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Archive for March 2013

Mindfulness del día-a-día (2)

Hace ya tiempo que borré la distinción entre "deporte" y trabajo espiritual a través del cuerpo, gracias a la atención plena (mindfulness). Antes de ducharme, por la mañana, dedico cada día un tiempo a honrar al cuerpo, el que va a cuidar de mí y de mi mente a lo largo de la jornada. 

Me coloco en un espacio de silencio en el banco de abdominales, y me preparo para realizar un agnihotra, un ritual de fuego. Atiendo a cómo se encuentra mi plexo solar, recién despierto. Un saludo al sol matutino... saludo al día (la palabra día comparte etimología con "dios"), a la realidad brillante que me va a rodear, honrando al fuego interior, al sol interior. Puedo sentirlo en la boca del estómago.

La respiración, honda, activa este fuego. Al desplegar las abdominales, el aire entra más profundo... llega hasta esta brasa interior, para avivarla. Al exhalar y contraer las abdominales, los pulmones actúan como fuelle. Llevo la cuenta interna de cada abdominal... mi atención tan solo se centra en la sensación física sentida en esa parte del cuerpo. Plena atención. Cada abdominal es única, presente... Siento como con cada una de ellas se va activando ese fuego... cómo todo mi cuerpo entra en calor, y el corazón distribuye la sangre caliente y llena de vida. Cada célula sonríe agradecida.

Después, entro en contacto con las pesas. En el yoga, el propio peso del cuerpo es la "pesa". Sin embargo, gracias a las pesas puedo sentir con más intensidad mi propia musculatura, destonificada por la mañana. Me tomo un momento para conectar con ese peso extra, para hacerlo familiar en lugar de extraño. Siento en las palmas de mi mano el contacto del metal y sus estrías, que se agarran y acoplan a mi mano. Con el fuego interior ya activo, abro los brazos, y conecto ese movimiento con el interior. Siento cómo parte de dentro hacia fuera, y vuelve a sí mismo. 

Después acerco las pesas alternativamente al corazón. Trabajo los bíceps, gran símbolo de nuestra propia voluntad, de la fuerza. Ellos son la expresión del amor en acción, cuando se conectan con el corazón. Siento cómo se van hinchando, llenándose de este amor... preparándose para la acción y el servicio amoroso del día. 

Al elevar las pesas hacia el cielo, en paralelo, siento cómo me desperezo, cómo se despierta la atención. Comenzar el día puede resultar duro, hay una pesa que se instala en los hombros ante la responsabilidad del día. Ese movimiento hacia arriba hace que me haga consciente de esta carga, intensificándola. Al trabajarla, refuerzo mi voluntad de "agarrar el día", de responsabilizarme de él y de mi despertar. De no vivir adormilado, esperando simplemente volver a descansar. Me hago responsable de mi vida... Y al terminar el proceso de trabajo, siento que todo mi cuerpo está menos pesado, que al trabajar con las pesas siento que el resto del día va a ser menos pesado, que puedo tomarme las cosas con más ligereza, y que el cuerpo estará ahí para apoyarme. Le doy las gracias.

Vuelvo al ritual de fuego de las abdominales, y después paso a ducharme. Siento cómo el agua fresquita me despeja, y me hace sentir con más sensibilidad aún ese fuego interno, y el calor que ha generado. 

Después de esto, la práctica de yoga distensa y flexibiliza, pero se llena de fuerza y energía. Sentarme después a meditar me lleva aún más adentro, sin perder la conexión con el cuerpo, que está siempre presente y activo, y aterriza la práctica de meditación, para salir de ella con más entusiasmo de vivir, de disfrutar del día y del trabajo de una forma relajada, distendida y atenta. 

José Miguel Sánchez Cámara

 

Cegados por la luz

"Algunos estudiantes avanzados dicen que no conceptualizan, que no calculan, que no comparan, que no se identifican con el sonido ni con la forma y que no se aferran a lo puro ni a lo impuro. Para ellos lo sagrado y lo profano, la ilusión y la iluminación no son más que vacuidad y añaden que en el seno de la gran luz no existen tales cosas. Estos adeptos, no obstante, no son más que enfermos incurables cegados por la luz y obsesionados con la sabiduría" (Maestro Foyan).

