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transpersonal

La profundidad de la máscara

Lo profundo ama la máscara. Friedrich Nietzsche

El origen griego de la palabra personalidad la asocia a la idea de máscara. De esta manera, presentamos la terapia transpersonal como aquella que nos ayuda a vivir de manera más auténtica, liberados de la falsedad y la pesadez de vivirse desde las diferentes máscaras sociales con las que nos ocultamos. Desde luego esta forma de entender lo transpersonal tiene un gran atractivo, dado que la mayoría de nosotros sentimos que nos gustaría podernos expresar más tal cual somos. Tanto más cuando vemos que el amor de los demás hacia esas facetas que mostramos no nos llega de forma profunda, y que esas máscaras tampoco nos permiten entregar de forma auténtica nuestro amor, inmersos en la mascarada de la protección de nuestros sentimientos genuinos.

Pero ¿Quién es el Yo que se oculta tras la máscara? Ese yo esencial que señala la filosofía perenne además de transpersonal es impersonal. Así como hay una atracción que lleva a irse viviendo con menos máscara según maduramos y confiamos más en nosotros mismos, dependiendo menos de la aprobación o el juicio ajenos, también es cierto que hay una fuerza de identificación, opuesta a la anterior, que intuye una muerte de todo lo que creemos ser al desnudarnos y quedarnos desprovistos de toda máscara... 

¿Sucede realmente esto así? Si nos fijamos en ejemplos de maestros que supuestamente han conseguido vivir libres de toda máscara, liberándose en vida (moksha)... ¿Acaso no mantienen una personalidad diferenciada? Parece por tanto necesario reconocer, a medio camino entre el yo esencial, que ni nace ni muere, y el juego de mecanismos protectores de la máscara, que todos nacemos con una forma de ser única. Una forma de ser genuina tan esencial y sagrada como el mismo Ser que la origina. Cuando nos mostramos auténticos somos fieles a esta forma de ser, y salimos del juego de engaño/autoengaño. Realmente sacar a la luz esta forma de ser es autoconocimiento y uno de los objetivos de una terapia transpersonal. Propongo discernir entre esta forma de ser, que es nuestra alma, coloreada de un propósito determinado, del yo esencial que atestigua,  lo que hemos llamado espíritu, trascendente e idéntico a la esencia del Universo.

Siguiendo la tradición tántrica, este ser individual idéntico al ser universal, por puro disfrute y gozo, crea lo múltiple y se disfraza de cada entidad separada que conforman los elementos diferenciados de este universo. De esta manera, al igual que vemos que nuestra forma de ser también tiene un origen "divino"... ¿cómo no iba a serlo también la máscara en la que se termina de ocultar? Cobra para mí pleno sentido aquel aforismo de Nietzsche que señalaba la profundidad de la máscara.

El camino de la compasión que caracteriza la terapia transpersonal lleva a observar con curiosidad la belleza del mecanismo de protección, del autoengaño final en el que se enrosca el ser... El que es introvertido pero se esfuerza en aparentar ser extrovertido es todo un personaje de novela... es interesante, misterioso y profundo. De alguna manera, en la intimidad de la amistad cercana y en el espacio de protección y seguridad que ofrece una terapia, uno desvela su verdadera forma de ser y entonces se vuelve especialmente valiosa la interacción. Mostrarse es un regalo, y saber ocultarse acaba siendo todo un arte... cuando se hace de manera consciente. 

El ideal de mostrarse con autenticidad en todo lugar y momento resulta regresivo e ingenuo. Sin embargo, el autoconocimiento y la progresiva disolución del autoengaño, permiten que uno conserve su inocencia y no pierda el centro cuando toca ejercer el papel que toque en la vida. Vivir liberado implica el poder escoger la máscara social más apropiada, sin perderse en ella. De alguna manera, nuestra forma de ser auténtica acaba irradiando a través de todas ellas. En el fondo siempre somos nosotros mismos lo que actuamos, ya sigamos el método dramático de identificarnos con el personaje (método stanislavski) o de no disolvernos en él, para hacerlo más eficaz. Vivir desidentificado de la máscara sin duda alivia el drama existencial... pero es necesario comprender la función y necesidad de la máscara, así como su conexión con lo profundo. La mirada transpersonal consigue ver a través de la máscara del paciente y, puesto que esto no es sencillo, adquiere todo su valor y profundidad.  

 

¿Amor incondicional?

Algún cimiento de nuestra personalidad se nos mueve de fondo cuando llega por primera vez a nuestros oídos la idea de que pueda existir un amor que no hayamos aún conocido, un amor verdadero cuya naturaleza pueda ser la incondicionalidad. ¿Es acaso ese amor posible? ¿Podemos dejar ser al otro como quiera ser, precisamente a aquella persona a la que dirigimos de esa forma especial nuestra atención? ¿Es posible amar sin querer que la otra persona se pliegue a cubrir nuestras necesidades afectivas, de la manera en que deseamos?

Las ideas sobre el amor verdadero parten de perspectivas eminentemente espirituales y/o metafísicas, en la que el amor no es una energía emocional que "tengamos" para dar y recibir. En realidad ese intercambio amoroso resulta falso desde esta dimensión, de naturaleza impersonal. Podemos comprender que en cierto sentido es falso que uno necesite amor en la medida que no lo tiene dentro, y que uno no pueda dar lo que no tiene. Ese equilibrio afectivo, al que tan acostumbrados estamos, tiene su lógica en un nivel personal y sistémico, pero resulta absurdo en un nivel transpersonal. 

En este nivel transpersonal todo nuestro ser es amor, y lo sentimos sin tener en cuenta las cualidades de quien lo recibe. Desde este amor que somos, un amor identidad en lugar de una emoción que tenemos, amamos a todas las personas que se cruzan en nuestro camino, amamos a todos los seres vivientes, a la naturaleza... amamos y somos uno con todo aquello que somos capaces de contemplar e integrar en nuestro corazón. La clave es que este es un amor que sentimos en lo más profundo de nuestro ser, y que se irradia sin prejuicios ni condiciones, así como el sol se desprende de sus rayos sin mirar a quién los recibirá ni de qué manera.

La amplia y gran confusión entre niveles se da cuando uno además de sentir ese Amor, pretende expresarlo sin condiciones. Podemos perder completamente el sentido común si tratamos a todas las personas por igual. Lo impersonal de lo transpersonal no tiene sentido en las relaciones personales. En el tú a tú la biografía pesa, hay una historia de intercambios compartida con el otro, la relación puede estar en sus inicios... o haber visto claramente que no nos merece la pena.

Es así como el amor incondicional (transpersonal) necesita atenerse a ciertas condiciones a la hora de expresarse en el nivel personal. De hecho, atender a estas condiciones además de un acto de inteligencia social es un acto de inteligencia del corazón. De alguna manera uno se atreve a ver al momento en el que está el otro, ver lo que necesita y lo que no, cuál es la ayuda más efectiva posible... Sin duda, este amor verdadero en acción no es un amor ciergo.

Uno puede incluso amar incondicionalmente a una pareja maltratadora, y sin embargo ver que lo más efectivo para el bien de la relación y de los dos miembros es efectuar una denuncia policial. Puedes sentir amor incondicional hacia alguien, y decidir no volver a ver más a esa persona. Esto en realidad puede ser un gran acto de amor, liberarla de tu presencia en su vida, desengancharla y permitir que vuele, crezca y conozca a otras personas. Todo depende desde dónde lo hacemos. Desearle la felicidad, amarla y, sin embargo, desaparecer de forma respetuosa de su vida.

