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¿Amor incondicional?

Algún cimiento de nuestra personalidad se nos mueve de fondo cuando llega por primera vez a nuestros oídos la idea de que pueda existir un amor que no hayamos aún conocido, un amor verdadero cuya naturaleza pueda ser la incondicionalidad. ¿Es acaso ese amor posible? ¿Podemos dejar ser al otro como quiera ser, precisamente a aquella persona a la que dirigimos de esa forma especial nuestra atención? ¿Es posible amar sin querer que la otra persona se pliegue a cubrir nuestras necesidades afectivas, de la manera en que deseamos?

Las ideas sobre el amor verdadero parten de perspectivas eminentemente espirituales y/o metafísicas, en la que el amor no es una energía emocional que "tengamos" para dar y recibir. En realidad ese intercambio amoroso resulta falso desde esta dimensión, de naturaleza impersonal. Podemos comprender que en cierto sentido es falso que uno necesite amor en la medida que no lo tiene dentro, y que uno no pueda dar lo que no tiene. Ese equilibrio afectivo, al que tan acostumbrados estamos, tiene su lógica en un nivel personal y sistémico, pero resulta absurdo en un nivel transpersonal. 

En este nivel transpersonal todo nuestro ser es amor, y lo sentimos sin tener en cuenta las cualidades de quien lo recibe. Desde este amor que somos, un amor identidad en lugar de una emoción que tenemos, amamos a todas las personas que se cruzan en nuestro camino, amamos a todos los seres vivientes, a la naturaleza... amamos y somos uno con todo aquello que somos capaces de contemplar e integrar en nuestro corazón. La clave es que este es un amor que sentimos en lo más profundo de nuestro ser, y que se irradia sin prejuicios ni condiciones, así como el sol se desprende de sus rayos sin mirar a quién los recibirá ni de qué manera.

La amplia y gran confusión entre niveles se da cuando uno además de sentir ese Amor, pretende expresarlo sin condiciones. Podemos perder completamente el sentido común si tratamos a todas las personas por igual. Lo impersonal de lo transpersonal no tiene sentido en las relaciones personales. En el tú a tú la biografía pesa, hay una historia de intercambios compartida con el otro, la relación puede estar en sus inicios... o haber visto claramente que no nos merece la pena.

Es así como el amor incondicional (transpersonal) necesita atenerse a ciertas condiciones a la hora de expresarse en el nivel personal. De hecho, atender a estas condiciones además de un acto de inteligencia social es un acto de inteligencia del corazón. De alguna manera uno se atreve a ver al momento en el que está el otro, ver lo que necesita y lo que no, cuál es la ayuda más efectiva posible... Sin duda, este amor verdadero en acción no es un amor ciergo.

Uno puede incluso amar incondicionalmente a una pareja maltratadora, y sin embargo ver que lo más efectivo para el bien de la relación y de los dos miembros es efectuar una denuncia policial. Puedes sentir amor incondicional hacia alguien, y decidir no volver a ver más a esa persona. Esto en realidad puede ser un gran acto de amor, liberarla de tu presencia en su vida, desengancharla y permitir que vuele, crezca y conozca a otras personas. Todo depende desde dónde lo hacemos. Desearle la felicidad, amarla y, sin embargo, desaparecer de forma respetuosa de su vida.

El amor con minúsculas, el del intercambio cotidiano, puede inspirarse en el Amor y así llenarse de paciencia, de templanza, de saber estar, de dignidad, y además vaciarse en la medida de lo posible de la parte carencial afectiva que distorsiona la relación y coloca al otro en la situación de ser manipulado emocionalmente con diversos chantajes, más o menos sutiles. Podemos reconocer nuestra parte emocionalmente dependiente y carencial, pero liberar al otro de tener que cubrirla. El otro tiene valor en sí, no en la medida que nos aporta, cuando y como queramos.

