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Archive for 2013

El agua de la estabilidad

"Incluso en pleno oleaje, el río del zen fluye en calma. El agua de la estabilidad es transparente por más agitada que se halle". Maestro Xuedou

El río del zen, no es otro que el fluir de la vida. En realidad tan solo hay un río, y cualquier vía de desarrollo remite a una forma de fluir en este río. Podemos tratar de ir contracorriente, o resistirnos a fluir ante el miedo al oleaje, a los vaivenes emocionales... y a los saltos de agua que sentimos pueden avecinarse en cualquier instante, si soltamos el control y nos dejamos llevar en su agitado torrente. Sin embargo, la vida nunca se detiene. Podemos imaginar que al llegar al mar, habrá calma... Pero esto es tan sólo un supuesto, ante el desconocimiento de lo que allí nos aguarda.

Buscar la ansiada estabilidad en las condiciones externas que nos rodean, es un esfuerzo tan futil como tratar de detener el oleaje del río. Implantar diques, protecciones... tan sólo resulta en un aumento del poder de destrucción y energía del río que se abre paso a través de los obstáculos. A veces el primero que se resiente de esta erosión es nuestro propio cuerpo, que asiste al movimiento del río emocional sirviéndole de lecho.

La calma de la que habla el zen reside en una visión más clara y transparente de lo que hay, parte de la aceptación de la realidad tal cual se presenta en cada instante. ¿De dónde viene el miedo a fluir? ¿Qué tememos en el oleaje? Desde fuera, desde la superficie, el movimiento del agua hace que ésta se opaque. No nos deja ver su fondo, y aparece como un muro sólido de espumas blancas que amenazan con engullirnos, con atraparnos y ahogarnos... con cortar nuestra respiración y por tanto, provocar nuestra muerte. Los desbordamientos emocionales tienen la particularidad de aportar intensas sensaciones de aproximación a la muerte, como ocurre con el miedo intenso de un ataque de pánico, el deseo de muerte de la tristeza profunda, y el impulso de matar que da el odio incontenido.

El río del zen tan solo promete que si uno tiene el valor de sumergirse en sus aguas, de atravesar el oleaje superficial y adentrarse en sus profundidades... el agua allí dentro estará más calmada, y permitirá una visión más clara, trans-aparente, de lo que habitualmente se oculta en el inconsciente. Para adentrarnos en el río, hace falta aprender a respirar de una forma diferente que en la superficie. Hacen falta agallas... las que se desarrollan a través de la práctica meditativa.

 

José Miguel Sánchez Cámara

 

Sol-edad

La etimología de la palabra edad se remonta al indoeuropeo "aiw", presente en las palabras eón, eterno y longevo. ¿Cuál es nuestra relación con la edad? Sentir nuestra edad, curiosamente, nos lleva a trascender los límites temporales. Podemos sentir fácilmente que nuestra edad no tiene relación con los días y años que hemos acumulado desde nuestra fecha de nacimiento. Hay muchas personas que sienten pudor e incomodidad al compartir su edad expresada en años.

De pequeños podíamos preferir andar con los mayores, y en la adolescencia ocultábamos nuestro carnet de identidad para poder entrar en las discotecas: "Lo olvidé en casa". A los 15 años uno actúa como si tuviera 20... y a los 25, desearíamos volver a los 15. A los 30, añoramos los 20... una edad de referencia en cada cambio de ciclo vital de la edad adulta. Una edad eterna, en la que nuestro futuro estaba al alcance de la mano, y sin embargo, no se había cerrado... Todas las posibilidades permanecían abiertas, y aspiramos una y otra vez a esa libertad cada vez que se cierra un ciclo.

Por otro lado, conocemos a muchas personas que comparten que siempre se han sentido "viejas" de alma. Desde muy jóvenes comenzaron a tener fuertes inquietudes existenciales que les movían hacia el descubrimiento de la sabiduría, de quiénes eran realmente, enriqueciendo su interior en profundidades que no siempre han sido compartidas en el mundo social, más superficial. Es esta parte la que nos lleva a sentir que en nosotros hay algo eterno, que algo de ese anciano sabio ya está presente en nosotros, y que lo que llegaremos a ser siempre nos ha acompañado, inmutable, permaneciendo a través del cambio.

Nuestra identidad esencial podemos sentirla como eterna, porque en realidad la eternidad es nuestra verdadera edad. La antigüedad de nuesta alma data de un eón, el eón de la conciencia humana, desde sus orígenes ancestrales. Si observamos detenidamente un rostro humano, podemos ver registros de todas las edades del ser. En el rostro de un anciano está presente el bebé, y en el del bebé el del anciano calvo y sin dientes.

Por eso, la mejor crema anti-edad, para espanto de las empresas cosméticas, es la meditación. Desde hace mucho tiempo observo cómo los rostros de los meditadores revelan una gran juventud vital, rostros menos envejecidos, tengan o no arrugas. Menos desolados por el paso del tiempo, y la conciencia de envejecimiento. Éste puede que no sea sino una enfermedad del alma, un exceso de conciencia de la arena que ya pasó en nuestro reloj vital, y de la escasa arena que va quedando, segundo a segundo, atravesando ese estrangulado paso... con cierta conciencia de ahogo. Ansiedad existencial, de vidas apegadas a la vida, que se desviven por evitar mirar a el rostro de la muerte.