El amor con minúsculas, el del intercambio cotidiano, puede inspirarse en el Amor y así llenarse de paciencia, de templanza, de saber estar, de dignidad, y además vaciarse en la medida de lo posible de la parte carencial afectiva que distorsiona la relación y coloca al otro en la situación de ser manipulado emocionalmente con diversos chantajes, más o menos sutiles. Podemos reconocer nuestra parte emocionalmente dependiente y carencial, pero liberar al otro de tener que cubrirla. El otro tiene valor en sí, no en la medida que nos aporta, cuando y como queramos.

El amor sabio nos permite también soltar al otro cuando vemos claramente que un fuerte desequilibrio se instala en lo emocional. Disfrutamos de lo que podemos dar cuando dar es la opción más consciente. Podemos también sostener mejor la relación cuando el otro no satisface nuestras expectativas, o se comporta de una manera que nos resulta irritante. Reducimos el nivel de conflicto emocional con las personas que queremos querer. Si puede darse estará bien... y si no es así, dejamos ser (y nos dejamos ser). Siempre atentos a lo que hay y a las posibilidades que ofrecen las situaciones, en lugar de permanecer enganchados a lo que en algún momento proyectamos e idealizamos en el otro. 

Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla. Simone de Beauvoir  

 

 

La Búsqueda

LA BÚSQUEDA

 

En una aldea próxima a Magerit, en plena Edad Media, vivía Carlota con su hijo pequeño. El padre desapareció al poco de nacer el niño, así que ella tuvo que ponerse a trabajar desde joven para sacar a su hijo adelante, con todo el amor que pudo darle.

Un triste día Carlota fue a comprar frutas al tumultuoso mercado de la aldea, que una vez por semana acogía a visitantes de toda la Comarca. En un momento de descuido, tras regatear el precio de unas manzanas con un mercader, se dio la vuelta y vio que su hijo, el pequeño Norberto, no estaba en el lugar en el que lo dejó.

Aturdida entre la masa, gritó su nombre sin recibir ninguna respuesta, mientras observaba cómo la gente seguía en sus menesteres, sin prestarle la más mínima atención. El mercado quedó vacío, y Norberto no volvió a aparecer.

En los alrededores pasaba un río y con él, en su cabeza, esos terribles presentimientos que la terminaron de abatir: ¡había tantas historias que se contaban sobre niños ahogados en ese río!. Carlota lloraba desconsoladamente y quedó tendida en la tierra, con el corazón roto por no poder cuidar a su niñito del alma. Sumergió sus manos en el agua, pidiendo al río que le devolviera a su hijo.

Cuando amaneció en casa, estuvo tentada de quitarse la vida..., pero un fuerte presentimiento que nacía de sus entrañas la llevó a continuar, para poder encontrar a Norberto. Su propia madre la había dejado abandonada en un cesto a la orilla del río cuando era bebé, con una nota en la que le pedía perdón, firmada con el nombre de Luz. Sentía que ahora no podía ser ella la que perdiese de esa manera a su hijo. Algo le decía que debía de seguir vivo y comenzó su búsqueda, comenzando por lo más el lugar más importante... Durante meses escribió diariamente al Rey relatándole lo ocurrido con detalle, expresando su terrible desconsuelo, y pidiéndole ayuda para encontrarle.

***

El Rey Liberto, acabó leyendo algunas de estas cartas, a pesar de haber dado la orden expresa a sus súbditos de que las arrojaran al fuego. Sus labores de regencia estaban destinadas a empresas más importantes que aliviar el desconsuelo de una simple aldeana. Sin embargo, finalmente, acabó interesándose por conocer a una persona que mostraba con tal claridad y fortaleza su propósito en la vida. Aceptó conceder su audiencia, y envió a un emisario que llevó a Carlota a su palacio.

Liberto tenía fama en todo el Reino por su dureza de carácter, y su temible fortaleza. Sus enfados habían llevado a menudo a cortar la cabeza a aquellos que disentían de sus opiniones, y a los traidores, a los que nunca perdonaba. Por ello, toda la corte acabó contagiándose de la intensa emoción de ver cómo una parte del corazón del Rey parecía haberse ablandado, ante esta conmovedora historia.

Por su parte, la Reina Romualda recorría el palacio enfurecida, acompañada de su séquito, soltando improperios contra su marido, tan irresponsable al dejar de lado sus ocupaciones y atender a una sospechosa plebeya. Eran cientos los niños que cada día morían de hambre y de peste, o asesinados en las batallas que se libraban. Era sin duda más importe atender a las necesidades de defensa y protección generales del Reino. Toda su labor de enfocaba diariamente a tratar de convencer al Rey de las necesarias reformas que debían efectuarse, para que el Reino no acabara sumido en el caos más absoluto, que sentía avecinarse. Tras una ardua discusión, el Rey golpeó fuertemente la mesa y dictaminó seguir adelante con la audiencia. La Reina se quedó en la sala, cruzada de brazos, pero permaneció en pie, rompiendo el protocolo de forma desafiante.

Tras exponer su demanda Carlota, en un ambiente más propio de un auto de fe, Liberto quedó conmovido por el relato. Recordó cómo su madre dedicó su vida a salvarle de una terrible enfermedad que asoló su infancia, y cómo confió en que finalmente él sería el heredero de la Corona. Vio en la cara de Carlota el hermoso rostro de su propia madre y dictaminó que enviaría a su más valioso guerrero a recorrer los confines de su Reino, en busca del pobre niño perdido.

En ese momento, al ver que ni siquiera había sido consultada, la Reina Romualda desató su furia contenida, nublada por los celos de ver a su marido conmovido y embelesado ante la presencia de esa sucia aldeana. Hizo el ademán de retirarse a sus aposentos, tras espetar a Carlota su incapacidad como madre, y lo irresponsable de su acción. Criticó también a su marido duramente, delante de los súbditos, por dejar al Reino desprotegido cada vez que se lanzaba a una nueva aventura, y su tendencia a satisfacer los placeres más mundanos.

El Rey, rojo de ira, se abalanzó hacia ella y entonces su hija la Princesa Patricia, se interpuso entre sus padres, llorando. Les pidió por favor que dejaran de pelearse de una vez, que los dos siempre guardaban algo de razón. Los padres se calmaron por un momento, para escuchar a su hija, que raramente expresaba su opinión. Ella les dijo que le parecía importante que su padre continuara con sus obligaciones, y que realmente estaba haciendo mucho bien en el Reino con su dedicación, coraje y fortaleza. También entendía que su madre sacrificara su vida conyugal como esposa, por el bien del Reino, y que pudiera sentir celos de aquella aldeana. Sin embargo, Patricia hizo ver a su madre que tenía que valorar, como lo estaban haciendo todos los súbditos, el buen corazón que estaba mostrando en aquel instante Liberto, y que eso podría hacer que los sectores más contrarios al Rey acallaran sus críticas hacia su dureza de carácter y altivez.

Entonces, tras mostrar su visión sobre el asunto, Patricia salió corriendo hacia sus aposentos, entre sollozos. Ella había pasado toda su infancia intentando que sus padres se llevaran bien, y se sentía cansada de tener que soportar el peso de todas esas discusiones... que con tanto empeño trataba de pacificar. La historia de Carlota la había emocionado profundamente, ya que ella también se sentía una niña abandonada, con unos padres tan solo preocupados por el futuro del Reino. No se sentía capaz de expresar su rabia, por el hecho de que fueran a atender la pérdida de ese niño, cuando sus padres nunca habían salido a su encuentro.