Hablar sobre trascender la mente es sencillo ya que... en realidad no hay mucho de qué hablar con respecto a esto. Se publica así el mismo libro con diferentes portadas y cambiando el nombre del autor de moda, cada cierto tiempo. Uno puede memorizar rápidamente la lección sobre la importancia de "dejar la mente fuera", y de "actuar desde el corazón"... Se aprende rápido que es enormemente efectivo a la hora de noquear dialécticamente a cualquier persona que trate de plantearte algún tipo de oposición argumentada: "¡Estás en la mente!" Puede ser realmente complicado salir de tan pegajosa sentencia, si uno no quiere caer en el aparente infantilismo de responder: "¡tú más!". Uno se come el sapo en silencio, si es que tiene algún tipo de decencia espiritual, y pretende aparentar, como no, cierta humildad. 

Es un tremendo error creer que trascender "la mente" signifique anularla, entender que podemos desenchufar esa máquina que nos ayuda a discernir la "pared" de eso que llamamos "puerta", (¡y decirnos además si está abierta o cerrada!). Morder una fruta podrida y escupirla ante su desagradable sabor... ¿es acaso esto dejar de ser un observador neutral? Saltar un charco y calcular la distancia para no quedar empapados... ¿será mejor hacerlo con los ojos cerrados? Disfrutar de  mantener conversaciones vibrantes sobre la naturaleza de la mente y el corazón... pues, ¿acaso el "corazón" es menos concepto que la "mente"?

Nos gustaría ver todo como sagrado, y no hacer distinción con lo profano. Orar y entrar en comunión espiritual al sentarnos en la taza del w.c. , ya sea en casa o en un bar de carretera... Sin embargo, la mayor parte de los que apuestan vehementemente por trascender esta distinción entre sagrado y profano, se oponen también a seguir las reglas y rituales propios de cada espacio construido de forma expresa con esa función "sagrada"...dicen que  "su libertad está por encima de los credos"... y en realidad lo que revelan no es más que una inmadura falta de respeto y decoro.

Cuando, en términos místicos se suele hablar de la fusión entre el observador y lo observado, en realidad lo que se señala es una fuerte confusión entre el observador y lo observado... una confusión más propia de una mente poco cocida, prepersonal, que de una trascendida. El que plantea que no ve diferencias entre nada, y trata de hacernos sentir mal por verlas... no es más que un ciego que desea volvernos tuertos y culpables por tener aún un ojo sano.

 Se trata de no dejar nunca de madurar, y de ver más claramente la realidad que nos rodea. Si un camino no aporta la lucidez del discernimiento, tan solo tratará de deslumbrarnos con su supuesta "iluminación".

José Miguel Sánchez Cámara

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Profundizar en la depresión

A medida que la ciencia y la industria apuestan cada vez más por tener contentos a los ciudadanos (está muy demostrado que contentos, compramos y producimos más ), teniendo a Coca-Cola como principal accionista de la ciencia de la felicidad, organizando congresos, y sacando rédito a la "chispa de la vida"... cada vez queda menos opción a la infelicidad. La felicidad en lugar de una opción comienza a aparentar ser una obligación, por la salud propia y la armonía de las personas con quien nos relacionamos. Nadie quiere entrar en contacto con enfermizas emociones "tóxicas". Ya no son solo cuatro hippies siguiendo al Dalai Lama los que hablan de ser más felices... Todo el mundo, incluídos banqueros y empresarios, tienen estupendas recetas para ser más felices, aspiran a convertirse en guru o coach de su entorno cercano, inundando las neveras y redes sociales de pensamientos positivos... ¡Cuánto cuesta recordar a otros las claves de la felicidad! (y de paso recordárselas a uno mismo).

La depresión económica de esta decrépita Europa nos lleva a mirar con envidia la sempiterna sonrisa de teleserie del estadounidense, o quizás la más fotogénica de una tribu en el corazón de África o en la Selva Amazónica. A medida que tenemos mayor aspiración a ser felices, y nos rodeamos de calendarios de monjes budistas con sonrisas blanqueadas con pasta Himalaya, más trágica parece ser la desventura que nos lleva a seguir enredados en lo más hondo de nuestra soledad, en una pena que ya no sabemos ni a qué atribuir... ¿Será un duelo no resuelto? ¿Algo aún no explorado en mi vida infantil... algún tipo de trauma que bloquee mi acceso a la anhelada dicha perenne? 