La soledad, para el que vive evitando la muerte, huele demasiado a trágico porvenir. Uno de los mayores miedos que se registran comúnmente es el de morir solos, y este es un miedo ancestral que se activa al pasar un tiempo con nosotros mismos. Muchas personas al iniciarse en meditación, sienten un gran desasosiego y ansiedad. En realidad es una ansiedad que está tiñendo toda su vida, y que se camufla en el hacer, y en el mirar hacia afuera. Silenciarse no hace sino tener más conciencia de ese sentimiento.

Sin embargo, es justamente allí donde menos queremos mirar donde se encuentra el Sol radiante de nuestra propia conciencia, aquel núcleo eterno que ni ha nacido ni morirá. Algo que no tiene ni nuestra forma, ni nuestra biografía, ni se reconoce en nuestro nombre. Algo libre de atributos, que sin embargo se siente presente en lo más profundo de nuestra mirada. Algo estrechamente unido a la conciencia humana que se disfraza en cada mente individual. Es únicamente en esos momentos de soledad donde nos sentimos en profunda comunión con todo y con todos, donde se disipa la sensación de separación. Es paradójico comprobar que la única manera de dejar de sentirnos solos es aprender a disfrutar de esa Soledad. Allí donde tomamos conciencia de la verdadera edad de nuestro Sol interior.

José Miguel Sánchez Cámara

  

El dulzor de la batata

En los años 60 se realizó un estudio en unas islas japonesas. Introdujeron unas batatas dulces que los monos de aquella isla rechazaron en un primer momento, al estar llenas de tierra. Cierto día una mona joven lavó una batata en el mar, descubriendo así que era más sabrosa. Poco después la colonia de monos fue imitando su comportamiento. Al llegar aproximadamente al número de 100 monos que aprendieron este comportamiento, éste comenzó a extenderse en las colonias de monos de las islas cercanas, sin que hubiera habido contacto directo entre los monos. Se concluyó que, atravesado cierto umbral al que se denominó "masa crítica", el aprendizaje pasó a formar parte de la especie. Las conclusiones posteriores y aplicaciones de este sencillo experimento han servido para dar crédito a teorías que rompen con los modelos mecanicistas, como la teoría de los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake.

A un científico de la vieja escuela estas conclusiones le pueden resultar poco pausibles, al romper con el criterio de parsimonia en la interpretación que parte filosóficamente de la Navaja de Ockham.  Se supone que una teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que una más compleja. La ciencia se mete de esta manera en cierto bucle autoreferente, ya que lo más "simple" está determinado por la visión comúnmente extendida. 

Uno podría simplemente suponer que un comportamiento sencillo como lavar una batata, tan sólo es función de tiempo que algún individuo de cada colonia, por pura experimentación azarosa, acabara descubriéndolo tarde o temprano. ¿Realmente se ha seguido investigando con este paradigma para ver si, efectivamente, sí y solo sí, se llega a un número "n" de individuos, el comportamiento se extiende de forma automática al resto de la especie? Para el crédulo un único experimento basta para confirmar lo que desea creer, pero sabemos que realmente sería necesario replicar muchas veces un mismo experimento para poder llegar a conclusiones fiables. 

Desde el campo de la antropología humana, y partiendo de la idea de "filosofía perenne" de Leibniz, vemos que ciertas ideas abstractas sobre la naturaleza de la realidad, y la conexión de un "alma individual" con un "alma universal", principios filosóficos invisibles, no deducibles de la realidad percibida a través de los sentidos, han aparecido a la vez, y un periodo de tiempo muy próximo, en culturas humanas muy alejadas físicamente y sin contacto directo. Las hipótesis historicistas tratan de ver cómo pudo darse ese "contagio" nómada de ideas de una cultura a otra, buscando los eslabones perdidos. De esta forma se puede registrar la influencia de ideas indoeuropeas, y seguir su rastro en la cultura griega, egipcia, mesopotámica e hindú... y desde India, su propagación a China, Japón... y posiblemente desde aquí su salto al continente americano. Ideas que se habrían extendido junto con arquitecturas complejas, como las de forma piramidal.

Una explicación más sencilla vendría de la propia construcción interna de la organización cognitiva humana, limitada por la estructura cerebral. Principios geométricos con los que todos los seres humanos acaban percibiendo la realidad, y organizándola, y construcciones estables para elevarse a los cielos... ¿Pero la propia tendencia a mirar hacia el cielo, a trascender la realidad, es entonces algo innato en el ser humano? ¿Cuál sería la función de esta mirada trascendente?

La inteligencia con la que se estructura el universo precede al ser humano, y su cerebro no es más que reflejo de esta organización inteligente. A través de nuestro cerebro, esta inteligencia natural, universal, se hace consciente de sí misma. Nuestra propia inteligencia no es sino de esta manera una especie de pequeño "holograma", una versión reducida y encapsulada de esta inteligencia universal. Con sus propias limitaciones, pero sin embargo diseñada "a imagen y semejanza" de aquella primordial. No es extraño, por tanto, que en un punto del desarrollo cognitivo de la especie, al preguntarse ¿quién soy yo? ¿qué este sujeto que observa el mundo?... tarde o temprano se haya ascendido la mirada para encontrar la respuesta en el firmamento, en las estrellas.