***

El Rey, calmado, hizo llamar a Genaro, el guerrero más sagaz, perseverante y fuerte de los que disponía en su ejército. Le encomendó entonces la búsqueda del niño Norberto, dejando aplazados todos sus menesteres hasta que no conociera su paradero. Genaro se inclinó ante él, en un gesto de lealtad sin tacha. Hacía tiempo que Genaro había quedado prendado de la energía serena que desprendía la hija de los Reyes, Patricia, y de este amor secreto había nacido toda su perseverancia y fortaleza en el combate. Sentía que su vida carecía de sentido si no podía ser al lado de Patricia, y su sola presencia inspiraba su espíritu de lucha. Nunca había expresado este amor a nadie, era algo que guardaba como su tesoro más oculto. Si el Rey se enterara de aquello, sin duda lo vería como una traición y una deslealtad, con lo que sentía que su cabeza se encontraba en permanente peligro.

La esperanza de Genaro era que Patricia quedara impresionada por su imagen de fortaleza, y ganar los suficientes méritos como para que el color de su sangre pudiera tornarse azulada, en virtud de algún posible título nobiliario que podría obtener finalmente de manos del Rey. Su interés en esta historia era por tanto instrumental.

Carlota abrazó a Genaro y le dio las gracias de todo corazón por la hazaña que se disponía a emprender. Contrariado ante este signo amoroso, Genaro salió corriendo de la sala, cogiendo un caballo sin detenerse, en busca de un aliado para su empresa.

***

Su mejor amigo y compañero de batallas, Amador, estaba apaciblemente en su casa escribiendo embelesado una carta de amor para su amada, Alicia. Perfumaba la carta con esencia de rosas, mientras terminaba de retocar un poema en el que veía cómo sus destinos estaban ya marcados, desde sus nombres. Él había nacido para amarla, a pesar de sus continuos rechazos, y su amor se escondía siempre bajo la armadura de una insistente actitud combativa. Él había sitiado tantos terrenos en luchas cuerpo a cuerpo, que sabía que finalmente ella caería rendida ante sus muestras de amor. Todas las semanas pasaba bajo el balcón de Alicia, y le dejaba una nota, una carta, y algún regalo.

Cuando su amigo Genaro le contó la misión que le había encomendado el Rey Liberto, rompió a llorar. De alguna manera, él también se sentía como esa madre, triste al no poder entregar el amor a su amada. Decidió acompañar a Genaro en tan noble empresa, y dado que tan solo pensaba en Alicia, creyó oportuno contarle su propósito, para ver si ella quedaba tocada también por esa historia que tanto resonaba en el interior de su coraza. Deseaba despertar la sensibilidad oculta de Alicia. Se secó las lágrimas, y lleno de esperanza cogió su caballo rumbo al palacio de su amada.

Alicia era hija de los duques de Oriol, y aún vivía con ellos en su palacete. En una de las almenas disponía de unos aposentos especiales en los que perdía las horas muertas dedicándose a su pasión: la pintura. Le encantaba pintar escenas bélicas con caballeros y sus armaduras resplandecientes a la luz del ocaso. Pintaba con asombroso realismo la sangre derramada en estos combates, anhelando en ella la pasión de ese caballero que un día vendría a robar su belleza. La escondía como un tesoro precioso, tan solo destinado al único que lo merecería. Amador le resultaba algo pesado en su insistencia, veía que no le dejaba espacio para enamorarse, y sentía que algo no iba a funcionar bien en esa relación. Sin embargo, en secreto, guardaba todas aquellas cartas y regalos en un cofre especial, como esperando que en algún momento la pasión pudiera llegar a apoderarse de su alma.

Cuando Amador le contó la historia de Norberto, quedó profundamente conmovida por las lágrimas derramadas por el noble guerrero. Su corazón se encendió por un instante, reflejada en la historia de ese niño que abandonado, estaría seguramente esperando que regresara el amor de su madre. Tanto como ella anhelaba ese amor ideal. Abrazó por primera vez a Amador, para consolarle, y le dijo que contaría aquella historia a sus padres, para que hicieran algo al respecto.

***

Los duques de Oriol eran personas muy reflexivas y cultas, pero habían amasado su fortuna a partir de una profunda desconfianza en la gente. Embarcarse en una empresa filantrópica y altruista estaba muy lejos de sus intereses vitales. Sin embargo, su hija Alicia era la única capaz de tocarles el corazón. El duque, Orlando, que solía entusiasmarse con las cuestiones que emprendía, planeó difundir por todo el reino la noticia del niño perdido. Con sus grandes dotes de orador podría convencer tanto a nobles como a plebeyos, de la importancia vital de aquella búsqueda. Cogió su caballo, sin perder más tiempo, y comenzó a contar esta historia de forma ininterrumpida, añadiendo tintes dramáticos que inventaba, en cada pequeña plaza que encontró en su camino.

La duquesa Teresa, mucho más introspectiva, se retiró a su lugar de estudio para idear la mejor forma de encontrar al niño. Tras pasar horas deliberando en silencio, decidió que lo mejor que podía hacer era coger un caballo y buscar pistas en todo el Reino, de forma que pudiera encontrarle por su cuenta. Imaginaba a ese niño ya en silencio, después de haber llorado desconsoladamente la pérdida de su madre, habiendo perdido ya toda esperanza, por lo que iba a tener que prestar mucha atención a las señales sigilosas que podría haber dejado a su paso.

***

Tras días de búsqueda, topó en su camino con uno de los mayores sabios, reconocidos en todo el Reino, Darío. Con su luminosa presencia, escuchó el relato de boca de la silenciosa duquesa Teresa, que empleó los términos justos, relatándole algunas pistas que podrían ayudarle a discernir el paradero del niño: pisadas cercanas al río, ciénagas, rastros de sangre, escenas de niños jugando en el campo, algunos llantos desconsolados resonando entre las piedras de las aldeas que visitó…

Darío se mesuró su larga barba canosa, y miró al cielo en busca de alguna señal que le pudiera dar pista alguna sobre esa amalgama de datos inconexos. Finalmente se rindió. Sin embargo, dio a Teresa la dirección de su maestra, la maga Indira. Tras hacer esto, le aconsejó no hacerla demasiado caso, ya que estaba ya bastante anciana, y parecía que de vez en cuando perdía la razón.

La duquesa quedó fascinada por la luz del sabio y su humildad al reconocer su ignorancia ante el tema. ¡La maga Indira! De repente sintió estar viviendo la mayor aventura de su vida, vivir en un cuento de hadas. Desconfiaba ampliamente de todas esas historias fantásticas de las que su hija tenía la cabeza poblada. Así que decidió seguir la advertencia del sabio, y actuó con cautela.

La dirección y el mapa que le dio Darío la llevó a un enorme roble centenario. Ofuscada en un principio por no encontrar nada más, de repente se sintió fascinada al observar con más detenimiento... ¡Lo que parecía un grabado en la corteza, tenía la forma de una puerta redondeada!  Dejándose llevar por primera vez por algo parecido a una corazonada, golpeó con sus nudillos esa especie de umbral.

***

Dio un salto hacia atrás al ver que la puerta se abría hacia adentro, y del árbol salió una anciana con ojos color índigo, unos ojos que nunca la habían observado tan profundamente. Tras presentarse como Teresa y decir que venía de parte del Sabio Darío, la mujer la invitó a pasar dentro del roble.

