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soledad

Sol-edad

La etimología de la palabra edad se remonta al indoeuropeo "aiw", presente en las palabras eón, eterno y longevo. ¿Cuál es nuestra relación con la edad? Sentir nuestra edad, curiosamente, nos lleva a trascender los límites temporales. Podemos sentir fácilmente que nuestra edad no tiene relación con los días y años que hemos acumulado desde nuestra fecha de nacimiento. Hay muchas personas que sienten pudor e incomodidad al compartir su edad expresada en años.

De pequeños podíamos preferir andar con los mayores, y en la adolescencia ocultábamos nuestro carnet de identidad para poder entrar en las discotecas: "Lo olvidé en casa". A los 15 años uno actúa como si tuviera 20... y a los 25, desearíamos volver a los 15. A los 30, añoramos los 20... una edad de referencia en cada cambio de ciclo vital de la edad adulta. Una edad eterna, en la que nuestro futuro estaba al alcance de la mano, y sin embargo, no se había cerrado... Todas las posibilidades permanecían abiertas, y aspiramos una y otra vez a esa libertad cada vez que se cierra un ciclo.

Por otro lado, conocemos a muchas personas que comparten que siempre se han sentido "viejas" de alma. Desde muy jóvenes comenzaron a tener fuertes inquietudes existenciales que les movían hacia el descubrimiento de la sabiduría, de quiénes eran realmente, enriqueciendo su interior en profundidades que no siempre han sido compartidas en el mundo social, más superficial. Es esta parte la que nos lleva a sentir que en nosotros hay algo eterno, que algo de ese anciano sabio ya está presente en nosotros, y que lo que llegaremos a ser siempre nos ha acompañado, inmutable, permaneciendo a través del cambio.

Nuestra identidad esencial podemos sentirla como eterna, porque en realidad la eternidad es nuestra verdadera edad. La antigüedad de nuesta alma data de un eón, el eón de la conciencia humana, desde sus orígenes ancestrales. Si observamos detenidamente un rostro humano, podemos ver registros de todas las edades del ser. En el rostro de un anciano está presente el bebé, y en el del bebé el del anciano calvo y sin dientes.

Por eso, la mejor crema anti-edad, para espanto de las empresas cosméticas, es la meditación. Desde hace mucho tiempo observo cómo los rostros de los meditadores revelan una gran juventud vital, rostros menos envejecidos, tengan o no arrugas. Menos desolados por el paso del tiempo, y la conciencia de envejecimiento. Éste puede que no sea sino una enfermedad del alma, un exceso de conciencia de la arena que ya pasó en nuestro reloj vital, y de la escasa arena que va quedando, segundo a segundo, atravesando ese estrangulado paso... con cierta conciencia de ahogo. Ansiedad existencial, de vidas apegadas a la vida, que se desviven por evitar mirar a el rostro de la muerte.

La soledad, para el que vive evitando la muerte, huele demasiado a trágico porvenir. Uno de los mayores miedos que se registran comúnmente es el de morir solos, y este es un miedo ancestral que se activa al pasar un tiempo con nosotros mismos. Muchas personas al iniciarse en meditación, sienten un gran desasosiego y ansiedad. En realidad es una ansiedad que está tiñendo toda su vida, y que se camufla en el hacer, y en el mirar hacia afuera. Silenciarse no hace sino tener más conciencia de ese sentimiento.

Sin embargo, es justamente allí donde menos queremos mirar donde se encuentra el Sol radiante de nuestra propia conciencia, aquel núcleo eterno que ni ha nacido ni morirá. Algo que no tiene ni nuestra forma, ni nuestra biografía, ni se reconoce en nuestro nombre. Algo libre de atributos, que sin embargo se siente presente en lo más profundo de nuestra mirada. Algo estrechamente unido a la conciencia humana que se disfraza en cada mente individual. Es únicamente en esos momentos de soledad donde nos sentimos en profunda comunión con todo y con todos, donde se disipa la sensación de separación. Es paradójico comprobar que la única manera de dejar de sentirnos solos es aprender a disfrutar de esa Soledad. Allí donde tomamos conciencia de la verdadera edad de nuestro Sol interior.

José Miguel Sánchez Cámara