Verdades milenarias, que tanta serenidad han aportado al alma humana, y de las que sin embargo, la actual civilización occidental ha renegado. Un sujeto huérfano de su ascendente celestial, comienza a desarrollar enfermedades del alma que se expresan en forma de ansiedad, náusea, y diversas psicomatizaciones. Los trastornos psicológicos pueden verse a la luz de las enfermedades subyacentes del alma. 

Cada vez son más los humanos que en occidente están probando el dulzor de esa batata, al bañarla en las aguas de una espiritualidad libre de creencias religiosas, una espiritualidad pura que vuelve a conectar el principio humano con el universal, esta vez sin necesidad de crear mitos que lo sustenten. Esta es la raíz de la psicoterapia transpersonal, que acompaña al alma al reencuentro consigo misma, al reconocimiento más esencial. Su aspiración, por tanto, no se queda en la de una psicoterapia de taller, para efectuar arreglos individuales de psiques "estropeadas" o "disfuncionales", sino que su vocación es profundamente revolucionaria, en el sentido de que se pretende que la colonia humana pueda disfrutar de este "dulzor de la batata".

Si somos honestos, en realidad no sabemos cuántos individuos serán necesarios para propiciar ese umbral crítico que haría dar un salto a esta cultura posmoderna de lo vanal e intrascendente. Apostamos por una revolución silenciosa, que se da de conciencia a conciencia. Si en realidad existe una conciencia colectiva, y tiene a bien colaborar con esta expansión de forma exponencial... desde luego será bien recibida. No podrá ser de otra manera... La crisis cultural y económica suena con ecos de una transformación que solo podrán liderar aquellos que ofrezcan algo más auténtico, hondo, lúcido y esencial.  

 

 

 

Mindfulness del día-a-día (2)

Hace ya tiempo que borré la distinción entre "deporte" y trabajo espiritual a través del cuerpo, gracias a la atención plena (mindfulness). Antes de ducharme, por la mañana, dedico cada día un tiempo a honrar al cuerpo, el que va a cuidar de mí y de mi mente a lo largo de la jornada. 

Me coloco en un espacio de silencio en el banco de abdominales, y me preparo para realizar un agnihotra, un ritual de fuego. Atiendo a cómo se encuentra mi plexo solar, recién despierto. Un saludo al sol matutino... saludo al día (la palabra día comparte etimología con "dios"), a la realidad brillante que me va a rodear, honrando al fuego interior, al sol interior. Puedo sentirlo en la boca del estómago.

La respiración, honda, activa este fuego. Al desplegar las abdominales, el aire entra más profundo... llega hasta esta brasa interior, para avivarla. Al exhalar y contraer las abdominales, los pulmones actúan como fuelle. Llevo la cuenta interna de cada abdominal... mi atención tan solo se centra en la sensación física sentida en esa parte del cuerpo. Plena atención. Cada abdominal es única, presente... Siento como con cada una de ellas se va activando ese fuego... cómo todo mi cuerpo entra en calor, y el corazón distribuye la sangre caliente y llena de vida. Cada célula sonríe agradecida.

Después, entro en contacto con las pesas. En el yoga, el propio peso del cuerpo es la "pesa". Sin embargo, gracias a las pesas puedo sentir con más intensidad mi propia musculatura, destonificada por la mañana. Me tomo un momento para conectar con ese peso extra, para hacerlo familiar en lugar de extraño. Siento en las palmas de mi mano el contacto del metal y sus estrías, que se agarran y acoplan a mi mano. Con el fuego interior ya activo, abro los brazos, y conecto ese movimiento con el interior. Siento cómo parte de dentro hacia fuera, y vuelve a sí mismo. 

Después acerco las pesas alternativamente al corazón. Trabajo los bíceps, gran símbolo de nuestra propia voluntad, de la fuerza. Ellos son la expresión del amor en acción, cuando se conectan con el corazón. Siento cómo se van hinchando, llenándose de este amor... preparándose para la acción y el servicio amoroso del día. 

Al elevar las pesas hacia el cielo, en paralelo, siento cómo me desperezo, cómo se despierta la atención. Comenzar el día puede resultar duro, hay una pesa que se instala en los hombros ante la responsabilidad del día. Ese movimiento hacia arriba hace que me haga consciente de esta carga, intensificándola. Al trabajarla, refuerzo mi voluntad de "agarrar el día", de responsabilizarme de él y de mi despertar. De no vivir adormilado, esperando simplemente volver a descansar. Me hago responsable de mi vida... Y al terminar el proceso de trabajo, siento que todo mi cuerpo está menos pesado, que al trabajar con las pesas siento que el resto del día va a ser menos pesado, que puedo tomarme las cosas con más ligereza, y que el cuerpo estará ahí para apoyarme. Le doy las gracias.

Vuelvo al ritual de fuego de las abdominales, y después paso a ducharme. Siento cómo el agua fresquita me despeja, y me hace sentir con más sensibilidad aún ese fuego interno, y el calor que ha generado. 

Después de esto, la práctica de yoga distensa y flexibiliza, pero se llena de fuerza y energía. Sentarme después a meditar me lleva aún más adentro, sin perder la conexión con el cuerpo, que está siempre presente y activo, y aterriza la práctica de meditación, para salir de ella con más entusiasmo de vivir, de disfrutar del día y del trabajo de una forma relajada, distendida y atenta. 