Se sentaron alrededor de una pequeña mesa circular, cubierta por un tapete morado. En el centro resplandecía una impresionante bola de cristal que reflejaba todas las imágenes del interior del roble, que parecía aún más grande en el interior.

Sin necesidad de que Teresa contara la historia del niño, Indira hizo un gesto con su mano, con los ojos cerrados, iluminándose de esta manera la bola de cristal. De repente, dentro de la bola, aparecieron todas aquellas señales que Teresa había observado en su búsqueda de Norberto. La sucesión de imágenes se detuvo en un detalle que en principio le había pasado desapercibido: Al pasar por la casa de Marcelo, un huraño anciano que era rechazado por todos los habitantes de su aldea, vio como entre la colada tendida aparecía la ropa de un niño pequeño. ¡Era algo tan incoherente, que tan solo podía ser la señal definitiva que indicaba el paradero de Norberto! Seguramente aquel horrible anciano, le había secuestrado… ¡Tenía que hacer llegar este mensaje rápidamente a aquella pobre madre, antes de que fuera demasiado tarde! Pidió ayuda entonces a la mujer.

La maga Índira entonces escribió unas notas con una pluma de cisne en un pequeño pergamino, y lo enrolló en la pata de una paloma que se posó repentinamente en la mesilla. Las dos dirigieron su mirada hacia arriba cuando la paloma levantó el vuelo y salió por una apertura en las gruesas ramas del roble. Aquella paloma supo llegar directamente hasta la casa de Carlota, que recibió sorprendida aquel mensaje que llegaba del cielo.

Las lágrimas de alegría embriagaron a Carlota, cuando recibió por fin la noticia del paradero de su amado hijo Norberto. Corrió sin pensarlo hacia la casa del extraño anciano, situada a la orilla de un lago, y llamó a la puerta. 

***

Tras esperar durante bastante tiempo, de repente la puerta se abrió desde dentro, permitiendo que el cuerpo de un anciano cayera desplomado a sus pies. Sus últimas palabras fueron: -“Luz”. Había realizado su último acto en esta vida... pero su cara aparecía serena en su muerte fulminante. Ver los ojos de amor de aquella mujer, le hicieron entender que era la madre de la criatura que había acogido en su casa… Esto le llenó tanto de amor y emoción, que su frágil corazón no pudo soportar la tensión. Estalló en un acto de amor sin límites, y derramó aquella sangre brillante que tantas veces había pintado Alicia. Toda la vida de este pobre anciano cobró significado en ese último aliento. Su rostro expresaba la satisfacción de ese heroico momento. 

Dentro de la casa, Carlota observó la silueta de una anciana que, sentada, acunaba en su regazo a un niño. ¡Era su Norberto! Entonces gritó de alegría, con el corazón encogido por tanto sufrimiento retenido en su interior. Le dolía ahora de felicidad... 

La anciana hizo una señal de silencio, juntando su índice a sus labios. – ¡Sssh! Está dormido, ha estado llorando mucho tu ausencia, a pesar de que le hemos tratado de cuidar lo mejor posible. Mi marido lo encontró perdido en el mercado, y lo trajo a casa. Sabíamos que vendrías a buscarle –

Sorprendida por la seguridad de esa mujer, en la que percibió síntomas de invalidez, e invadida por una extraña sensación de tranquilidad, se acercó a ella para contemplar, admirada, un rostro que le resultaba extrañamente familiar. La anciana, al mirar a la joven madre, reconoció su propio rostro rejuvenecido, aquel que solía contemplar a la orilla del río. Aquel río en el que una vez dejó abandonada a una hija no deseada, por ser demasiado joven para cuidarla.

Al reconocerse mutuamente, se besaron con un inmenso cariño. Entonces Norberto despertó para abrazar con entusiasmo a su madre. Ella le dijo con ternura: “Norberto, te presento a tu abuela, Luz”. Él entonces abrazó a la anciana entre risas, y las dos comprendieron que para el niño toda esta historia con final feliz, no había sido más que un juego.

Gracias a la labor del Duque Orlando todos los habitantes de aquel reino, expectantes por conocer el destino del pequeño Norberto, acabaron conociendo esta que resultó ser la historia de búsqueda más grande jamás contada en el Reino. Carlota guardaría siempre en secreto que, para su gran sorpresa, el duque Orlando no era otro que el padre de Norberto, con el que mantuvo en su juventud un romance imposible.

Este orador, descendiente lejano de los Duques de Oriol, se despide pidiendo a aquellos que han escuchado esta historia que la continúen difundiendo. Cuando uno cuenta esta historia, acaba encontrando todo aquello que su alma anhela profundamente: su niño interior.

FIN

 

JOSÉ MIGUEL SÁNCHEZ  CÁMARA

 

La historia narra El camino de La búsqueda individual espiritual, representada em El Ascenso de kundalini Del chakra raiz AL chakra corona. De La herida infantil AL niño interior sano. El reencuentro com La sabiduría Del maestro interior, representado también por La abuela perdida.

Esta es la representación de una teoria de elaboración propia que integra las teorias de los niveles transpersonales de la conciencia, los chakras, los arquetipos y el eneagrama de la personalidad, con sus eneatipos. La he llamé Teoría ZYGURAT  (Zen, Yoga, Gnosis Universal, Reiky y Acompañamiento Transpersonal), la cual presenté como Proyecto Vital al terminar mi formación como Terapeuta Transpersonal. Los zygurats eran las pirámides de La cuna de la civilización, Mesopotámia, desde los cuales lós “magos” contemplaban y acercaban el cielo a la tierra. En rojo los puntos yang (ida-sistema autónomo simpático) y en negro los puntos yin (pingala-sistema autónomo parasimpático). En blanco, el canal central o sushumna nadi (sistema nervioso central).

 

Prepersonal (anterior a La personalidad)

Río: Energía Vital, kundalini. Chakra raíz. (prepersonal, sin eneagrama)

Norberto: Arquetipo del niño Interior perdido. Chakra raíz.

Carlota: Maga

Padre de Norberto: Chamán

 

Personal

Triada instintiva (ira – alegría de vivir)

Reina Romualda: Arquetipo de la reformadora ( eneagrama 1) chakra sexual

Rey Liberto: Arquetipo del der Espiritual (eneagrama 8) chakra sexual

Princesa Patricia: Arquetipo de la pacificadora (eneagrama 9) chakra plexo solar

 

Triada emocional (tristeza- amor consciente)

Guerrero Genaro: Arquetipo del guerrero de luz (eneagrama 3) chakra plexo solar

Guerrero Amador: Arquetipo del terapeuta (eneagrama 2) chakra corazón

Alicia de Oriol: Arquetipo Del artista (eneagrama 4) chakra corazón.

 

Triada racional (miedo- paz interior)

Duque Orlando de Oriol: Arquetipo orador (eneagrama 7) chackra garganta.

Duquesa Teresa de Oriol: Arquetipo Del testigo (eneagrama 5) chackra garganta

Sabio Darío: Arquetipo del discípulo (eneagrama 6) chakra tercer rojo.

 

Transpersonal (personalidad o ego trascendido)

Maga Indira: Arquetipo iniciada (transpersonal, Sin eneagrama) chakra 3er ojo

Abuelo Marcelo: Arquetipo maestro espiritual (transpersonal) chakra corona.

Abuela Luz : Arquetipo Del Guru (transpersonal) chackra corona.

