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Archive for 2018

MindFUNness, blog de educación consciente

Abro esta página y blog para el proyecto específico de Educación Consciente al que he denominado MindFUNness:

Enlace al Blog MindFUNness

Acercando a niños y adolescentes a mindfulness a través de la diversión y aventuras de consciencia. 

 

 

Sácame de mis casillas, por favor

Llevo toda la vida tratando de encontrar las mejores "casillas" en las que hacer que la realidad me cuadre. Me han enseñado toda la vida a hacerlo, sobre todo en el mundo académico. Parece como que puedes controlar más algo cuando encaja en una categoría mental. Parece. Dicen los psicólogos que los esquemas mentales, y con ellos los prejuicios, hacen que consumamos menos recursos atencionales. Necesitamos que todo aparezca de forma simple en nuestra cabeza para poder ir más rápidos y no prestar demasiada atención a cada persona con su biografía única, ni tampoco a todo aquello que ya creemos conocer. Vamos tan felices con nuestra cabeza cuadrada en la que tratamos de meter la realidad, como un saco de dormir en su bolsa. Toda la realidad cabe en la cabeza de cada uno, si la forzamos lo suficiente. Y cada uno luego ve su propia realidad deformada, creyendo que es la verdad.

Como el sistema hace aguas, tenemos que dedicar toda la energía que no dedicamos a atender a convencer a los demás de que nuestras casillas mentales, en las que ordenamos lo que vemos, son las más adecuadas. En el fondo todos sabemos que nuestras estructuras mentales están sujetas con pinzas... así que no soportamos bien que nos contradigan. Me pregunto si estoy equivocado, y entonces tengo miedo de que se me vayan esas pinzas... y los velos que me distancian de lo real se vayan volando con el viento. ¡Qué miedo, con todo lo el tiempo que me costó hacer esas coladas... y todo lo que he sufrido en balde por ellas!. Después de todo... ¿Acaso no soy yo esas casillas con las que percibo la realidad, mi punto de vista único? Pero por otro lado... si consiguiera convencer a todo el mundo de que pensara como yo... ¿Entonces en qué me diferenciaría de los demás? - El eterno drama de la falta de cimientos del ego. 

Cuando me doy cuenta de toda esta locura, permito que "se me vaya la pinza", la pinza que sujeta lo que no es sólido en mi personalidad. Me abro a la realidad deseando que venga alguien a sacarme de mis casillas. Me doy cuenta de que si no quiero que esto suceda, mejor será no tener pareja ni hijos. Ellos nos sacarán permanentemente de las casillas, por la intensidad del vínculo que nos une. Si no quiero que nadie me saque de mis casillas, mejor aislarme. Los demás serán vistos como tóxicos que me invaden. Para terminar de creerme que soy lo que pienso de mí, mejor no hacer caso a nadie... y terminar entonces de volverme loco. ¡Al fin tengo razón, el mundo es como yo lo veo! 

Mejor sácame de mis casillas, por favor. 

 

 

Juicio: La sombra alargada del ideal

Uno de los pilares fundamentales de mindfulness tal y como lo expone Jon Kabat-Zinn es el de "non-judgement", traducido como no-juicio. Tras cierto recorrido con esta compasiva intención formulada, uno se llega a preguntar si es posible para la mente humana dejar de juzgar. 
 
Cuando generamos un nuevo ideal sobre el comportamiento del ser humano, parece intensificarse el polo opuesto de lo que se pretende alcanzar. La tentación se alimenta inconscientemente. Empiezo a pillarme juzgando severamente a aquellos a los que observo juzgar a otros... y resulta difícil ser consciente de este juicio. No digamos si es nuestra persona la que resulta juzgada... mi reacción no tarda en estallar contra aquel que expresa impunemente su juicio hacia mí. 
 
Fácilmente acabamos cumpliendo la función de policía del no-juicio, tratando de que sean las personas de mi entorno cercano las que dejen de juzgar a los demás, y por ende, a mí mismo. Esto es, usamos el concepto de no-juicio como una nueva estrategia para salvaguardar nuestro ego y nuestra imagen, ya que lo que más nos apela de este ideal es que dejemos de ser al fin juzgados por nuestros actos. Seguramente, con algo de indagación, lleguemos a la conclusión de que tan solo me afectan los juicios de los demás si previamente yo mismo me juzgo. No hay juez más implacable con nosotros mismos que nuestra voz autocrítica. Los demás tan solo meten el dedo en una llaga/herida previa.  
 