José Miguel Sánchez Cámara

 

Cegados por la luz

"Algunos estudiantes avanzados dicen que no conceptualizan, que no calculan, que no comparan, que no se identifican con el sonido ni con la forma y que no se aferran a lo puro ni a lo impuro. Para ellos lo sagrado y lo profano, la ilusión y la iluminación no son más que vacuidad y añaden que en el seno de la gran luz no existen tales cosas. Estos adeptos, no obstante, no son más que enfermos incurables cegados por la luz y obsesionados con la sabiduría" (Maestro Foyan).

Hablar sobre trascender la mente es sencillo ya que... en realidad no hay mucho de qué hablar con respecto a esto. Se publica así el mismo libro con diferentes portadas y cambiando el nombre del autor de moda, cada cierto tiempo. Uno puede memorizar rápidamente la lección sobre la importancia de "dejar la mente fuera", y de "actuar desde el corazón"... Se aprende rápido que es enormemente efectivo a la hora de noquear dialécticamente a cualquier persona que trate de plantearte algún tipo de oposición argumentada: "¡Estás en la mente!" Puede ser realmente complicado salir de tan pegajosa sentencia, si uno no quiere caer en el aparente infantilismo de responder: "¡tú más!". Uno se come el sapo en silencio, si es que tiene algún tipo de decencia espiritual, y pretende aparentar, como no, cierta humildad. 

Es un tremendo error creer que trascender "la mente" signifique anularla, entender que podemos desenchufar esa máquina que nos ayuda a discernir la "pared" de eso que llamamos "puerta", (¡y decirnos además si está abierta o cerrada!). Morder una fruta podrida y escupirla ante su desagradable sabor... ¿es acaso esto dejar de ser un observador neutral? Saltar un charco y calcular la distancia para no quedar empapados... ¿será mejor hacerlo con los ojos cerrados? Disfrutar de  mantener conversaciones vibrantes sobre la naturaleza de la mente y el corazón... pues, ¿acaso el "corazón" es menos concepto que la "mente"?

Nos gustaría ver todo como sagrado, y no hacer distinción con lo profano. Orar y entrar en comunión espiritual al sentarnos en la taza del w.c. , ya sea en casa o en un bar de carretera... Sin embargo, la mayor parte de los que apuestan vehementemente por trascender esta distinción entre sagrado y profano, se oponen también a seguir las reglas y rituales propios de cada espacio construido de forma expresa con esa función "sagrada"...dicen que  "su libertad está por encima de los credos"... y en realidad lo que revelan no es más que una inmadura falta de respeto y decoro.

Cuando, en términos místicos se suele hablar de la fusión entre el observador y lo observado, en realidad lo que se señala es una fuerte confusión entre el observador y lo observado... una confusión más propia de una mente poco cocida, prepersonal, que de una trascendida. El que plantea que no ve diferencias entre nada, y trata de hacernos sentir mal por verlas... no es más que un ciego que desea volvernos tuertos y culpables por tener aún un ojo sano.

 Se trata de no dejar nunca de madurar, y de ver más claramente la realidad que nos rodea. Si un camino no aporta la lucidez del discernimiento, tan solo tratará de deslumbrarnos con su supuesta "iluminación".

José Miguel Sánchez Cámara

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Profundizar en la depresión

A medida que la ciencia y la industria apuestan cada vez más por tener contentos a los ciudadanos (está muy demostrado que contentos, compramos y producimos más ), teniendo a Coca-Cola como principal accionista de la ciencia de la felicidad, organizando congresos, y sacando rédito a la "chispa de la vida"... cada vez queda menos opción a la infelicidad. La felicidad en lugar de una opción comienza a aparentar ser una obligación, por la salud propia y la armonía de las personas con quien nos relacionamos. Nadie quiere entrar en contacto con enfermizas emociones "tóxicas". Ya no son solo cuatro hippies siguiendo al Dalai Lama los que hablan de ser más felices... Todo el mundo, incluídos banqueros y empresarios, tienen estupendas recetas para ser más felices, aspiran a convertirse en guru o coach de su entorno cercano, inundando las neveras y redes sociales de pensamientos positivos... ¡Cuánto cuesta recordar a otros las claves de la felicidad! (y de paso recordárselas a uno mismo).

La depresión económica de esta decrépita Europa nos lleva a mirar con envidia la sempiterna sonrisa de teleserie del estadounidense, o quizás la más fotogénica de una tribu en el corazón de África o en la Selva Amazónica. A medida que tenemos mayor aspiración a ser felices, y nos rodeamos de calendarios de monjes budistas con sonrisas blanqueadas con pasta Himalaya, más trágica parece ser la desventura que nos lleva a seguir enredados en lo más hondo de nuestra soledad, en una pena que ya no sabemos ni a qué atribuir... ¿Será un duelo no resuelto? ¿Algo aún no explorado en mi vida infantil... algún tipo de trauma que bloquee mi acceso a la anhelada dicha perenne? 

Toca pararse a dudar del concepto de felicidad que se está extendiendo, como una especie de "mudanza a la casa de la alegría". La gran zanahoria con la que nos venden refrescos, muebles, y talleres de desarrollo personal. Una zanahoria ilusoria, y que al ser mordida resulta estar hueca y podrida. Es necesario dejar claro, de una vez, que la felicidad no es una emoción, y por lo tanto no es equiparable a la alegría. Es sencillamente imposible estar siempre alegre. Si lo pudiéramos estar, dejaríamos de poder apreciarlo en breve espacio de tiempo: las emociones surgen por contraste, y están en contínua transformación, en contacto con los cambios en el medio. Sin embargo, ¿Puede uno estar a la vez triste y sentirse feliz? Va emergiendo un nuevo concepto de felicidad más maduro, que no trata de aniquilar ninguna franja de nuestro rico espectro emocional humano. 