 

La página de www.escuelatranspersonal.com

 

El agua de la estabilidad

"Incluso en pleno oleaje, el río del zen fluye en calma. El agua de la estabilidad es transparente por más agitada que se halle". Maestro Xuedou

El río del zen, no es otro que el fluir de la vida. En realidad tan solo hay un río, y cualquier vía de desarrollo remite a una forma de fluir en este río. Podemos tratar de ir contracorriente, o resistirnos a fluir ante el miedo al oleaje, a los vaivenes emocionales... y a los saltos de agua que sentimos pueden avecinarse en cualquier instante, si soltamos el control y nos dejamos llevar en su agitado torrente. Sin embargo, la vida nunca se detiene. Podemos imaginar que al llegar al mar, habrá calma... Pero esto es tan sólo un supuesto, ante el desconocimiento de lo que allí nos aguarda.

Buscar la ansiada estabilidad en las condiciones externas que nos rodean, es un esfuerzo tan futil como tratar de detener el oleaje del río. Implantar diques, protecciones... tan sólo resulta en un aumento del poder de destrucción y energía del río que se abre paso a través de los obstáculos. A veces el primero que se resiente de esta erosión es nuestro propio cuerpo, que asiste al movimiento del río emocional sirviéndole de lecho.

La calma de la que habla el zen reside en una visión más clara y transparente de lo que hay, parte de la aceptación de la realidad tal cual se presenta en cada instante. ¿De dónde viene el miedo a fluir? ¿Qué tememos en el oleaje? Desde fuera, desde la superficie, el movimiento del agua hace que ésta se opaque. No nos deja ver su fondo, y aparece como un muro sólido de espumas blancas que amenazan con engullirnos, con atraparnos y ahogarnos... con cortar nuestra respiración y por tanto, provocar nuestra muerte. Los desbordamientos emocionales tienen la particularidad de aportar intensas sensaciones de aproximación a la muerte, como ocurre con el miedo intenso de un ataque de pánico, el deseo de muerte de la tristeza profunda, y el impulso de matar que da el odio incontenido.

El río del zen tan solo promete que si uno tiene el valor de sumergirse en sus aguas, de atravesar el oleaje superficial y adentrarse en sus profundidades... el agua allí dentro estará más calmada, y permitirá una visión más clara, trans-aparente, de lo que habitualmente se oculta en el inconsciente. Para adentrarnos en el río, hace falta aprender a respirar de una forma diferente que en la superficie. Hacen falta agallas... las que se desarrollan a través de la práctica meditativa.

 

José Miguel Sánchez Cámara

 

Sol-edad

La etimología de la palabra edad se remonta al indoeuropeo "aiw", presente en las palabras eón, eterno y longevo. ¿Cuál es nuestra relación con la edad? Sentir nuestra edad, curiosamente, nos lleva a trascender los límites temporales. Podemos sentir fácilmente que nuestra edad no tiene relación con los días y años que hemos acumulado desde nuestra fecha de nacimiento. Hay muchas personas que sienten pudor e incomodidad al compartir su edad expresada en años.

De pequeños podíamos preferir andar con los mayores, y en la adolescencia ocultábamos nuestro carnet de identidad para poder entrar en las discotecas: "Lo olvidé en casa". A los 15 años uno actúa como si tuviera 20... y a los 25, desearíamos volver a los 15. A los 30, añoramos los 20... una edad de referencia en cada cambio de ciclo vital de la edad adulta. Una edad eterna, en la que nuestro futuro estaba al alcance de la mano, y sin embargo, no se había cerrado... Todas las posibilidades permanecían abiertas, y aspiramos una y otra vez a esa libertad cada vez que se cierra un ciclo.

Por otro lado, conocemos a muchas personas que comparten que siempre se han sentido "viejas" de alma. Desde muy jóvenes comenzaron a tener fuertes inquietudes existenciales que les movían hacia el descubrimiento de la sabiduría, de quiénes eran realmente, enriqueciendo su interior en profundidades que no siempre han sido compartidas en el mundo social, más superficial. Es esta parte la que nos lleva a sentir que en nosotros hay algo eterno, que algo de ese anciano sabio ya está presente en nosotros, y que lo que llegaremos a ser siempre nos ha acompañado, inmutable, permaneciendo a través del cambio.

Nuestra identidad esencial podemos sentirla como eterna, porque en realidad la eternidad es nuestra verdadera edad. La antigüedad de nuesta alma data de un eón, el eón de la conciencia humana, desde sus orígenes ancestrales. Si observamos detenidamente un rostro humano, podemos ver registros de todas las edades del ser. En el rostro de un anciano está presente el bebé, y en el del bebé el del anciano calvo y sin dientes.

Por eso, la mejor crema anti-edad, para espanto de las empresas cosméticas, es la meditación. Desde hace mucho tiempo observo cómo los rostros de los meditadores revelan una gran juventud vital, rostros menos envejecidos, tengan o no arrugas. Menos desolados por el paso del tiempo, y la conciencia de envejecimiento. Éste puede que no sea sino una enfermedad del alma, un exceso de conciencia de la arena que ya pasó en nuestro reloj vital, y de la escasa arena que va quedando, segundo a segundo, atravesando ese estrangulado paso... con cierta conciencia de ahogo. Ansiedad existencial, de vidas apegadas a la vida, que se desviven por evitar mirar a el rostro de la muerte.

La soledad, para el que vive evitando la muerte, huele demasiado a trágico porvenir. Uno de los mayores miedos que se registran comúnmente es el de morir solos, y este es un miedo ancestral que se activa al pasar un tiempo con nosotros mismos. Muchas personas al iniciarse en meditación, sienten un gran desasosiego y ansiedad. En realidad es una ansiedad que está tiñendo toda su vida, y que se camufla en el hacer, y en el mirar hacia afuera. Silenciarse no hace sino tener más conciencia de ese sentimiento.

Sin embargo, es justamente allí donde menos queremos mirar donde se encuentra el Sol radiante de nuestra propia conciencia, aquel núcleo eterno que ni ha nacido ni morirá. Algo que no tiene ni nuestra forma, ni nuestra biografía, ni se reconoce en nuestro nombre. Algo libre de atributos, que sin embargo se siente presente en lo más profundo de nuestra mirada. Algo estrechamente unido a la conciencia humana que se disfraza en cada mente individual. Es únicamente en esos momentos de soledad donde nos sentimos en profunda comunión con todo y con todos, donde se disipa la sensación de separación. Es paradójico comprobar que la única manera de dejar de sentirnos solos es aprender a disfrutar de esa Soledad. Allí donde tomamos conciencia de la verdadera edad de nuestro Sol interior.

José Miguel Sánchez Cámara

  

El dulzor de la batata

En los años 60 se realizó un estudio en unas islas japonesas. Introdujeron unas batatas dulces que los monos de aquella isla rechazaron en un primer momento, al estar llenas de tierra. Cierto día una mona joven lavó una batata en el mar, descubriendo así que era más sabrosa. Poco después la colonia de monos fue imitando su comportamiento. Al llegar aproximadamente al número de 100 monos que aprendieron este comportamiento, éste comenzó a extenderse en las colonias de monos de las islas cercanas, sin que hubiera habido contacto directo entre los monos. Se concluyó que, atravesado cierto umbral al que se denominó "masa crítica", el aprendizaje pasó a formar parte de la especie. Las conclusiones posteriores y aplicaciones de este sencillo experimento han servido para dar crédito a teorías que rompen con los modelos mecanicistas, como la teoría de los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake.