Otra resistencia clara a la hora de adoptar el no-juicio depende de una sana pregunta: ¿Dónde quedan mis propios gustos, preferencias... mi criterio personal, en definitiva? Parece que no se trata de terminar de "perder el juicio" y la sensatez a través de mindfulness, sino dejar de juzgar lo que no me gusta o no comprendo. No es necesario perder la perspectiva propia, sino darme cuenta de que es una perspectiva más... válida, pero no única. No-juicio lleva a ampliar la conciencia. A nivel personal, los juicios definen una forma de ser distintiva. Tan solo desde un nivel transpersonal puedo colocarme en la posición de observar las diferentes perspectivas de manera imparcial. Nuestra parte personal siempre será parcial... pero, ¿puedo darme cuenta de la visión subjetiva que añado a la realidad?
 
Antes de deshacerme de un juicio o de soltarlo, es necesario que sea capaz de observarlo, de reconocer que estoy juzgando. Si me juzgo por juzgar, será más difícil darme cuenta de que juzgo. El juicio pasa a formar parte de lo que me avergüenza de mí mismo, pasando a disociarlo internamente y relegarlo al inconsciente, donde actúa de manera acentuada. Los demás se dan cuenta de la manera pasivo-agresiva en la que juzgo... ¡y ahora sin darme cuenta de que lo hago! 
 
La sombra de nuestros ideales es alargada en nuestro inconsciente. Mejor sentir compasión por una mente humana que hace su trabajo, juzgando y comparando. Para trascender, es necesario previamente observar y reconocer, de manera que pueda darse una trascendencia desde la integración. El círculo vicioso y pertinaz del juicio encuentra su salida cuando comienzo a ser compasivo con mi propia tendencia a juzgar, y a juzgarme. Es el único punto en el que puedo comenzar a ablandar mi mirada interna, ya que lo contrario me mantiene en las ascuas del autojuicio. 
 
Esto no implica que seamos condescendientes con los aspectos que podemos actualizar de nosotros mismos. Cuando encuentro la suficiente valentía para reconocerme y aceptarme tal y como soy, es cuando puedo darme el permiso para, de manera compasiva, efectuar una pequeña mejora posible en cada momento de consciencia. Si mantengo la voluntad de madurar, tampoco tengo por qué mostrar fuera mis aspectos sombríos. Los mantengo dentro por compasión, veo lo compasivo que es mantener filtros y cierta máscara social. No pierdo autenticidad en la medida que no me hago inconsciente de esos aspectos... mantengo mi trabajo interno de autoindagación, autocompasión y mejora continua.
 
De lo contrario, acabamos usando la norma idealizada del no-juicio para activar ese nivel infantil pre-personal que busca hacer lo que a uno le viene en gana. ¡Soy auténtico, no me juzgues! Observemos este nuevo juego de la mente, en el que tan fácil es caer. 
 
Permanezcamos atentos en este juego de espejos, para ver cuanto antes qué aspecto de mi propia sombra personal reflejan mis juicios hacia los demás. Una puerta abierta al conocimiento de uno mismo. Al dejar de juzgar, dejo de juzgarme. No necesito juzgarme para mejorar. De hecho, me dispongo a mejorar sin tanta resistencia cuando soy más compasivo conmigo mismo. Reconozco humildemente que tengo aspectos a actualizar, pero sin embargo esto deja de avergonzarme. Después de todo, soy un ser humano más. No permito que mis ideales se vuelvan en mi contra, volviéndome una persona rígida con los demás... Si me vuelvo rígido, lo observo cuanto antes...
 
Aquellos que luchaban por el ideal de "amar al prójimo" acabaron torturando... Parece que no es buena idea luchar contra el mal. Enfoca la atención en amar más... incluso al que te juzga. Su juicio tan solo refleja el conflicto interno en el que sigue sufriendo. La compasión es la clave.

 

La realidad es compleja, no complicada

 

El mundo de nuestra infancia era por necesidad simple. Las limitaciones cognitivas de nuestra mente nos hacen filtrar la realidad haciéndola aparecer como más simple de lo que es y, por su parte, los adultos tratan de dar respuestas a los niños ajustadas a su capacidad. De hecho, muchas veces el adulto comprende mejor la realidad cuando realiza este proceso de simplificarla con fines didácticos. 