El amor sabio nos permite también soltar al otro cuando vemos claramente que un fuerte desequilibrio se instala en lo emocional. Disfrutamos de lo que podemos dar cuando dar es la opción más consciente. Podemos también sostener mejor la relación cuando el otro no satisface nuestras expectativas, o se comporta de una manera que nos resulta irritante. Reducimos el nivel de conflicto emocional con las personas que queremos querer. Si puede darse estará bien... y si no es así, dejamos ser (y nos dejamos ser). Siempre atentos a lo que hay y a las posibilidades que ofrecen las situaciones, en lugar de permanecer enganchados a lo que en algún momento proyectamos e idealizamos en el otro. 

Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla. Simone de Beauvoir  

 

 

Hacer silencio dentro

El ejercicio del silencio mental sólo sirve para aquietar la confusión y la dispersión de la mente. Si te aferras al silencio como si se tratara del objetivo final, caerás en la trampa de la iluminación muda del falso zen (Maestro Dahui).

Muchas personas asocian el silencio a un espacio de no ruido y de no hablar. El silencio llega a ellos como negación de algo, sin identidad propia. Fácilmente este silencio, a menudo impuesto en la infancia, toca una herida profunda y prepersonal, en la que su opinión fue silenciada y callada. El ruido de su juego molestaba a los mayores. A veces el silencio ha sido incluso usado como castigo, implicando rechazo y desvalorarización. También hemos podido asociar el silencio a los temas tabúes e incluso a los secretos familiares que respiramos emocionalmente, sin saber bien a qué hacían referencia. Una herida de rechazo fundamentada en “no eres suficientemente válido para expresarte o para conocer algo”.

Todas las voces, todas las metas, todos los deseos, todos los sufrimientos, todos los placeres, todo el bien y todo el mal, todo eso junto era el mundo. Todo eso junto formaba el río del devenir, era la música de la vida (Hermann Hesse).

Esta herida puede llevarnos a dos posturas en la etapa adulta. Por un lado podemos haber aprendido a silenciarnos y a no significarnos, tratar de pasar de puntillas en los grupos sociales y evitar expresar nuestra opinión y "mojarnos". Otro posible resultado de la herida resulta en otro tipo de exceso, el verborréico. Una vez que nos hemos hecho mayores, tenemos oportunidad de tratar incesantemente esa vieja herida expresándonos incansablemente, y no dando lugar a la interacción comunicativa. Algo similar a beber agua de mar para combatir la sed.

El silencio es interesante, en ambos casos, como remedio homeopático. Resignificamos el silencio al elegirlo, al permitirnos sostener las emociones contractivas a las que lo hemos asociado… e ir recuperando así poder personal. En la interacción adulta es fundamental saber manejar los silencios, saber ir al grano y sintetizar para no aburrir a nuestros interlocutores, saber expresar cosas más valiosas que el silencio… algo que podemos comenzar a hacer cuando empezamos a valorarlo. En los años 80 los empresarios japoneses ganaban negociaciones en reuniones con los estadounidenses porque estos últimos no sabían sostener su silencio. Éste les resultaba tan incómodo que acababan cediendo.

La música y las palabras pueden ser mucho más bellas y significativas cuando tienen tiempo de resonar dentro del alma (James Biery).

Sin embargo, la dimensión transpersonal del silencio está más allá de todas estas ideas y funciones del silencio. El silencio transpersonal es un silencio que se da hacia la identificación con nuestra actividad mental. El observador de todo lo que sucede en la mente silencia su juicio, permanece abierto y ecuánime. Nada de lo que ocurre en el espacio de la conciencia produce entonces especial ruido. El silencio en este nivel implica descansar en una actitud de escucha y observación de todos los procesos. De esta forma incluso nuestra acción puede ser silenciosa, sin tratar de de-mostrar nada al mundo. La actitud de servicio está llena de silencio, estar al servicio de otro puede ser un acto silencioso… cuando no busca algo como recompensa. Cuando definitivamente deja de tratar de significarse.

El silencio es por tanto la salida al laberinto de la mente… y desde él podemos adquirir finalmente cierta maestría sobre el dominio del silencio a nivel personal, y terminar de sanar las heridas relacionadas con nuestra necesidad carencial y egoica de expresarnos, o de mantener un silencio ansioso y temeroso de reprobación. Hablar de forma amable y teniendo en cuenta a los demás, pero sin buscar su aprobación, también es silencio.

