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Archive for April 2013

El agua de la estabilidad

"Incluso en pleno oleaje, el río del zen fluye en calma. El agua de la estabilidad es transparente por más agitada que se halle". Maestro Xuedou

El río del zen, no es otro que el fluir de la vida. En realidad tan solo hay un río, y cualquier vía de desarrollo remite a una forma de fluir en este río. Podemos tratar de ir contracorriente, o resistirnos a fluir ante el miedo al oleaje, a los vaivenes emocionales... y a los saltos de agua que sentimos pueden avecinarse en cualquier instante, si soltamos el control y nos dejamos llevar en su agitado torrente. Sin embargo, la vida nunca se detiene. Podemos imaginar que al llegar al mar, habrá calma... Pero esto es tan sólo un supuesto, ante el desconocimiento de lo que allí nos aguarda.

Buscar la ansiada estabilidad en las condiciones externas que nos rodean, es un esfuerzo tan futil como tratar de detener el oleaje del río. Implantar diques, protecciones... tan sólo resulta en un aumento del poder de destrucción y energía del río que se abre paso a través de los obstáculos. A veces el primero que se resiente de esta erosión es nuestro propio cuerpo, que asiste al movimiento del río emocional sirviéndole de lecho.

La calma de la que habla el zen reside en una visión más clara y transparente de lo que hay, parte de la aceptación de la realidad tal cual se presenta en cada instante. ¿De dónde viene el miedo a fluir? ¿Qué tememos en el oleaje? Desde fuera, desde la superficie, el movimiento del agua hace que ésta se opaque. No nos deja ver su fondo, y aparece como un muro sólido de espumas blancas que amenazan con engullirnos, con atraparnos y ahogarnos... con cortar nuestra respiración y por tanto, provocar nuestra muerte. Los desbordamientos emocionales tienen la particularidad de aportar intensas sensaciones de aproximación a la muerte, como ocurre con el miedo intenso de un ataque de pánico, el deseo de muerte de la tristeza profunda, y el impulso de matar que da el odio incontenido.

El río del zen tan solo promete que si uno tiene el valor de sumergirse en sus aguas, de atravesar el oleaje superficial y adentrarse en sus profundidades... el agua allí dentro estará más calmada, y permitirá una visión más clara, trans-aparente, de lo que habitualmente se oculta en el inconsciente. Para adentrarnos en el río, hace falta aprender a respirar de una forma diferente que en la superficie. Hacen falta agallas... las que se desarrollan a través de la práctica meditativa.

 

José Miguel Sánchez Cámara

 

Sol-edad

La etimología de la palabra edad se remonta al indoeuropeo "aiw", presente en las palabras eón, eterno y longevo. ¿Cuál es nuestra relación con la edad? Sentir nuestra edad, curiosamente, nos lleva a trascender los límites temporales. Podemos sentir fácilmente que nuestra edad no tiene relación con los días y años que hemos acumulado desde nuestra fecha de nacimiento. Hay muchas personas que sienten pudor e incomodidad al compartir su edad expresada en años.

De pequeños podíamos preferir andar con los mayores, y en la adolescencia ocultábamos nuestro carnet de identidad para poder entrar en las discotecas: "Lo olvidé en casa". A los 15 años uno actúa como si tuviera 20... y a los 25, desearíamos volver a los 15. A los 30, añoramos los 20... una edad de referencia en cada cambio de ciclo vital de la edad adulta. Una edad eterna, en la que nuestro futuro estaba al alcance de la mano, y sin embargo, no se había cerrado... Todas las posibilidades permanecían abiertas, y aspiramos una y otra vez a esa libertad cada vez que se cierra un ciclo.

Por otro lado, conocemos a muchas personas que comparten que siempre se han sentido "viejas" de alma. Desde muy jóvenes comenzaron a tener fuertes inquietudes existenciales que les movían hacia el descubrimiento de la sabiduría, de quiénes eran realmente, enriqueciendo su interior en profundidades que no siempre han sido compartidas en el mundo social, más superficial. Es esta parte la que nos lleva a sentir que en nosotros hay algo eterno, que algo de ese anciano sabio ya está presente en nosotros, y que lo que llegaremos a ser siempre nos ha acompañado, inmutable, permaneciendo a través del cambio.