A un científico de la vieja escuela estas conclusiones le pueden resultar poco pausibles, al romper con el criterio de parsimonia en la interpretación que parte filosóficamente de la Navaja de Ockham.  Se supone que una teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que una más compleja. La ciencia se mete de esta manera en cierto bucle autoreferente, ya que lo más "simple" está determinado por la visión comúnmente extendida. 

Uno podría simplemente suponer que un comportamiento sencillo como lavar una batata, tan sólo es función de tiempo que algún individuo de cada colonia, por pura experimentación azarosa, acabara descubriéndolo tarde o temprano. ¿Realmente se ha seguido investigando con este paradigma para ver si, efectivamente, sí y solo sí, se llega a un número "n" de individuos, el comportamiento se extiende de forma automática al resto de la especie? Para el crédulo un único experimento basta para confirmar lo que desea creer, pero sabemos que realmente sería necesario replicar muchas veces un mismo experimento para poder llegar a conclusiones fiables. 

Desde el campo de la antropología humana, y partiendo de la idea de "filosofía perenne" de Leibniz, vemos que ciertas ideas abstractas sobre la naturaleza de la realidad, y la conexión de un "alma individual" con un "alma universal", principios filosóficos invisibles, no deducibles de la realidad percibida a través de los sentidos, han aparecido a la vez, y un periodo de tiempo muy próximo, en culturas humanas muy alejadas físicamente y sin contacto directo. Las hipótesis historicistas tratan de ver cómo pudo darse ese "contagio" nómada de ideas de una cultura a otra, buscando los eslabones perdidos. De esta forma se puede registrar la influencia de ideas indoeuropeas, y seguir su rastro en la cultura griega, egipcia, mesopotámica e hindú... y desde India, su propagación a China, Japón... y posiblemente desde aquí su salto al continente americano. Ideas que se habrían extendido junto con arquitecturas complejas, como las de forma piramidal.

Una explicación más sencilla vendría de la propia construcción interna de la organización cognitiva humana, limitada por la estructura cerebral. Principios geométricos con los que todos los seres humanos acaban percibiendo la realidad, y organizándola, y construcciones estables para elevarse a los cielos... ¿Pero la propia tendencia a mirar hacia el cielo, a trascender la realidad, es entonces algo innato en el ser humano? ¿Cuál sería la función de esta mirada trascendente?

La inteligencia con la que se estructura el universo precede al ser humano, y su cerebro no es más que reflejo de esta organización inteligente. A través de nuestro cerebro, esta inteligencia natural, universal, se hace consciente de sí misma. Nuestra propia inteligencia no es sino de esta manera una especie de pequeño "holograma", una versión reducida y encapsulada de esta inteligencia universal. Con sus propias limitaciones, pero sin embargo diseñada "a imagen y semejanza" de aquella primordial. No es extraño, por tanto, que en un punto del desarrollo cognitivo de la especie, al preguntarse ¿quién soy yo? ¿qué este sujeto que observa el mundo?... tarde o temprano se haya ascendido la mirada para encontrar la respuesta en el firmamento, en las estrellas.

Verdades milenarias, que tanta serenidad han aportado al alma humana, y de las que sin embargo, la actual civilización occidental ha renegado. Un sujeto huérfano de su ascendente celestial, comienza a desarrollar enfermedades del alma que se expresan en forma de ansiedad, náusea, y diversas psicomatizaciones. Los trastornos psicológicos pueden verse a la luz de las enfermedades subyacentes del alma. 

Cada vez son más los humanos que en occidente están probando el dulzor de esa batata, al bañarla en las aguas de una espiritualidad libre de creencias religiosas, una espiritualidad pura que vuelve a conectar el principio humano con el universal, esta vez sin necesidad de crear mitos que lo sustenten. Esta es la raíz de la psicoterapia transpersonal, que acompaña al alma al reencuentro consigo misma, al reconocimiento más esencial. Su aspiración, por tanto, no se queda en la de una psicoterapia de taller, para efectuar arreglos individuales de psiques "estropeadas" o "disfuncionales", sino que su vocación es profundamente revolucionaria, en el sentido de que se pretende que la colonia humana pueda disfrutar de este "dulzor de la batata".

Si somos honestos, en realidad no sabemos cuántos individuos serán necesarios para propiciar ese umbral crítico que haría dar un salto a esta cultura posmoderna de lo vanal e intrascendente. Apostamos por una revolución silenciosa, que se da de conciencia a conciencia. Si en realidad existe una conciencia colectiva, y tiene a bien colaborar con esta expansión de forma exponencial... desde luego será bien recibida. No podrá ser de otra manera... La crisis cultural y económica suena con ecos de una transformación que solo podrán liderar aquellos que ofrezcan algo más auténtico, hondo, lúcido y esencial.  

 

 

 

Mindfulness del día-a-día (2)

Hace ya tiempo que borré la distinción entre "deporte" y trabajo espiritual a través del cuerpo, gracias a la atención plena (mindfulness). Antes de ducharme, por la mañana, dedico cada día un tiempo a honrar al cuerpo, el que va a cuidar de mí y de mi mente a lo largo de la jornada. 

Me coloco en un espacio de silencio en el banco de abdominales, y me preparo para realizar un agnihotra, un ritual de fuego. Atiendo a cómo se encuentra mi plexo solar, recién despierto. Un saludo al sol matutino... saludo al día (la palabra día comparte etimología con "dios"), a la realidad brillante que me va a rodear, honrando al fuego interior, al sol interior. Puedo sentirlo en la boca del estómago.

La respiración, honda, activa este fuego. Al desplegar las abdominales, el aire entra más profundo... llega hasta esta brasa interior, para avivarla. Al exhalar y contraer las abdominales, los pulmones actúan como fuelle. Llevo la cuenta interna de cada abdominal... mi atención tan solo se centra en la sensación física sentida en esa parte del cuerpo. Plena atención. Cada abdominal es única, presente... Siento como con cada una de ellas se va activando ese fuego... cómo todo mi cuerpo entra en calor, y el corazón distribuye la sangre caliente y llena de vida. Cada célula sonríe agradecida.

Después, entro en contacto con las pesas. En el yoga, el propio peso del cuerpo es la "pesa". Sin embargo, gracias a las pesas puedo sentir con más intensidad mi propia musculatura, destonificada por la mañana. Me tomo un momento para conectar con ese peso extra, para hacerlo familiar en lugar de extraño. Siento en las palmas de mi mano el contacto del metal y sus estrías, que se agarran y acoplan a mi mano. Con el fuego interior ya activo, abro los brazos, y conecto ese movimiento con el interior. Siento cómo parte de dentro hacia fuera, y vuelve a sí mismo. 

Después acerco las pesas alternativamente al corazón. Trabajo los bíceps, gran símbolo de nuestra propia voluntad, de la fuerza. Ellos son la expresión del amor en acción, cuando se conectan con el corazón. Siento cómo se van hinchando, llenándose de este amor... preparándose para la acción y el servicio amoroso del día. 

Al elevar las pesas hacia el cielo, en paralelo, siento cómo me desperezo, cómo se despierta la atención. Comenzar el día puede resultar duro, hay una pesa que se instala en los hombros ante la responsabilidad del día. Ese movimiento hacia arriba hace que me haga consciente de esta carga, intensificándola. Al trabajarla, refuerzo mi voluntad de "agarrar el día", de responsabilizarme de él y de mi despertar. De no vivir adormilado, esperando simplemente volver a descansar. Me hago responsable de mi vida... Y al terminar el proceso de trabajo, siento que todo mi cuerpo está menos pesado, que al trabajar con las pesas siento que el resto del día va a ser menos pesado, que puedo tomarme las cosas con más ligereza, y que el cuerpo estará ahí para apoyarme. Le doy las gracias.