Es fácil que añoremos esa realidad simplificada de la infancia cuando nos hacemos mayores, y comenzamos a percibir que la realidad es mucho más compleja de lo que podíamos llegar a imaginar. Un mundo de claroscuros en el que no está tan claro quiénes son los buenos y quienes lo malos de cada historia, y en la que a menudo es dificil comprender qué interconexión existe entre elementos que aparecen como aislados y en contraste paradójico. 

Es complejo observar, por ejemplo, que uno puede tener sentimientos enfrentados hacia alguien, y que a la vez podemos sentirnos atraídos por alguien a quien rechazamos en parte. Nuestros hijos nos despiertan un tremendo amor incondicional, y sin embargo hay momentos en los que nos sentimos irritados con ellos como con nadie. 

Cuando nuestra mente no consigue comprender esta complejidad, la sensación aversiva que nos produce nos lleva a etiquetar esa situación como "complicada". Una palabra que incorpora una clara connotación negativa. Nadie parece querer llevar una vida complicada. Complejo, por el contrario, es un término más neutro. Una vida compleja puede ser una vida plena y rica. La complejidad puede llegar a ser interesante. Y ante todo, la realidad es compleja, queramos o no verla así. 

Simplificar la realidad en el mundo adulto nos puede llevar a aumentar nuestro sufrimiento existencial, ya que la realidad se nos presenta como persistentemente más compleja de lo que deseamos. No vivimo ya en ese mundo infantil, y tratar de hacerlo no es más que una fantasía regresiva. 

Como todo el que se embarca en  un viaje, al jardín del Edén volvemos diferentes de como salimos de allí. No podemos pretender mantener aquella ingenuidad característica del mundo simple. El camino hacia la plenitud y la salida del laberinto mental está en la sencillez, que nada tiene que ver con la simpleza.

Si vemos la realidad como "complicada", preguntémonos si no es nuestra mente la que la complica en el intento de comprenderla. De alguna manera, nuestro ego se apega a sentirse el centro dramático de su existencia. 

Para comprender lo complejo necesitamos desarrollar una mente sencilla e inocente (no ingenua), que pueda descartar lo irrelevante y observar las cosas de una nueva manera, con mente de principiante.  

 

 

 

Las falsas expectativas

Pertenece a la cultura popular hablar de las "falsas expectativas", ya que es una experiencia generalizada, desagradable y frustrante llevarse batacazos en la vida cuando la realidad defrauda lo que habíamos esperado de ella. Un conocido remedio de sabiduría popular nos lleva a preguntarnos si no estamos generando falsas expectativas, como modo de acolchar el golpe, de prepararnos de alguna manera ante lo que pueda finalmente ocurrir cuando esperamos que suceda algo. 

Este cuestionamiento un tanto pesimista de nuestras esperanzas estaba impregnado de la virtud de la prudencia. La psicología popular sabe que el golpe es mayor cuanto más energía ponemos en creer que lo que deseamos finalmente sucederá. La vida va templando decepción tras decepción esta manera la manera infantil de ilusionarse demasiado con el futuro esperado.  La tolerancia a la frustración se va desarrollando, y atrás van quedando las pataletas sobre cuestiones nimias (al menos la exteriorización de ellas). 

La sabiduría más trascendental parece llevar esta sabiduría popular a un extremo, al recomendar directamente vivir libre de cualquier expectativa. Vivir el presente, sin esperar nada del futuro. "Fluir" con lo que va viniendo. No se trata ya de discernir entre expectativas razonables y falsas, sino que se cuestiona la naturaleza ilusoria de la misma expectativa, como entelequia mental que nos distancia del momento presente. Se ilusiona el i-luso, aquel que carece de la luz de la conciencia.

Sin embargo, ¿no es demasiado pedir para el ser humano vivir sin ningún tipo de esperanza? La virtud de la paciencia parece que necesita para ejercitarse del tiempo de espera. Paciente es más bien el que sabe esperar que el que ya no espera nada. Es fácil que en esa actitud de "ya no espero nada" haya más de resentimiento y resignación que de sabiduría trascendente, auque de esta se disfrace. 