Nuestra identidad esencial podemos sentirla como eterna, porque en realidad la eternidad es nuestra verdadera edad. La antigüedad de nuesta alma data de un eón, el eón de la conciencia humana, desde sus orígenes ancestrales. Si observamos detenidamente un rostro humano, podemos ver registros de todas las edades del ser. En el rostro de un anciano está presente el bebé, y en el del bebé el del anciano calvo y sin dientes.

Por eso, la mejor crema anti-edad, para espanto de las empresas cosméticas, es la meditación. Desde hace mucho tiempo observo cómo los rostros de los meditadores revelan una gran juventud vital, rostros menos envejecidos, tengan o no arrugas. Menos desolados por el paso del tiempo, y la conciencia de envejecimiento. Éste puede que no sea sino una enfermedad del alma, un exceso de conciencia de la arena que ya pasó en nuestro reloj vital, y de la escasa arena que va quedando, segundo a segundo, atravesando ese estrangulado paso... con cierta conciencia de ahogo. Ansiedad existencial, de vidas apegadas a la vida, que se desviven por evitar mirar a el rostro de la muerte.

La soledad, para el que vive evitando la muerte, huele demasiado a trágico porvenir. Uno de los mayores miedos que se registran comúnmente es el de morir solos, y este es un miedo ancestral que se activa al pasar un tiempo con nosotros mismos. Muchas personas al iniciarse en meditación, sienten un gran desasosiego y ansiedad. En realidad es una ansiedad que está tiñendo toda su vida, y que se camufla en el hacer, y en el mirar hacia afuera. Silenciarse no hace sino tener más conciencia de ese sentimiento.

Sin embargo, es justamente allí donde menos queremos mirar donde se encuentra el Sol radiante de nuestra propia conciencia, aquel núcleo eterno que ni ha nacido ni morirá. Algo que no tiene ni nuestra forma, ni nuestra biografía, ni se reconoce en nuestro nombre. Algo libre de atributos, que sin embargo se siente presente en lo más profundo de nuestra mirada. Algo estrechamente unido a la conciencia humana que se disfraza en cada mente individual. Es únicamente en esos momentos de soledad donde nos sentimos en profunda comunión con todo y con todos, donde se disipa la sensación de separación. Es paradójico comprobar que la única manera de dejar de sentirnos solos es aprender a disfrutar de esa Soledad. Allí donde tomamos conciencia de la verdadera edad de nuestro Sol interior.

José Miguel Sánchez Cámara

  

El dulzor de la batata

En los años 60 se realizó un estudio en unas islas japonesas. Introdujeron unas batatas dulces que los monos de aquella isla rechazaron en un primer momento, al estar llenas de tierra. Cierto día una mona joven lavó una batata en el mar, descubriendo así que era más sabrosa. Poco después la colonia de monos fue imitando su comportamiento. Al llegar aproximadamente al número de 100 monos que aprendieron este comportamiento, éste comenzó a extenderse en las colonias de monos de las islas cercanas, sin que hubiera habido contacto directo entre los monos. Se concluyó que, atravesado cierto umbral al que se denominó "masa crítica", el aprendizaje pasó a formar parte de la especie. Las conclusiones posteriores y aplicaciones de este sencillo experimento han servido para dar crédito a teorías que rompen con los modelos mecanicistas, como la teoría de los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake.

A un científico de la vieja escuela estas conclusiones le pueden resultar poco pausibles, al romper con el criterio de parsimonia en la interpretación que parte filosóficamente de la Navaja de Ockham.  Se supone que una teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que una más compleja. La ciencia se mete de esta manera en cierto bucle autoreferente, ya que lo más "simple" está determinado por la visión comúnmente extendida. 