Cuando el pensamiento se funde en el espacio del cual surge, hay silencio. Un pensamiento que se extingue en su propia fuente es un pensamiento que se disuelve en el silencio puro (Swami Chidvilasananda).  

Rituales conscientes

Actualmente suele verse a los rituales con cierto grado de recelo, asociados a una época pasada en la que predominaban aspectos irracionales. Lo cierto es que el ritual llega a una parte inconsciente de nuestra mente. Sin embargo ésta tiene necesidad de entender cuál es el símbolo de lo que se escenifica, para dotarle de cierto sentido. Cuando la mente entiende el propósito del ritual, el corazón puede comprenderlo. Es en el corazón donde se produce la transformación, mientras que la mente que solo entiende la información de manera intelectual permanece fría y distanciada.

Los rituales que más conocemos tienen que ver con los sacramentos religiosos. Hay que reconocer que la mayor parte de la población pasa por ellos por tradición, no porque se comprenda el sentido de cada uno de ellos. En nuestra tradición cristiana, el bautismo, es un ritual en el que la familia reconoce a un nuevo miembro. Es por esto que se hace en un neonato, no procede de una decisión racional y adulta. En un matrimonio, son dos familias las que pasan a reconocerse como vinculadas, y cada familia da la aprobación a la que pasa a ser familia política. Los suegros que "miran mal" a sus nueras y yernos, no han llevado este ritual al corazón, no han comprendido su significado. El efecto indeseado, será que a pesar de todo el romanticismo individualista que puede llevar a elegir pareja en contra de la visión de la propia familia, una parte de su hijo o hija no de aceptará a su pareja. 

El ritual, además de tener una dimensión social y familiar, afecta al desarrollo de la consciencia del individuo. En cada ritual de paso, uno se prepara para dejar atrás aspectos ya desactualizados, y se prepara para traspasar un nuevo umbral de madurez.

Ante la falta de significado de los rituales, suceden numerosos conflictos internos que tienen que ver precisamente con no haber pasado página de estadios de desarrollo precedentes, y no ser capaces de asimilar plenamente los cambios propios de cada etapa del ciclo vital. Producto de la falta de rituales conscientes es una preocupante extensión de una negación a crecer y a asumir las responsabilidades propias de cada edad. Esto llega al punto de negarse a celebrar los cumpleaños, un ritual sin connotación religiosa.

Los rituales calman la mente. Para los niños es importante ritualizar ciertas tareas, haciéndolas de la misma manera y a la misma hora. El día comienza con el ritual de vestirse, el de desayunar, el de lavarse los dientes... y se cierra con el ritual de la ducha, el de la cena y el de la lectura de un cuento.  Los japoneses son maestros a la hora de realizar elaborados rituales que convierten en sagrados los aspectos más cotidianos. El ritual del té, por ejemplo, está destinado a cultivar la atención al momento presente. En una cultura permeada históricamente por mindfulness, los rituales son rituales del presente, no producto de una tradición pasada. Muchos maestros de budismo zen alertaron sobre el uso automatizado y no consciente de los rituales.

En el siglo XXI hemos podido cultivar tanto nuestra individualidad que ha llegado el momento de que cada uno pueda sentir libremente la creación de sus propios rituales conscientes. Podemos darnos cuenta de cuándo necesitamos soltar algo, celebrar algo, abrirnos a algo... y elegir los elementos del ritual que más significado tienen para nosotros mismos. No necesitamos a alguien experto en el que delegar este poder simbólico innato y necesario en nuestra especie. Hasta los rituales tradicionales fueron creados en algún momento por un ser humano conectado con su corazón. Cuando el ritual se institucionaliza, se corre el peligro de que pierda su sentido original e impedir su actualización para cada época histórica. El ritual pierde entonces todo su poder de transformación.

Llega por tanto el momento de abrirse a conocer el poder mágico trascendente y sanador que porta el ritual consciente. Un ritual consciente que podemos incorporar a nuestras rutinas diarias es cerrar el día con un diario en el que agradezcamos todo aquello que nos ha regalado el día, una manera de cultivar una mente abierta a reconocer la abundancia que ya hay en nuestras vidas, en lugar de dejar vagar la mente a lo que nos falta, donde suele instalarse. 

Taller rituales conscientes