Por el contrario, el verdadero sabio se entusiasma con la vida. En el entusiasmo (etimológicamente, "estar lleno de dios"), la luz que guía la vida está dentro, no fuera. Resulta maduro llevar brújulas psicológicas, mantiendo rumbos que dan sentido a su vida. Sin embargo, el sabio ha aprendido que las cosas no suceden como uno quiere, ni cuando quiere. Y que si no suceden, al ampliar la mirada, uno se da cuenta de que lo real es siempre mejor que lo imaginado. Siempre atento a perseverar lo justo y necesario, y saber soltar cuando es pertinente. 

De esta forma, llego a la conclusión de que como seres humanos siempre estamos esperando que sucedan cosas, no podemos evitar que nuestro lóbulo prefrontal cerebral siga realizando su función de planificación. La realidad nos sigue decepcionando a pesar de que hayamos relegado nuestras expectativas a lo inconsciente, cuando no nos permitimos tenerlas. Eso muestra que en algún sitio no observado continúan actuando.

Lo que podemos dejar de hacer es esperar que ocurra aquello que esperamos. 

El anhelo es una esperanza que parte del entusiamo, en lugar de la ilusión. El anhelo hace que nuestro deseo sea menos infantil y egocéntrico, es un deseo de que nuestra felicidad conecte con la felicidad de los demás.

El anhelo se entrega a los dioses, y entonces uno puede decir con conciencia "ojalá" (que Dios lo quiera). Que nuestra pequeña voluntad se encuentre alineada con una voluntad mayor, con ese diseño inteligente que acaba determinando lo que sucede: "Hágase Tu voluntad". Por otro lado, nos hacemos responsables de lo que esté en nuestra mano hacer para que eso suceda. Perseveramos hasta que llega el momento de soltar, si la realidad nos deja claro que "no era por ahí". Ningún tiempo se pierde cuando lo empleamos en crecer internamente, madurar y hacernos así cada vez un poco más sabios en el arte de vivir. 

 

 

Empatía y egocentrismo

Por lo general consideramos que una persona es empática cuando muestra interés por los demás y siente com-pasión por las emociones contractivas que el otro pueda estar sintiendo. Suele estar mezclada esta idea de empatía con un componente intuitivo en el que el otro de alguna manera incluso llega a "adivinar" el estado emocional interno del otro, a pesar de los esfuerzos que pueda estar haciendo aquél por ocultarlo. Una visión que a menudo se expresa en un "sé cómo te sientes". Cuando aparecemos como adivinadores empáticos, dotados de un halo mágico por el cual parecemos saber cómo se siente el otro incluso mejor que él mismo. El impacto de que alguien se interese por nosotros es por lo general mayor que nuestra necesidad de defender las posibles divergencias con respecto a su visión de nosotros, más cuando es habitual que vivamos con cierto nivel de autoengaño con respecto a lo que en verdad sentimos. Como un buen horóscopo, el lector de mentes siempre acaba acertando.

Esta forma de empatía en realidad se fundamenta la mayor parte de las veces en una forma refinada y avanzada de egocentrismo, que expande el propio ombligo para abarcar al otro. Una empatía que resulta del reflejo que proyectamos en el otro al plantearnos qué sentiríamos si estuviéramos en su misma situación. Por ejemplo, podemos pensar que debe de ser un horror vivir algún tipo de discapacidad o alguna enfermedad terminal, pero muchos de los que pasan realmente por estas situaciones dicen vivirlas con mayor templanza que quienes les rodean. El supuesto de que los demás deben de sentir cosas parecidas a nosotros sentiríamos en su lugar nos proporciona una ilusión de unicidad, a la vez que una sombría ilusión de control sobre la realidad. El otro me resulta más predecible si creo que va a reaccionar como lo haría yo mismo. "Cree el ladrón que los demás son de su condición" rezaba el adagio popular.

Para el desarrollo de una empatía profunda necesitamos primero generar un espacio de confianza en el que partimos de no saber más del otro que él mismo. Un espacio de seguridad en el que las máscaras de autoengaño protectoras no sean necesarias, porque de forma decidida no vamos a usar esa información para manipular al otro en nuestro beneficio, ni vamos a romper la confidencialidad de ese momento de comunicación íntima. Cuando uno está realmente interesado en el otro y en su perspectiva, deja de establecer supuestos fundamentados en su propia visión e historia personal, y entonces nos dedicamos a preguntar al otro mucho, con vivo interés. "No sé lo que sientes, cuéntamelo".  En realidad, cuando podemos colocarnos en esta dimensión de la empatía, deseamos sentir con el otro cómo se vive la vida desde su particular punto de vista. Este interés sincero produce más sensación de unidad que la confusa ilusión generada por mantener la creencia de que sentimos las cosas de la misma manera.