La tristeza prolongada puede llevar a la depresión. La depresión no conduce hacia afuera, sino hacia dentro, hacia lo más profundo de uno mismo.  Esta es una enorme oportunidad de descubrirse, y de tener una vida más lúcida y plena. La depresión tan solo se instala más tiempo del necesario, aportando sufrimiento, cuando luchamos contra ella, acorazando nuestro corazón. Ocultando nuestra vulnerabilidad. Negándonos a sentir tristeza... negándonos a sentir. Detener toda actividad distractoria, ahondar... llorar si es necesario... pero sobre todo darse un tiempo para estar a solas con la misma tristeza de la que  pretendemos salir corriendo. 

Escuchando el corazón podemos llegar incluso a comprender que en realidad nos hemos deprimido por no permitirnos enfadarnos en el pasado. En la pérdida implícita de todo duelo, hay enfado por la frustración... pero enfadarse está aún peor visto que llorar y entristecerse. Los estudios de hace veinte años reflejaban una desproporción enorme entre las mujeres afectadas por trastornos del estado de ánimo y los hombres, resultando éstos últimos más "sanos". El género femenino ha sido educado específicamente para contener su ira, y aplicarse en tareas de cuidado, mientras que al género masculino ha mantenido hasta ahora la posibilidad de expresar agresividad, y ser bien visto. Ahora que la agresividad, afortunadamente, está cada vez peor vista culturalmente... las tasas de depresión empiezan a equipararse entre hombres y mujeres. Una cosa es contener la agresividad, donde se ha alcanzado un gran avance en civismo, y otra muy diferente negarse la posibilidad de sentir enfado.

"La depresión comienza en el momento en que nos sentimos culpables de no poder mantener a raya el sufrimiento, y dejamos de poder agradecer estar vivos" (John Welwood) No se acepta la vida tal cual se presenta... y en ello los ideales sobre la felicidad no hacen sino ahondar en la brecha de esta falta de aceptación. 

Ahondar a través de la meditación en la depresión nos permite darnos cuenta de lo vacío de la existencia... un vacío enormemente liberador, que nos llena de humildad. Un vacío insoportable para el que quiere negar que en realidad, pintamos bastante poco, que no vamos a cambiar el mundo... y que realmente muy poco está en nuestra mano. El ego se ha construido para negar la realidad de la impermanencia de todo, y de la falta de realidad esencial de aquello que consideramos ser. La depresión nos desnuda de todo lo accesorio, de todo lo que tarde o temprano perderemos. 

Una depresión profunda nos hace incluso desear aproximarnos al borde de la muerte... ver con curiosidad qué seríamos allí... y podemos darnos cuenta de que en realidad acabaremos siendo lo mismo que somos ahora mismo: nada esencial, al menos en cuanto a aquellas cosas que no podrán pasar esa barrera. No somos nuestra belleza, ni nuestras posesiones, títulos, logros, pareja, familia... y nada de eso nos llevaremos. 

Al dejarme arrastrar en meditación en las profundidades de la depresión toco el fondo de mi propio vacío existencial. Y allí, contemplando que a pesar de ese vacío sigo sintiendo... Siento tristeza... siento el corazón... siento mis venas calientes... Siento la vida moviéndose en mí... y de repente me dejo embargar por nuevos deseos. Recupero el impulso por vivir, a partir de ese "reseteo" al que me ha llevado la depresión. Siento que se libera el enfado contenido, y llena de una dorada sensación de "estar vivo" mi tripa... el corazón se calienta aún más... las sangre me lleva de nuevo a la acción.

La felicidad entonces brota del espacio en el que soy espectador privilegiado y vacuo de todo este espectáculo de danza de la vida en mi cuerpo, y de las emociones... que suben, bajan, se transforman... un espectáculo en el que nada permanece, ni la alegría, ni la tristeza, ni el enfado. Lo único que permanece soy yo mismo, en mi total desnudez. Soy la felicidad que soporta los estados pasajeros de desdicha, observándolos con compasión, aceptando su función dentro de la gran Función del teatro de la vida.

José Miguel Sánchez Cámara

 

Welwood, J. (2002) La depresión como pérdida del corazón, en Psicología del despertar. Budismo, psicoterapia y transformación personal. Ed. Kairós

 

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Neuronas espejo e inteligencia emocional

El niño mira el mundo embelesado... observa, e imita. Una capacidad potenciada por neuronas especialmente activas en los primero años de vida: las neuronas espejo. Neuronas que se activan de la misma forma cuando observan un movimiento fuera, que cuando es realizado por la propia persona. El desarrollo humano lleva a que una gran cantidad de información percibida sea procesada de forma inconsciente, reaccionando a ella emocionalmente. Información contenida en el rostro, en gestos faciales y corporales, que comenzamos a imitar internamente.

Determinadas personas tienen la capacidad de reconocer rápidamente cómo se sienten las personas que observan. Dado que se ha investigado que las personas con autismo presentan un mal funcionamiento en estas neuronas, cabe plantearse que pueda existir una relación entre la empatía y el desarrollo de estas neuronas. Revelado su funcionamiento automático, parece indicar que, de forma insospechada, la educación emocional pueda ejercitarse en los primeros años de vida a través de juegos de imitación psicomotriz. 

