vida porque, incluso desde antes de su aparición, el universo entero está conformado para dar luz a un proyecto de autoconciencia. El universo entero no aparece realmente hasta que una conciencia similar a la humana puede contemplarlo. Como una cerilla en la oscuridad, la conciencia da luz a un mundo sumido en la inconsciencia de lo que no es capaz de percibir. 

No cabe duda de que la actual conciencia humana es un boceto más dentro de ese proyecto evolutivo que en algún momento alumbrará a un ser consciente y despierto. También queda bastante claro que, si bien es posible que una nueva mutación genética haga más viable y plausible ese proyecto atman (en palabras de Wilber), quizás sea la práctica de la meditación la encargada de abrir las necesarias avenidas neuronales que permanecen a la espera de ser educadas. Parece que la vía reeducativa y terapéutica es el camino actual, y que los estratos evolutivos precedentes sedimentados en nuestro cerebro se reorganizan cuando la conciencia de testigo toma los mandos del sistema nervioso humano. 

Resulta también evidente que una pequeña y efímera vida humana es tan solo una cadena en ese proyecto mayor de la Vida. Una vida que da la espalda al gran proyecto tiende a perder sentido, al igual que aquel obrero medieval que se dedicó a superponer piedras cada día pudo perder perspectiva si no era consciente de que su esfuerzo estaba dedicado a construir una catedral que, posiblemente, no vería completada ni podría disfrutarla en vida. Todas las vidas humanas tienen sentido, por lo tanto, pero no siempre podemos ser conscientes de ello. Las muertes prematuras de bebés, o muertes trágicas de personas en la flor de su vida nos hacen plantearnos que hay vidas que no alcanzan sentido pleno en sí mismas, sino que sus vidas aportaron un significado especial a los seres cercanos que quedan con vida, con la posibilidad de expandir aún más su conciencia al atravesar el duelo necesario.

Seguramente cada uno está llamado a servir a este Gran Proyecto de la Conciencia, lo sepa o no, y no exista posibilidad de escapar a nuestro destino. Al final sucede lo que está llamado a suceder. Sin embargo, desde nuestra mente humana limitada e insegura, no podemos dejar de realizar actos conscientes de interpretación de nuestras vidas. Somos en realidad pequeños literatos que seleccionan recuerdos del pasado para dar coherencia a historias que nos lanzan al futuro, en cada toma de decisiones que realizamos en el presente.

La calidad de estas narraciones sin duda es importante... y si este texto te toca, quizás estés llamado a aprender a generar estas historias desde lo profundo de tu corazón... justamente el lugar en el que el mundo se crea en cada instante. Parece que es hacia aquí donde señala la evolución de la conciencia. 

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La profundidad de la máscara

Lo profundo ama la máscara. Friedrich Nietzsche

El origen griego de la palabra personalidad la asocia a la idea de máscara. De esta manera, presentamos la terapia transpersonal como aquella que nos ayuda a vivir de manera más auténtica, liberados de la falsedad y la pesadez de vivirse desde las diferentes máscaras sociales con las que nos ocultamos. Desde luego esta forma de entender lo transpersonal tiene un gran atractivo, dado que la mayoría de nosotros sentimos que nos gustaría podernos expresar más tal cual somos. Tanto más cuando vemos que el amor de los demás hacia esas facetas que mostramos no nos llega de forma profunda, y que esas máscaras tampoco nos permiten entregar de forma auténtica nuestro amor, inmersos en la mascarada de la protección de nuestros sentimientos genuinos.

Pero ¿Quién es el Yo que se oculta tras la máscara? Ese yo esencial que señala la filosofía perenne además de transpersonal es impersonal. Así como hay una atracción que lleva a irse viviendo con menos máscara según maduramos y confiamos más en nosotros mismos, dependiendo menos de la aprobación o el juicio ajenos, también es cierto que hay una fuerza de identificación, opuesta a la anterior, que intuye una muerte de todo lo que creemos ser al desnudarnos y quedarnos desprovistos de toda máscara... 

¿Sucede realmente esto así? Si nos fijamos en ejemplos de maestros que supuestamente han conseguido vivir libres de toda máscara, liberándose en vida (moksha)... ¿Acaso no mantienen una personalidad diferenciada? Parece por tanto necesario reconocer, a medio camino entre el yo esencial, que ni nace ni muere, y el juego de mecanismos protectores de la máscara, que todos nacemos con una forma de ser única. Una forma de ser genuina tan esencial y sagrada como el mismo Ser que la origina. Cuando nos mostramos auténticos somos fieles a esta forma de ser, y salimos del juego de engaño/autoengaño. Realmente sacar a la luz esta forma de ser es autoconocimiento y uno de los objetivos de una terapia transpersonal. Propongo discernir entre esta forma de ser, que es nuestra alma, coloreada de un propósito determinado, del yo esencial que atestigua,  lo que hemos llamado espíritu, trascendente e idéntico a la esencia del Universo.

Siguiendo la tradición tántrica, este ser individual idéntico al ser universal, por puro disfrute y gozo, crea lo múltiple y se disfraza de cada entidad separada que conforman los elementos diferenciados de este universo. De esta manera, al igual que vemos que nuestra forma de ser también tiene un origen "divino"... ¿cómo no iba a serlo también la máscara en la que se termina de ocultar? Cobra para mí pleno sentido aquel aforismo de Nietzsche que señalaba la profundidad de la máscara.

El camino de la compasión que caracteriza la terapia transpersonal lleva a observar con curiosidad la belleza del mecanismo de protección, del autoengaño final en el que se enrosca el ser... El que es introvertido pero se esfuerza en aparentar ser extrovertido es todo un personaje de novela... es interesante, misterioso y profundo. De alguna manera, en la intimidad de la amistad cercana y en el espacio de protección y seguridad que ofrece una terapia, uno desvela su verdadera forma de ser y entonces se vuelve especialmente valiosa la interacción. Mostrarse es un regalo, y saber ocultarse acaba siendo todo un arte... cuando se hace de manera consciente. 

El ideal de mostrarse con autenticidad en todo lugar y momento resulta regresivo e ingenuo. Sin embargo, el autoconocimiento y la progresiva disolución del autoengaño, permiten que uno conserve su inocencia y no pierda el centro cuando toca ejercer el papel que toque en la vida. Vivir liberado implica el poder escoger la máscara social más apropiada, sin perderse en ella. De alguna manera, nuestra forma de ser auténtica acaba irradiando a través de todas ellas. En el fondo siempre somos nosotros mismos lo que actuamos, ya sigamos el método dramático de identificarnos con el personaje (método stanislavski) o de no disolvernos en él, para hacerlo más eficaz. Vivir desidentificado de la máscara sin duda alivia el drama existencial... pero es necesario comprender la función y necesidad de la máscara, así como su conexión con lo profundo. La mirada transpersonal consigue ver a través de la máscara del paciente y, puesto que esto no es sencillo, adquiere todo su valor y profundidad.