Es entonces cuando el corazón puede abrirse de verdad y llegar a tener atisbos de cómo se siente en realidad el otro. Por tomar una perspectiva diferente a la nuestra, no tenemos por qué perder la propia... pero sin duda así nuestra conciencia se amplía, nos vivimos menos egocentrados y, por lo tanto, comenzamos a sufrir menos en la medida en que dejamos de sentirnos el centro dramático del universo. Desde esa empatía más superficial, uno en realidad no para de escuchar su propia historia en boca de los demás.

No existe mayor aventura que aventurarse en el otro. El resto es turismo. Hermann Hesse   

 

Buscar sentido a la vida

¿Acaso la vida tiene un sentido, más allá del de perpetuarse?

Los primeros seres que surgieron en este planeta del mundo inorgánico siguen aún entre nosotros, perfectamente adaptados a su medio. Bacterias, virus, algas verdes microscópicas... seres unicelulares que seguramente serían los únicos en sobrevivir a un nuevo cataclismo en la Tierra. ¿Para qué entonces esa fuerza que lleva a generar estructuras más complejas e inestables, proyectos de nuevos seres vivos que quedan muchas veces extinguidos como bocetos del camino hacia algo?

Desde el enfoque transpersonal la Vida se complica la vida porque, incluso desde antes de su aparición, el universo entero está conformado para dar luz a un proyecto de autoconciencia. El universo entero no aparece realmente hasta que una conciencia similar a la humana puede contemplarlo. Como una cerilla en la oscuridad, la conciencia da luz a un mundo sumido en la inconsciencia de lo que no es capaz de percibir. 

No cabe duda de que la actual conciencia humana es un boceto más dentro de ese proyecto evolutivo que en algún momento alumbrará a un ser consciente y despierto. También queda bastante claro que, si bien es posible que una nueva mutación genética haga más viable y plausible ese proyecto atman (en palabras de Wilber), quizás sea la práctica de la meditación la encargada de abrir las necesarias avenidas neuronales que permanecen a la espera de ser educadas. Parece que la vía reeducativa y terapéutica es el camino actual, y que los estratos evolutivos precedentes sedimentados en nuestro cerebro se reorganizan cuando la conciencia de testigo toma los mandos del sistema nervioso humano. 

Resulta también evidente que una pequeña y efímera vida humana es tan solo una cadena en ese proyecto mayor de la Vida. Una vida que da la espalda al gran proyecto tiende a perder sentido, al igual que aquel obrero medieval que se dedicó a superponer piedras cada día pudo perder perspectiva si no era consciente de que su esfuerzo estaba dedicado a construir una catedral que, posiblemente, no vería completada ni podría disfrutarla en vida. Todas las vidas humanas tienen sentido, por lo tanto, pero no siempre podemos ser conscientes de ello. Las muertes prematuras de bebés, o muertes trágicas de personas en la flor de su vida nos hacen plantearnos que hay vidas que no alcanzan sentido pleno en sí mismas, sino que sus vidas aportaron un significado especial a los seres cercanos que quedan con vida, con la posibilidad de expandir aún más su conciencia al atravesar el duelo necesario.

Seguramente cada uno está llamado a servir a este Gran Proyecto de la Conciencia, lo sepa o no, y no exista posibilidad de escapar a nuestro destino. Al final sucede lo que está llamado a suceder. Sin embargo, desde nuestra mente humana limitada e insegura, no podemos dejar de realizar actos conscientes de interpretación de nuestras vidas. Somos en realidad pequeños literatos que seleccionan recuerdos del pasado para dar coherencia a historias que nos lanzan al futuro, en cada toma de decisiones que realizamos en el presente.

La calidad de estas narraciones sin duda es importante... y si este texto te toca, quizás estés llamado a aprender a generar estas historias desde lo profundo de tu corazón... justamente el lugar en el que el mundo se crea en cada instante. Parece que es hacia aquí donde señala la evolución de la conciencia. 