En el adulto esta capacidad, ligada a la inteligencia emocional, podría desarrollarse llevando la atención consciente a las expresiones faciales de nuestro interlocutor. Una atención relajada, sin intención de "analizar", que permite que estas neuronas realicen su función, y dándonos permiso para sentir cómo surgen estas emociones en nuestro interior. Hemos aprendido a defendernos de nuestras propias capacidades empáticas. Nos incomoda llorar al ver una película dramática. Nos incomoda sentir la desesperación del que nos pide dinero en la calle. Vamos aprendiendo, de esta forma, a insensibilizarnos.

La inteligencia del corazón lleva a un manejo más sabio de nuestra empatía. Una inteligencia que podemos ejercitar y desarrollar a medida que podemos observar nuestras emociones. Un paso atrás que puede permitirnos sentir, a la vez que nos hacemos conscientes del origen externo de esa reacción emocional. Por lo general se evita a las personas que comparten su tristeza, porque nos hacen sentirnos tristes, lo que nos lleva a conectar con recuerdos propios congruentes con ese estado emocional. La clave para poder acompañar inteligentemente el estado emocional ajeno es poder darnos cuenta de que lo que estamos sintiendo en realidad es reflejo de lo que siente la persona acompañada. Las vemos como emociones prestadas de las que no tenemos por qué hacernos cargo. En este sentido la tristeza que estoy sintiendo al hablar con una persona que está triste, puedo darme cuenta de que "no es mía". Si hablo con una persona enfadada, puedo sentir las reacciones típicas del enfado, reconociendo que esa ira tampoco es de uno. 

Esta observación y cambio de atribución lleva aparejada una suerte de profilaxis emocional. En situaciones de contagio emocional como una situación de pánico, uno puede observar cómo está respirando estas emociones de las personas que nos rodean, sin actuar de forma automática y reactiva. La posibilidad de mantener la calma y la serenidad, a la vez que se permite la empatía, hace que sin embargo nuestras acciones sean más congruentes con lo que están sintiendo nuestros interlocutores. De esta forma, usamos de forma inteligente nuestro espejo biológico emocional, cuando podemos ser conscientes de que lo que sentimos es un reflejo. Reconocemos que el cuchillo que vemos reflejado en el espejo, aunque pueda asustar, no nos va a cortar. Dejamos de temer a estas emociones prestadas, que a modo de radar, nos aportan información relevante del entorno. 

Vivir desconectados de la capacidad de observar nuestras emociones, sumado al hecho de no querer escucharlas, puede hacer que este mecanismo reflejo funcione de forma inversa, tiñendo y distorsionado la realidad percibida. Vemos entonces nuestras propias emociones en el espejo que nos muestran los demás. Ese rostro que ves triste, entonces... ¿es reflejo de tu propia tristeza? La habilidad para discernir entre las emociones que son mías y proyecto en los demás, y las que son de otros y resuenan en mi campo de percepción, da cuenta de una vida emocional equilibrada, y fundamenta el desarrollo de la inteligencia emocional.

José Miguel Sánchez Cámara

 

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Mindfulness del día-a-día (1)

Quiero aprender a comer más despacio. Aprender a saborear y dar valor a lo que tengo delante del plato, y que sé que en el espacio de unas horas va a formar parte de mí... a ser componente de organismo. Mis emociones surgirán del nivel energético que tenga el cuerpo. Mis pensamientos surgirán del estado en que estén mis emociones. Algunos pensamientos me llevaran a despertar del sueño automático, y recordar la importancia de observar. 

He descubierto que es más fácil que atienda a lo que como si me lo preparo yo mismo. Solo por el coste y la atención de la preparación, a uno le da más "rabia" terminar en unos pocos minutos con lo que ha tardado tiempo en hacerse. Lo que cuesta poco, acaba valorándose poco.

Enciendo la vitrocerámica que sustituye al tradicional fogón. Fuego... un símbolo de transformación. Aparece en la vitro contenido, una transformación limpia, uniforme.. y ¡ordenada en forma de laberinto!... La comida que voy seleccionando con amor, deshechando aquello que no deseo forme parte de mí... contemplo como se mueve al ebullir. Da saltos de alegría al saber que su muerte ha sido para algo... que volverán a tener vida en mi interior. Honro a la comida, y ella me honra. 

El laberinto de la vitro se conecta con el que tendrá que atravesar la comida en la digestión, al pasar por los intestinos. El momento último del proceso donde cada componente pasará a la sangre. Todo lo que mentalmente cuesta asimilar, se simboliza en el ritual de la digestión, y en la gran odisea que supone cada parte del proceso. Se realizará de forma automática... así que lo único que está de mi parte es que se de en un ambiente distentido, relajado... y que me permita estar atento a lo que sucede.

Sin tele. Sin conversación externa ni interna. Solo ante la comida. La primera parte es voluntaria si la hago consciente. Observo los colores. Huelo los olores. Intuyo las texturas antes de saborearlas... Cada bocado merece su cata de mindfulness... de atención plena. Gozo cada bocado, y con él... gozo de cada instante que se va presentando en mi vida. Mastico con delicadeza... como señal de agradecimiento. El camino será más fácil si los trozos son más pequeños... y están bien salivados.

¡Vaya, me dejé la vitro encendida!