Toca pararse a dudar del concepto de felicidad que se está extendiendo, como una especie de "mudanza a la casa de la alegría". La gran zanahoria con la que nos venden refrescos, muebles, y talleres de desarrollo personal. Una zanahoria ilusoria, y que al ser mordida resulta estar hueca y podrida. Es necesario dejar claro, de una vez, que la felicidad no es una emoción, y por lo tanto no es equiparable a la alegría. Es sencillamente imposible estar siempre alegre. Si lo pudiéramos estar, dejaríamos de poder apreciarlo en breve espacio de tiempo: las emociones surgen por contraste, y están en contínua transformación, en contacto con los cambios en el medio. Sin embargo, ¿Puede uno estar a la vez triste y sentirse feliz? Va emergiendo un nuevo concepto de felicidad más maduro, que no trata de aniquilar ninguna franja de nuestro rico espectro emocional humano. 

La tristeza prolongada puede llevar a la depresión. La depresión no conduce hacia afuera, sino hacia dentro, hacia lo más profundo de uno mismo.  Esta es una enorme oportunidad de descubrirse, y de tener una vida más lúcida y plena. La depresión tan solo se instala más tiempo del necesario, aportando sufrimiento, cuando luchamos contra ella, acorazando nuestro corazón. Ocultando nuestra vulnerabilidad. Negándonos a sentir tristeza... negándonos a sentir. Detener toda actividad distractoria, ahondar... llorar si es necesario... pero sobre todo darse un tiempo para estar a solas con la misma tristeza de la que  pretendemos salir corriendo. 

Escuchando el corazón podemos llegar incluso a comprender que en realidad nos hemos deprimido por no permitirnos enfadarnos en el pasado. En la pérdida implícita de todo duelo, hay enfado por la frustración... pero enfadarse está aún peor visto que llorar y entristecerse. Los estudios de hace veinte años reflejaban una desproporción enorme entre las mujeres afectadas por trastornos del estado de ánimo y los hombres, resultando éstos últimos más "sanos". El género femenino ha sido educado específicamente para contener su ira, y aplicarse en tareas de cuidado, mientras que al género masculino ha mantenido hasta ahora la posibilidad de expresar agresividad, y ser bien visto. Ahora que la agresividad, afortunadamente, está cada vez peor vista culturalmente... las tasas de depresión empiezan a equipararse entre hombres y mujeres. Una cosa es contener la agresividad, donde se ha alcanzado un gran avance en civismo, y otra muy diferente negarse la posibilidad de sentir enfado.

"La depresión comienza en el momento en que nos sentimos culpables de no poder mantener a raya el sufrimiento, y dejamos de poder agradecer estar vivos" (John Welwood) No se acepta la vida tal cual se presenta... y en ello los ideales sobre la felicidad no hacen sino ahondar en la brecha de esta falta de aceptación. 

Ahondar a través de la meditación en la depresión nos permite darnos cuenta de lo vacío de la existencia... un vacío enormemente liberador, que nos llena de humildad. Un vacío insoportable para el que quiere negar que en realidad, pintamos bastante poco, que no vamos a cambiar el mundo... y que realmente muy poco está en nuestra mano. El ego se ha construido para negar la realidad de la impermanencia de todo, y de la falta de realidad esencial de aquello que consideramos ser. La depresión nos desnuda de todo lo accesorio, de todo lo que tarde o temprano perderemos. 

Una depresión profunda nos hace incluso desear aproximarnos al borde de la muerte... ver con curiosidad qué seríamos allí... y podemos darnos cuenta de que en realidad acabaremos siendo lo mismo que somos ahora mismo: nada esencial, al menos en cuanto a aquellas cosas que no podrán pasar esa barrera. No somos nuestra belleza, ni nuestras posesiones, títulos, logros, pareja, familia... y nada de eso nos llevaremos. 

Al dejarme arrastrar en meditación en las profundidades de la depresión toco el fondo de mi propio vacío existencial. Y allí, contemplando que a pesar de ese vacío sigo sintiendo... Siento tristeza... siento el corazón... siento mis venas calientes... Siento la vida moviéndose en mí... y de repente me dejo embargar por nuevos deseos. Recupero el impulso por vivir, a partir de ese "reseteo" al que me ha llevado la depresión. Siento que se libera el enfado contenido, y llena de una dorada sensación de "estar vivo" mi tripa... el corazón se calienta aún más... las sangre me lleva de nuevo a la acción.

La felicidad entonces brota del espacio en el que soy espectador privilegiado y vacuo de todo este espectáculo de danza de la vida en mi cuerpo, y de las emociones... que suben, bajan, se transforman... un espectáculo en el que nada permanece, ni la alegría, ni la tristeza, ni el enfado. Lo único que permanece soy yo mismo, en mi total desnudez. Soy la felicidad que soporta los estados pasajeros de desdicha, observándolos con compasión, aceptando su función dentro de la gran Función del teatro de la vida.