Uno podría simplemente suponer que un comportamiento sencillo como lavar una batata, tan sólo es función de tiempo que algún individuo de cada colonia, por pura experimentación azarosa, acabara descubriéndolo tarde o temprano. ¿Realmente se ha seguido investigando con este paradigma para ver si, efectivamente, sí y solo sí, se llega a un número "n" de individuos, el comportamiento se extiende de forma automática al resto de la especie? Para el crédulo un único experimento basta para confirmar lo que desea creer, pero sabemos que realmente sería necesario replicar muchas veces un mismo experimento para poder llegar a conclusiones fiables. 

Desde el campo de la antropología humana, y partiendo de la idea de "filosofía perenne" de Leibniz, vemos que ciertas ideas abstractas sobre la naturaleza de la realidad, y la conexión de un "alma individual" con un "alma universal", principios filosóficos invisibles, no deducibles de la realidad percibida a través de los sentidos, han aparecido a la vez, y un periodo de tiempo muy próximo, en culturas humanas muy alejadas físicamente y sin contacto directo. Las hipótesis historicistas tratan de ver cómo pudo darse ese "contagio" nómada de ideas de una cultura a otra, buscando los eslabones perdidos. De esta forma se puede registrar la influencia de ideas indoeuropeas, y seguir su rastro en la cultura griega, egipcia, mesopotámica e hindú... y desde India, su propagación a China, Japón... y posiblemente desde aquí su salto al continente americano. Ideas que se habrían extendido junto con arquitecturas complejas, como las de forma piramidal.

Una explicación más sencilla vendría de la propia construcción interna de la organización cognitiva humana, limitada por la estructura cerebral. Principios geométricos con los que todos los seres humanos acaban percibiendo la realidad, y organizándola, y construcciones estables para elevarse a los cielos... ¿Pero la propia tendencia a mirar hacia el cielo, a trascender la realidad, es entonces algo innato en el ser humano? ¿Cuál sería la función de esta mirada trascendente?

La inteligencia con la que se estructura el universo precede al ser humano, y su cerebro no es más que reflejo de esta organización inteligente. A través de nuestro cerebro, esta inteligencia natural, universal, se hace consciente de sí misma. Nuestra propia inteligencia no es sino de esta manera una especie de pequeño "holograma", una versión reducida y encapsulada de esta inteligencia universal. Con sus propias limitaciones, pero sin embargo diseñada "a imagen y semejanza" de aquella primordial. No es extraño, por tanto, que en un punto del desarrollo cognitivo de la especie, al preguntarse ¿quién soy yo? ¿qué este sujeto que observa el mundo?... tarde o temprano se haya ascendido la mirada para encontrar la respuesta en el firmamento, en las estrellas.

Verdades milenarias, que tanta serenidad han aportado al alma humana, y de las que sin embargo, la actual civilización occidental ha renegado. Un sujeto huérfano de su ascendente celestial, comienza a desarrollar enfermedades del alma que se expresan en forma de ansiedad, náusea, y diversas psicomatizaciones. Los trastornos psicológicos pueden verse a la luz de las enfermedades subyacentes del alma. 

Cada vez son más los humanos que en occidente están probando el dulzor de esa batata, al bañarla en las aguas de una espiritualidad libre de creencias religiosas, una espiritualidad pura que vuelve a conectar el principio humano con el universal, esta vez sin necesidad de crear mitos que lo sustenten. Esta es la raíz de la psicoterapia transpersonal, que acompaña al alma al reencuentro consigo misma, al reconocimiento más esencial. Su aspiración, por tanto, no se queda en la de una psicoterapia de taller, para efectuar arreglos individuales de psiques "estropeadas" o "disfuncionales", sino que su vocación es profundamente revolucionaria, en el sentido de que se pretende que la colonia humana pueda disfrutar de este "dulzor de la batata".

Si somos honestos, en realidad no sabemos cuántos individuos serán necesarios para propiciar ese umbral crítico que haría dar un salto a esta cultura posmoderna de lo vanal e intrascendente. Apostamos por una revolución silenciosa, que se da de conciencia a conciencia. Si en realidad existe una conciencia colectiva, y tiene a bien colaborar con esta expansión de forma exponencial... desde luego será bien recibida. No podrá ser de otra manera... La crisis cultural y económica suena con ecos de una transformación que solo podrán liderar aquellos que ofrezcan algo más auténtico, hondo, lúcido y esencial.