Respiro, y antes de machacarme apagándola con violencia... prefiero dedicar un tiempo a observar la belleza del precioso mandala que forman las resistencias candentes en su superficie...

José Miguel Sánchez Cámara

 

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Serenidad en el bullicio

"Si tu inteligencia y capacidad son correctos, no necesitas escuchar los aforismos y relatos de los antiguos maestros Zen. Permanece atento desde el mismo instante en que te despiertas, aquieta tu mente, vigila cuidadosamente todo cuanto digas y hagas y contempla de dónde proceden todos los fenómenos. Si puedes atravesar atento todas las situaciones, ¿qué necesidad habrá de cambiarlas? Sólo entonces podrás ir más allá del “Zen”, superar toda convención y descubrir un templo de pureza, serenidad y carencia de esfuerzo en medio del bullicio." Maestro Zen Yuan Wu (1063-1135)

Según se cuenta, Yuan Wu acabó quemando sus propios aforismos, ya que sus discípulos no parecían entender nada en ellos. Hay una fase del camino de crecimiento que implica rodearse de personas que estimulen nuestro crecimiento. Amigos, parejas, maestros... y buenos libros. Esta fase lleva a que nuestra "inteligencia y capacidad" sean lo suficientemente "correctos" como para dejar atrás la importancia del "contenido" del aprendizaje.

Una vez podemos cerrar los libros y dedicarnos a vivir con los nuevos ojos que nos han prestado, todo aparece con carácter renovado. Aunque veas lo mismo todos los días... te das cuenta de que nunca hay nada exactamente igual. Aprecias los detalles, las pequeñas diferencias. Las saboreas tal cual se presentan, sin ningún impulso por cambiarlas para que se acomoden a nuestros gustos o intereses.

Aparece la actitud contemplativa ante la vida, que va relegando a la actitud depredadora y controladora con la que solemos funcionar habitualmente. Desde la actitud controladora podemos tratar de crear paraísos artificiales en los que poder meditar sin que nadie nos moleste. Espacios ociosos, libres de trabajo... relajados... vacacionales.

El zen nunca fue de crear realidades paralelas. Todos estos retiros del alma, necesarios también en muchas partes del camino, nos conducen a aprender a calmar las emociones, a aquietar nuestra mente. El proceso ha llegado a su culminación cuando, desde la observación, podemos conservar la serenidad en medio del bullicio, y del ajetreo cotidiano de los mil quehaceres. ¿Quién hace? ¿Es necesaria la tensión para hacerlo? Suelta... y la vida se va haciendo a sí misma. No vivimos una vida... somos vida.

José Miguel Sánchez Cámara

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Aprender a pensar con el corazón

Históricamente las emociones han sido vistas como evolutivamente inferiores a los pensamientos, más propios de otras especies mamíferas que del "homo sapiens sapiens". Se ha pensado al ser humano principalmente como "hombre", adjudicándole las características de lógica y racionalidad que tanto esfuerzo ha necesitado para proclamar la superioridad de lo masculino sobre lo femenino. Lo racional sobre lo emotivo. 

En términos psicológicos, se ha tildado a lo femenino de histérico, emocionalmente inestable... el caso es que desde tiempos del señor Freud, la psicoterapia ha parecido asistir a estas mujeres tan demandantes de un masculino que las contenga y escuche. Pero la función principal del psicoanálisis, que no en vano centra su éxito social en hablar de lo innombrable, del tabú sexual, (para racionalizarlo y definir qué es sano e insano...) fue acabar con los intentos "histéricos" del feminismo por cambiar el orden y estructura social.

En el seno del conflicto en las parejas de hoy se reproduce un drama históricamente irresuelto: el del acceso y reparto de un poder público, hasta ahora reservado al masculino. La mujer actual es arrolladora, y deja realmente en la estacada al impávido hombre. ¿Por qué es esto así? Primero, por influencia de la educación, que tan hábilmente el hombre les había negado el derecho por suponer su incapacidad intelectual. El hombre ya no puede ponerse por encima en su nivel de argumentación lógica.

Pero mucho más importante que esto, es la enorme inteligencia emocional que ha desarrollado la mujer al mantenerse en contacto con sus sentimientos y su vulnerabilidad. La emoción es más compleja y más propia del ser humano incluso que el pensamiento. La emoción humana no tiene parangón en el resto de seres vivos. Mientras que el pensamiento tan solo se refiere a un componente frío, cognitivo, la emoción está compuesta de partes cognitivas, afectivas, energéticas y comportamentales. Saber que uno está triste, es un proceso mucho más complejo de lo que suponemos. Llegar a ponerse la etiqueta de "estoy triste" es en realidad un proceso cognitivo, antes se han desencadenados procesos "sin palabra" que implican sentir... Justamente aquello que el hombre ha evitado durante la historia del patriarcado, para poner a buen recaudo su natural vulnerabilidad.

Los estudios hacen ver que la experiencia subjetiva de la emoción, el sentimiento, es incluso más intenso en los hombres. Algo que ni van a expresar, ni seguramente sepan expresar en muchos casos... ya que el lenguaje emocional se aprende en interacción social. Las emociones no son un tema de hombres. El desarrollo de la inteligencia emocional hace que la mujer sea más eficiente y exitosa tanto en casa como en el trabajo...