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La profundidad de la máscara

Lo profundo ama la máscara. Friedrich Nietzsche

El origen griego de la palabra personalidad la asocia a la idea de máscara. De esta manera, presentamos la terapia transpersonal como aquella que nos ayuda a vivir de manera más auténtica, liberados de la falsedad y la pesadez de vivirse desde las diferentes máscaras sociales con las que nos ocultamos. Desde luego esta forma de entender lo transpersonal tiene un gran atractivo, dado que la mayoría de nosotros sentimos que nos gustaría podernos expresar más tal cual somos. Tanto más cuando vemos que el amor de los demás hacia esas facetas que mostramos no nos llega de forma profunda, y que esas máscaras tampoco nos permiten entregar de forma auténtica nuestro amor, inmersos en la mascarada de la protección de nuestros sentimientos genuinos.

Pero ¿Quién es el Yo que se oculta tras la máscara? Ese yo esencial que señala la filosofía perenne además de transpersonal es impersonal. Así como hay una atracción que lleva a irse viviendo con menos máscara según maduramos y confiamos más en nosotros mismos, dependiendo menos de la aprobación o el juicio ajenos, también es cierto que hay una fuerza de identificación, opuesta a la anterior, que intuye una muerte de todo lo que creemos ser al desnudarnos y quedarnos desprovistos de toda máscara... 

¿Sucede realmente esto así? Si nos fijamos en ejemplos de maestros que supuestamente han conseguido vivir libres de toda máscara, liberándose en vida (moksha)... ¿Acaso no mantienen una personalidad diferenciada? Parece por tanto necesario reconocer, a medio camino entre el yo esencial, que ni nace ni muere, y el juego de mecanismos protectores de la máscara, que todos nacemos con una forma de ser única. Una forma de ser genuina tan esencial y sagrada como el mismo Ser que la origina. Cuando nos mostramos auténticos somos fieles a esta forma de ser, y salimos del juego de engaño/autoengaño. Realmente sacar a la luz esta forma de ser es autoconocimiento y uno de los objetivos de una terapia transpersonal. Propongo discernir entre esta forma de ser, que es nuestra alma, coloreada de un propósito determinado, del yo esencial que atestigua,  lo que hemos llamado espíritu, trascendente e idéntico a la esencia del Universo.

Siguiendo la tradición tántrica, este ser individual idéntico al ser universal, por puro disfrute y gozo, crea lo múltiple y se disfraza de cada entidad separada que conforman los elementos diferenciados de este universo. De esta manera, al igual que vemos que nuestra forma de ser también tiene un origen "divino"... ¿cómo no iba a serlo también la máscara en la que se termina de ocultar? Cobra para mí pleno sentido aquel aforismo de Nietzsche que señalaba la profundidad de la máscara.

El camino de la compasión que caracteriza la terapia transpersonal lleva a observar con curiosidad la belleza del mecanismo de protección, del autoengaño final en el que se enrosca el ser... El que es introvertido pero se esfuerza en aparentar ser extrovertido es todo un personaje de novela... es interesante, misterioso y profundo. De alguna manera, en la intimidad de la amistad cercana y en el espacio de protección y seguridad que ofrece una terapia, uno desvela su verdadera forma de ser y entonces se vuelve especialmente valiosa la interacción. Mostrarse es un regalo, y saber ocultarse acaba siendo todo un arte... cuando se hace de manera consciente. 

El ideal de mostrarse con autenticidad en todo lugar y momento resulta regresivo e ingenuo. Sin embargo, el autoconocimiento y la progresiva disolución del autoengaño, permiten que uno conserve su inocencia y no pierda el centro cuando toca ejercer el papel que toque en la vida. Vivir liberado implica el poder escoger la máscara social más apropiada, sin perderse en ella. De alguna manera, nuestra forma de ser auténtica acaba irradiando a través de todas ellas. En el fondo siempre somos nosotros mismos lo que actuamos, ya sigamos el método dramático de identificarnos con el personaje (método stanislavski) o de no disolvernos en él, para hacerlo más eficaz. Vivir desidentificado de la máscara sin duda alivia el drama existencial... pero es necesario comprender la función y necesidad de la máscara, así como su conexión con lo profundo. La mirada transpersonal consigue ver a través de la máscara del paciente y, puesto que esto no es sencillo, adquiere todo su valor y profundidad.