Se encuentra usted aquí

Archive for December 2017

¿Amor incondicional?

Algún cimiento de nuestra personalidad se nos mueve de fondo cuando llega por primera vez a nuestros oídos la idea de que pueda existir un amor que no hayamos aún conocido, un amor verdadero cuya naturaleza pueda ser la incondicionalidad. ¿Es acaso ese amor posible? ¿Podemos dejar ser al otro como quiera ser, precisamente a aquella persona a la que dirigimos de esa forma especial nuestra atención? ¿Es posible amar sin querer que la otra persona se pliegue a cubrir nuestras necesidades afectivas, de la manera en que deseamos?

Las ideas sobre el amor verdadero parten de perspectivas eminentemente espirituales y/o metafísicas, en la que el amor no es una energía emocional que "tengamos" para dar y recibir. En realidad ese intercambio amoroso resulta falso desde esta dimensión, de naturaleza impersonal. Podemos comprender que en cierto sentido es falso que uno necesite amor en la medida que no lo tiene dentro, y que uno no pueda dar lo que no tiene. Ese equilibrio afectivo, al que tan acostumbrados estamos, tiene su lógica en un nivel personal y sistémico, pero resulta absurdo en un nivel transpersonal. 

En este nivel transpersonal todo nuestro ser es amor, y lo sentimos sin tener en cuenta las cualidades de quien lo recibe. Desde este amor que somos, un amor identidad en lugar de una emoción que tenemos, amamos a todas las personas que se cruzan en nuestro camino, amamos a todos los seres vivientes, a la naturaleza... amamos y somos uno con todo aquello que somos capaces de contemplar e integrar en nuestro corazón. La clave es que este es un amor que sentimos en lo más profundo de nuestro ser, y que se irradia sin prejuicios ni condiciones, así como el sol se desprende de sus rayos sin mirar a quién los recibirá ni de qué manera.

La amplia y gran confusión entre niveles se da cuando uno además de sentir ese Amor, pretende expresarlo sin condiciones. Podemos perder completamente el sentido común si tratamos a todas las personas por igual. Lo impersonal de lo transpersonal no tiene sentido en las relaciones personales. En el tú a tú la biografía pesa, hay una historia de intercambios compartida con el otro, la relación puede estar en sus inicios... o haber visto claramente que no nos merece la pena.

Es así como el amor incondicional (transpersonal) necesita atenerse a ciertas condiciones a la hora de expresarse en el nivel personal. De hecho, atender a estas condiciones además de un acto de inteligencia social es un acto de inteligencia del corazón. De alguna manera uno se atreve a ver al momento en el que está el otro, ver lo que necesita y lo que no, cuál es la ayuda más efectiva posible... Sin duda, este amor verdadero en acción no es un amor ciergo.

Uno puede incluso amar incondicionalmente a una pareja maltratadora, y sin embargo ver que lo más efectivo para el bien de la relación y de los dos miembros es efectuar una denuncia policial. Puedes sentir amor incondicional hacia alguien, y decidir no volver a ver más a esa persona. Esto en realidad puede ser un gran acto de amor, liberarla de tu presencia en su vida, desengancharla y permitir que vuele, crezca y conozca a otras personas. Todo depende desde dónde lo hacemos. Desearle la felicidad, amarla y, sin embargo, desaparecer de forma respetuosa de su vida.

El amor con minúsculas, el del intercambio cotidiano, puede inspirarse en el Amor y así llenarse de paciencia, de templanza, de saber estar, de dignidad, y además vaciarse en la medida de lo posible de la parte carencial afectiva que distorsiona la relación y coloca al otro en la situación de ser manipulado emocionalmente con diversos chantajes, más o menos sutiles. Podemos reconocer nuestra parte emocionalmente dependiente y carencial, pero liberar al otro de tener que cubrirla. El otro tiene valor en sí, no en la medida que nos aporta, cuando y como queramos.

El amor sabio nos permite también soltar al otro cuando vemos claramente que un fuerte desequilibrio se instala en lo emocional. Disfrutamos de lo que podemos dar cuando dar es la opción más consciente. Podemos también sostener mejor la relación cuando el otro no satisface nuestras expectativas, o se comporta de una manera que nos resulta irritante. Reducimos el nivel de conflicto emocional con las personas que queremos querer. Si puede darse estará bien... y si no es así, dejamos ser (y nos dejamos ser). Siempre atentos a lo que hay y a las posibilidades que ofrecen las situaciones, en lugar de permanecer enganchados a lo que en algún momento proyectamos e idealizamos en el otro. 

Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla. Simone de Beauvoir  

 

 

Hacer silencio dentro

El ejercicio del silencio mental sólo sirve para aquietar la confusión y la dispersión de la mente. Si te aferras al silencio como si se tratara del objetivo final, caerás en la trampa de la iluminación muda del falso zen (Maestro Dahui).

Muchas personas asocian el silencio a un espacio de no ruido y de no hablar. El silencio llega a ellos como negación de algo, sin identidad propia. Fácilmente este silencio, a menudo impuesto en la infancia, toca una herida profunda y prepersonal, en la que su opinión fue silenciada y callada. El ruido de su juego molestaba a los mayores. A veces el silencio ha sido incluso usado como castigo, implicando rechazo y desvalorarización. También hemos podido asociar el silencio a los temas tabúes e incluso a los secretos familiares que respiramos emocionalmente, sin saber bien a qué hacían referencia. Una herida de rechazo fundamentada en “no eres suficientemente válido para expresarte o para conocer algo”.

Todas las voces, todas las metas, todos los deseos, todos los sufrimientos, todos los placeres, todo el bien y todo el mal, todo eso junto era el mundo. Todo eso junto formaba el río del devenir, era la música de la vida (Hermann Hesse).

Esta herida puede llevarnos a dos posturas en la etapa adulta. Por un lado podemos haber aprendido a silenciarnos y a no significarnos, tratar de pasar de puntillas en los grupos sociales y evitar expresar nuestra opinión y "mojarnos". Otro posible resultado de la herida resulta en otro tipo de exceso, el verborréico. Una vez que nos hemos hecho mayores, tenemos oportunidad de tratar incesantemente esa vieja herida expresándonos incansablemente, y no dando lugar a la interacción comunicativa. Algo similar a beber agua de mar para combatir la sed.

El silencio es interesante, en ambos casos, como remedio homeopático. Resignificamos el silencio al elegirlo, al permitirnos sostener las emociones contractivas a las que lo hemos asociado… e ir recuperando así poder personal. En la interacción adulta es fundamental saber manejar los silencios, saber ir al grano y sintetizar para no aburrir a nuestros interlocutores, saber expresar cosas más valiosas que el silencio… algo que podemos comenzar a hacer cuando empezamos a valorarlo. En los años 80 los empresarios japoneses ganaban negociaciones en reuniones con los estadounidenses porque estos últimos no sabían sostener su silencio. Éste les resultaba tan incómodo que acababan cediendo.

La música y las palabras pueden ser mucho más bellas y significativas cuando tienen tiempo de resonar dentro del alma (James Biery).

Sin embargo, la dimensión transpersonal del silencio está más allá de todas estas ideas y funciones del silencio. El silencio transpersonal es un silencio que se da hacia la identificación con nuestra actividad mental. El observador de todo lo que sucede en la mente silencia su juicio, permanece abierto y ecuánime. Nada de lo que ocurre en el espacio de la conciencia produce entonces especial ruido. El silencio en este nivel implica descansar en una actitud de escucha y observación de todos los procesos. De esta forma incluso nuestra acción puede ser silenciosa, sin tratar de de-mostrar nada al mundo. La actitud de servicio está llena de silencio, estar al servicio de otro puede ser un acto silencioso… cuando no busca algo como recompensa. Cuando definitivamente deja de tratar de significarse.

El silencio es por tanto la salida al laberinto de la mente… y desde él podemos adquirir finalmente cierta maestría sobre el dominio del silencio a nivel personal, y terminar de sanar las heridas relacionadas con nuestra necesidad carencial y egoica de expresarnos, o de mantener un silencio ansioso y temeroso de reprobación. Hablar de forma amable y teniendo en cuenta a los demás, pero sin buscar su aprobación, también es silencio.

Cuando el pensamiento se funde en el espacio del cual surge, hay silencio. Un pensamiento que se extingue en su propia fuente es un pensamiento que se disuelve en el silencio puro (Swami Chidvilasananda).