Vuelvo al ritual de fuego de las abdominales, y después paso a ducharme. Siento cómo el agua fresquita me despeja, y me hace sentir con más sensibilidad aún ese fuego interno, y el calor que ha generado. 

Después de esto, la práctica de yoga distensa y flexibiliza, pero se llena de fuerza y energía. Sentarme después a meditar me lleva aún más adentro, sin perder la conexión con el cuerpo, que está siempre presente y activo, y aterriza la práctica de meditación, para salir de ella con más entusiasmo de vivir, de disfrutar del día y del trabajo de una forma relajada, distendida y atenta. 

José Miguel Sánchez Cámara

 

Cegados por la luz

"Algunos estudiantes avanzados dicen que no conceptualizan, que no calculan, que no comparan, que no se identifican con el sonido ni con la forma y que no se aferran a lo puro ni a lo impuro. Para ellos lo sagrado y lo profano, la ilusión y la iluminación no son más que vacuidad y añaden que en el seno de la gran luz no existen tales cosas. Estos adeptos, no obstante, no son más que enfermos incurables cegados por la luz y obsesionados con la sabiduría" (Maestro Foyan).

Hablar sobre trascender la mente es sencillo ya que... en realidad no hay mucho de qué hablar con respecto a esto. Se publica así el mismo libro con diferentes portadas y cambiando el nombre del autor de moda, cada cierto tiempo. Uno puede memorizar rápidamente la lección sobre la importancia de "dejar la mente fuera", y de "actuar desde el corazón"... Se aprende rápido que es enormemente efectivo a la hora de noquear dialécticamente a cualquier persona que trate de plantearte algún tipo de oposición argumentada: "¡Estás en la mente!" Puede ser realmente complicado salir de tan pegajosa sentencia, si uno no quiere caer en el aparente infantilismo de responder: "¡tú más!". Uno se come el sapo en silencio, si es que tiene algún tipo de decencia espiritual, y pretende aparentar, como no, cierta humildad. 

Es un tremendo error creer que trascender "la mente" signifique anularla, entender que podemos desenchufar esa máquina que nos ayuda a discernir la "pared" de eso que llamamos "puerta", (¡y decirnos además si está abierta o cerrada!). Morder una fruta podrida y escupirla ante su desagradable sabor... ¿es acaso esto dejar de ser un observador neutral? Saltar un charco y calcular la distancia para no quedar empapados... ¿será mejor hacerlo con los ojos cerrados? Disfrutar de  mantener conversaciones vibrantes sobre la naturaleza de la mente y el corazón... pues, ¿acaso el "corazón" es menos concepto que la "mente"?

Nos gustaría ver todo como sagrado, y no hacer distinción con lo profano. Orar y entrar en comunión espiritual al sentarnos en la taza del w.c. , ya sea en casa o en un bar de carretera... Sin embargo, la mayor parte de los que apuestan vehementemente por trascender esta distinción entre sagrado y profano, se oponen también a seguir las reglas y rituales propios de cada espacio construido de forma expresa con esa función "sagrada"...dicen que  "su libertad está por encima de los credos"... y en realidad lo que revelan no es más que una inmadura falta de respeto y decoro.

Cuando, en términos místicos se suele hablar de la fusión entre el observador y lo observado, en realidad lo que se señala es una fuerte confusión entre el observador y lo observado... una confusión más propia de una mente poco cocida, prepersonal, que de una trascendida. El que plantea que no ve diferencias entre nada, y trata de hacernos sentir mal por verlas... no es más que un ciego que desea volvernos tuertos y culpables por tener aún un ojo sano.

 Se trata de no dejar nunca de madurar, y de ver más claramente la realidad que nos rodea. Si un camino no aporta la lucidez del discernimiento, tan solo tratará de deslumbrarnos con su supuesta "iluminación".

José Miguel Sánchez Cámara

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Profundizar en la depresión

A medida que la ciencia y la industria apuestan cada vez más por tener contentos a los ciudadanos (está muy demostrado que contentos, compramos y producimos más ), teniendo a Coca-Cola como principal accionista de la ciencia de la felicidad, organizando congresos, y sacando rédito a la "chispa de la vida"... cada vez queda menos opción a la infelicidad. La felicidad en lugar de una opción comienza a aparentar ser una obligación, por la salud propia y la armonía de las personas con quien nos relacionamos. Nadie quiere entrar en contacto con enfermizas emociones "tóxicas". Ya no son solo cuatro hippies siguiendo al Dalai Lama los que hablan de ser más felices... Todo el mundo, incluídos banqueros y empresarios, tienen estupendas recetas para ser más felices, aspiran a convertirse en guru o coach de su entorno cercano, inundando las neveras y redes sociales de pensamientos positivos... ¡Cuánto cuesta recordar a otros las claves de la felicidad! (y de paso recordárselas a uno mismo).

La depresión económica de esta decrépita Europa nos lleva a mirar con envidia la sempiterna sonrisa de teleserie del estadounidense, o quizás la más fotogénica de una tribu en el corazón de África o en la Selva Amazónica. A medida que tenemos mayor aspiración a ser felices, y nos rodeamos de calendarios de monjes budistas con sonrisas blanqueadas con pasta Himalaya, más trágica parece ser la desventura que nos lleva a seguir enredados en lo más hondo de nuestra soledad, en una pena que ya no sabemos ni a qué atribuir... ¿Será un duelo no resuelto? ¿Algo aún no explorado en mi vida infantil... algún tipo de trauma que bloquee mi acceso a la anhelada dicha perenne? 

Toca pararse a dudar del concepto de felicidad que se está extendiendo, como una especie de "mudanza a la casa de la alegría". La gran zanahoria con la que nos venden refrescos, muebles, y talleres de desarrollo personal. Una zanahoria ilusoria, y que al ser mordida resulta estar hueca y podrida. Es necesario dejar claro, de una vez, que la felicidad no es una emoción, y por lo tanto no es equiparable a la alegría. Es sencillamente imposible estar siempre alegre. Si lo pudiéramos estar, dejaríamos de poder apreciarlo en breve espacio de tiempo: las emociones surgen por contraste, y están en contínua transformación, en contacto con los cambios en el medio. Sin embargo, ¿Puede uno estar a la vez triste y sentirse feliz? Va emergiendo un nuevo concepto de felicidad más maduro, que no trata de aniquilar ninguna franja de nuestro rico espectro emocional humano. 

La tristeza prolongada puede llevar a la depresión. La depresión no conduce hacia afuera, sino hacia dentro, hacia lo más profundo de uno mismo.  Esta es una enorme oportunidad de descubrirse, y de tener una vida más lúcida y plena. La depresión tan solo se instala más tiempo del necesario, aportando sufrimiento, cuando luchamos contra ella, acorazando nuestro corazón. Ocultando nuestra vulnerabilidad. Negándonos a sentir tristeza... negándonos a sentir. Detener toda actividad distractoria, ahondar... llorar si es necesario... pero sobre todo darse un tiempo para estar a solas con la misma tristeza de la que  pretendemos salir corriendo. 