A veces sin ser consciente, la mujer plantea sutiles batallas que tratan de resarcir la memoria de dolor de las madres y abuelas de la familia, cuando no de la propia vida. El hombre ha sido educado para no competir con mujeres... y se pierde completamente, desarmado ante el primer "me haces sentir...". Así que va perdiendo espacios tanto en los estudios, en el trabajo, como en casa. Si trata de competir, no deja de meter la pata... realmente no sabe cómo actuar de forma coherente con lo que su pareja está sintiendo.

Podemos acabar relegados a la posición de zánganos de la colmena si no hacemos algo por comenzar a aprender a pensar con el corazón. Explorar terrenos donde aparece una motivación más perdurable, y valores que guían la conducta que realmente están más allá de lo material y del análisis racional coste-beneficio, y comienza a abrirse todo un campo de sentimientos que llevan hacia el altruismo y el interés general.

Pero no solo los hombres tenemos que aprender a pensar con el corazón. Las mujeres han tendido a confundir el corazón con la corazonada, el presentimiento, el apasionamiento... que hace que en realidad sitúa a muchas decisiones en un bajo nivel de conciencia. Presa de automatismos evolutivos que expresan emociones como celos, posesividad, envidia, inseguridad... que hacen que el sistema sea inestable. Se necesita entonces la pura presencia física del masculino, como tótem de seguridad y de estabildad. La mujer en realidad podría aprender del hombre a controlar la impulsividad, a observar y tomar distancia... a respirar.

Para hacer que la pareja funcione, (y para hacer que la sociedad funcione...) resulta imprescindible aprender unos de los otros. Nosotros aprendemos a sentir y expresar. Ellas a observar lo que sienten, y a gestionar con sabiduría las emociones. Cuanto más nos independizamos unos de otros, más espacio comienza a surgir para que nos una el amor en lugar de la dependencia.  

José Miguel Sánchez Cámara

 

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Atención: Salir de la Red Neuronal por Defecto

A uno le gustaría pensar que recobra fuerzas cuando echa una cabezadita y, por un momento, dejas de enfocarte en los serios temas del trabajo y la familia para tomar un descanso y dejar vagar la fantasía. Nos imaginamos que damos vacaciones a nuestras neuronas, y que podemos dejar la maquinaria cerebral funcionando al ralentí.

Pues bien, contrariamente a esta creencia popular, la neurociencia viene mostrando que la mayor parte del consumo energético del cerebro se da en estado de reposo. Un 70% de la energía que consume el cerebro de despliega en circuitos neuronales que no están en relación con acontecimientos conscientes. Ciertas áreas parietales (arriba de la cabeza, a los lados) se activan espontáneamente comunicándose información de forma automática. El ruido de fondo de esta "energía oscura" aparece no solo en estado de vigilia, sino en el sueño ligero y en estado de anestesia. 

 Cuando pasamos a prestar atención en algo, realizando así una actividad consciente y enfocada, tan solo se incrementa este consumo en un 5%. Por otro lado, se ha descubierto que la actividad basal energética de estas regiones (asociadas a recuerdos personales) cae en picado. Antes de descubrir que formaban todo un sistema en red, lo llamaron "área parietal medial misteriosa".

Un sistema que tiene prioridad sobre el resto de procesamientos, hasta que hay que prestar atención a señales sensoriales novedosas o inesperadas. Se puede incluso llegar a predecir cuando una persona va a cometer un despiste atendiendo a la actividad del RND. Si aumenta su actividad, es mucho más probable que desatendamos y cometamos un error. Parece ser que las personas con Alzheimer comienzan a funcionar únicamente con este sistema, y que las personas con depresión tienen graves dificultades para salir de este sistema. La sensación de "estar en el propio mundo" es tal, que se está también investigando su funcionamiento en personas con esquizofrenia, sin resultados aún concluyentes. 

Para la matemática y filósofa Annie Marquier esta red neuronal, tan asociada a los recuerdos personales biográficos, correspondería al comportamiento robótico del llamado "ego personal", un programa de predicción y control instalado en el miedo, que nos ha permitido sobrevivir como especie. Como reflejan los estudios, todo el trabajo de incremento de la atención consciente que se realiza desde "mindfulness" resulta la única manera de que el cerebro se tome un respiro de esta actividad basal dispersa. Por otro lado, Marquier, en línea con los estudios del instituto Heartmath, ven en el corazón a la sede de un tipo de consciencia y coherencia que nos saca de las garras de lo automatizado e inconsciente, con sabiduría y compasión.

A la atención se le suma una consciencia de orden superior, producto del trabajo de coordinación de la neuronas que constituyen el 70% de las células del corazón, y que nos permite aportar orden y concierto incluso a la actividad inconsistente y frenética de los recuerdos que se disparan automáticamente desde la RND. La clave por tanto está en permanecer atentos y compasivos ante lo que sucede en nuestra mente, lo cual va desprogramando ideas y creencias de baja calidad, que llevan a decisiones de baja calidad en nuestra vida.

La atención permite tomar decisiones más coherentes y conscientes, integradoras de más información presente en el medio, y de forma más eficiente en cuanto a consumo energético y tiempo empleado. Nos ponemos entonces en manos de la enorme inteligencia de la intuición. 

José Miguel Sánchez Cámara

 

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http://www.investigacionyciencia.es/investigacion-y-ciencia/numeros/2010/5/la-red-neuronal-por-defecto-1436

http://www.casadellibro.com/libro-el-maestro-del-corazon/9788492545223/1659822