José Miguel Sánchez Cámara

 

Welwood, J. (2002) La depresión como pérdida del corazón, en Psicología del despertar. Budismo, psicoterapia y transformación personal. Ed. Kairós

 

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Neuronas espejo e inteligencia emocional

El niño mira el mundo embelesado... observa, e imita. Una capacidad potenciada por neuronas especialmente activas en los primero años de vida: las neuronas espejo. Neuronas que se activan de la misma forma cuando observan un movimiento fuera, que cuando es realizado por la propia persona. El desarrollo humano lleva a que una gran cantidad de información percibida sea procesada de forma inconsciente, reaccionando a ella emocionalmente. Información contenida en el rostro, en gestos faciales y corporales, que comenzamos a imitar internamente.

Determinadas personas tienen la capacidad de reconocer rápidamente cómo se sienten las personas que observan. Dado que se ha investigado que las personas con autismo presentan un mal funcionamiento en estas neuronas, cabe plantearse que pueda existir una relación entre la empatía y el desarrollo de estas neuronas. Revelado su funcionamiento automático, parece indicar que, de forma insospechada, la educación emocional pueda ejercitarse en los primeros años de vida a través de juegos de imitación psicomotriz. 

En el adulto esta capacidad, ligada a la inteligencia emocional, podría desarrollarse llevando la atención consciente a las expresiones faciales de nuestro interlocutor. Una atención relajada, sin intención de "analizar", que permite que estas neuronas realicen su función, y dándonos permiso para sentir cómo surgen estas emociones en nuestro interior. Hemos aprendido a defendernos de nuestras propias capacidades empáticas. Nos incomoda llorar al ver una película dramática. Nos incomoda sentir la desesperación del que nos pide dinero en la calle. Vamos aprendiendo, de esta forma, a insensibilizarnos.

La inteligencia del corazón lleva a un manejo más sabio de nuestra empatía. Una inteligencia que podemos ejercitar y desarrollar a medida que podemos observar nuestras emociones. Un paso atrás que puede permitirnos sentir, a la vez que nos hacemos conscientes del origen externo de esa reacción emocional. Por lo general se evita a las personas que comparten su tristeza, porque nos hacen sentirnos tristes, lo que nos lleva a conectar con recuerdos propios congruentes con ese estado emocional. La clave para poder acompañar inteligentemente el estado emocional ajeno es poder darnos cuenta de que lo que estamos sintiendo en realidad es reflejo de lo que siente la persona acompañada. Las vemos como emociones prestadas de las que no tenemos por qué hacernos cargo. En este sentido la tristeza que estoy sintiendo al hablar con una persona que está triste, puedo darme cuenta de que "no es mía". Si hablo con una persona enfadada, puedo sentir las reacciones típicas del enfado, reconociendo que esa ira tampoco es de uno. 

Esta observación y cambio de atribución lleva aparejada una suerte de profilaxis emocional. En situaciones de contagio emocional como una situación de pánico, uno puede observar cómo está respirando estas emociones de las personas que nos rodean, sin actuar de forma automática y reactiva. La posibilidad de mantener la calma y la serenidad, a la vez que se permite la empatía, hace que sin embargo nuestras acciones sean más congruentes con lo que están sintiendo nuestros interlocutores. De esta forma, usamos de forma inteligente nuestro espejo biológico emocional, cuando podemos ser conscientes de que lo que sentimos es un reflejo. Reconocemos que el cuchillo que vemos reflejado en el espejo, aunque pueda asustar, no nos va a cortar. Dejamos de temer a estas emociones prestadas, que a modo de radar, nos aportan información relevante del entorno. 

Vivir desconectados de la capacidad de observar nuestras emociones, sumado al hecho de no querer escucharlas, puede hacer que este mecanismo reflejo funcione de forma inversa, tiñendo y distorsionado la realidad percibida. Vemos entonces nuestras propias emociones en el espejo que nos muestran los demás. Ese rostro que ves triste, entonces... ¿es reflejo de tu propia tristeza? La habilidad para discernir entre las emociones que son mías y proyecto en los demás, y las que son de otros y resuenan en mi campo de percepción, da cuenta de una vida emocional equilibrada, y fundamenta el desarrollo de la inteligencia emocional.

José Miguel Sánchez Cámara

 

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