Escuchando el corazón podemos llegar incluso a comprender que en realidad nos hemos deprimido por no permitirnos enfadarnos en el pasado. En la pérdida implícita de todo duelo, hay enfado por la frustración... pero enfadarse está aún peor visto que llorar y entristecerse. Los estudios de hace veinte años reflejaban una desproporción enorme entre las mujeres afectadas por trastornos del estado de ánimo y los hombres, resultando éstos últimos más "sanos". El género femenino ha sido educado específicamente para contener su ira, y aplicarse en tareas de cuidado, mientras que al género masculino ha mantenido hasta ahora la posibilidad de expresar agresividad, y ser bien visto. Ahora que la agresividad, afortunadamente, está cada vez peor vista culturalmente... las tasas de depresión empiezan a equipararse entre hombres y mujeres. Una cosa es contener la agresividad, donde se ha alcanzado un gran avance en civismo, y otra muy diferente negarse la posibilidad de sentir enfado.

"La depresión comienza en el momento en que nos sentimos culpables de no poder mantener a raya el sufrimiento, y dejamos de poder agradecer estar vivos" (John Welwood) No se acepta la vida tal cual se presenta... y en ello los ideales sobre la felicidad no hacen sino ahondar en la brecha de esta falta de aceptación. 

Ahondar a través de la meditación en la depresión nos permite darnos cuenta de lo vacío de la existencia... un vacío enormemente liberador, que nos llena de humildad. Un vacío insoportable para el que quiere negar que en realidad, pintamos bastante poco, que no vamos a cambiar el mundo... y que realmente muy poco está en nuestra mano. El ego se ha construido para negar la realidad de la impermanencia de todo, y de la falta de realidad esencial de aquello que consideramos ser. La depresión nos desnuda de todo lo accesorio, de todo lo que tarde o temprano perderemos. 

Una depresión profunda nos hace incluso desear aproximarnos al borde de la muerte... ver con curiosidad qué seríamos allí... y podemos darnos cuenta de que en realidad acabaremos siendo lo mismo que somos ahora mismo: nada esencial, al menos en cuanto a aquellas cosas que no podrán pasar esa barrera. No somos nuestra belleza, ni nuestras posesiones, títulos, logros, pareja, familia... y nada de eso nos llevaremos. 

Al dejarme arrastrar en meditación en las profundidades de la depresión toco el fondo de mi propio vacío existencial. Y allí, contemplando que a pesar de ese vacío sigo sintiendo... Siento tristeza... siento el corazón... siento mis venas calientes... Siento la vida moviéndose en mí... y de repente me dejo embargar por nuevos deseos. Recupero el impulso por vivir, a partir de ese "reseteo" al que me ha llevado la depresión. Siento que se libera el enfado contenido, y llena de una dorada sensación de "estar vivo" mi tripa... el corazón se calienta aún más... las sangre me lleva de nuevo a la acción.

La felicidad entonces brota del espacio en el que soy espectador privilegiado y vacuo de todo este espectáculo de danza de la vida en mi cuerpo, y de las emociones... que suben, bajan, se transforman... un espectáculo en el que nada permanece, ni la alegría, ni la tristeza, ni el enfado. Lo único que permanece soy yo mismo, en mi total desnudez. Soy la felicidad que soporta los estados pasajeros de desdicha, observándolos con compasión, aceptando su función dentro de la gran Función del teatro de la vida.

José Miguel Sánchez Cámara

 

Welwood, J. (2002) La depresión como pérdida del corazón, en Psicología del despertar. Budismo, psicoterapia y transformación personal. Ed. Kairós

 

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Neuronas espejo e inteligencia emocional

El niño mira el mundo embelesado... observa, e imita. Una capacidad potenciada por neuronas especialmente activas en los primero años de vida: las neuronas espejo. Neuronas que se activan de la misma forma cuando observan un movimiento fuera, que cuando es realizado por la propia persona. El desarrollo humano lleva a que una gran cantidad de información percibida sea procesada de forma inconsciente, reaccionando a ella emocionalmente. Información contenida en el rostro, en gestos faciales y corporales, que comenzamos a imitar internamente.

Determinadas personas tienen la capacidad de reconocer rápidamente cómo se sienten las personas que observan. Dado que se ha investigado que las personas con autismo presentan un mal funcionamiento en estas neuronas, cabe plantearse que pueda existir una relación entre la empatía y el desarrollo de estas neuronas. Revelado su funcionamiento automático, parece indicar que, de forma insospechada, la educación emocional pueda ejercitarse en los primeros años de vida a través de juegos de imitación psicomotriz. 

En el adulto esta capacidad, ligada a la inteligencia emocional, podría desarrollarse llevando la atención consciente a las expresiones faciales de nuestro interlocutor. Una atención relajada, sin intención de "analizar", que permite que estas neuronas realicen su función, y dándonos permiso para sentir cómo surgen estas emociones en nuestro interior. Hemos aprendido a defendernos de nuestras propias capacidades empáticas. Nos incomoda llorar al ver una película dramática. Nos incomoda sentir la desesperación del que nos pide dinero en la calle. Vamos aprendiendo, de esta forma, a insensibilizarnos.

La inteligencia del corazón lleva a un manejo más sabio de nuestra empatía. Una inteligencia que podemos ejercitar y desarrollar a medida que podemos observar nuestras emociones. Un paso atrás que puede permitirnos sentir, a la vez que nos hacemos conscientes del origen externo de esa reacción emocional. Por lo general se evita a las personas que comparten su tristeza, porque nos hacen sentirnos tristes, lo que nos lleva a conectar con recuerdos propios congruentes con ese estado emocional. La clave para poder acompañar inteligentemente el estado emocional ajeno es poder darnos cuenta de que lo que estamos sintiendo en realidad es reflejo de lo que siente la persona acompañada. Las vemos como emociones prestadas de las que no tenemos por qué hacernos cargo. En este sentido la tristeza que estoy sintiendo al hablar con una persona que está triste, puedo darme cuenta de que "no es mía". Si hablo con una persona enfadada, puedo sentir las reacciones típicas del enfado, reconociendo que esa ira tampoco es de uno. 

Esta observación y cambio de atribución lleva aparejada una suerte de profilaxis emocional. En situaciones de contagio emocional como una situación de pánico, uno puede observar cómo está respirando estas emociones de las personas que nos rodean, sin actuar de forma automática y reactiva. La posibilidad de mantener la calma y la serenidad, a la vez que se permite la empatía, hace que sin embargo nuestras acciones sean más congruentes con lo que están sintiendo nuestros interlocutores. De esta forma, usamos de forma inteligente nuestro espejo biológico emocional, cuando podemos ser conscientes de que lo que sentimos es un reflejo. Reconocemos que el cuchillo que vemos reflejado en el espejo, aunque pueda asustar, no nos va a cortar. Dejamos de temer a estas emociones prestadas, que a modo de radar, nos aportan información relevante del entorno. 

Vivir desconectados de la capacidad de observar nuestras emociones, sumado al hecho de no querer escucharlas, puede hacer que este mecanismo reflejo funcione de forma inversa, tiñendo y distorsionado la realidad percibida. Vemos entonces nuestras propias emociones en el espejo que nos muestran los demás. Ese rostro que ves triste, entonces... ¿es reflejo de tu propia tristeza? La habilidad para discernir entre las emociones que son mías y proyecto en los demás, y las que son de otros y resuenan en mi campo de percepción, da cuenta de una vida emocional equilibrada, y fundamenta el desarrollo de la inteligencia emocional.

José Miguel Sánchez Cámara

 

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