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Sencillo

La realidad es compleja, no complicada

 

El mundo de nuestra infancia era por necesidad simple. Las limitaciones cognitivas de nuestra mente nos hacen filtrar la realidad haciéndola aparecer como más simple de lo que es y, por su parte, los adultos tratan de dar respuestas a los niños ajustadas a su capacidad. De hecho, muchas veces el adulto comprende mejor la realidad cuando realiza este proceso de simplificarla con fines didácticos. 

Es fácil que añoremos esa realidad simplificada de la infancia cuando nos hacemos mayores, y comenzamos a percibir que la realidad es mucho más compleja de lo que podíamos llegar a imaginar. Un mundo de claroscuros en el que no está tan claro quiénes son los buenos y quienes lo malos de cada historia, y en la que a menudo es dificil comprender qué interconexión existe entre elementos que aparecen como aislados y en contraste paradójico. 

Es complejo observar, por ejemplo, que uno puede tener sentimientos enfrentados hacia alguien, y que a la vez podemos sentirnos atraídos por alguien a quien rechazamos en parte. Nuestros hijos nos despiertan un tremendo amor incondicional, y sin embargo hay momentos en los que nos sentimos irritados con ellos como con nadie. 

Cuando nuestra mente no consigue comprender esta complejidad, la sensación aversiva que nos produce nos lleva a etiquetar esa situación como "complicada". Una palabra que incorpora una clara connotación negativa. Nadie parece querer llevar una vida complicada. Complejo, por el contrario, es un término más neutro. Una vida compleja puede ser una vida plena y rica. La complejidad puede llegar a ser interesante. Y ante todo, la realidad es compleja, queramos o no verla así. 

Simplificar la realidad en el mundo adulto nos puede llevar a aumentar nuestro sufrimiento existencial, ya que la realidad se nos presenta como persistentemente más compleja de lo que deseamos. No vivimo ya en ese mundo infantil, y tratar de hacerlo no es más que una fantasía regresiva. 

Como todo el que se embarca en  un viaje, al jardín del Edén volvemos diferentes de como salimos de allí. No podemos pretender mantener aquella ingenuidad característica del mundo simple. El camino hacia la plenitud y la salida del laberinto mental está en la sencillez, que nada tiene que ver con la simpleza.

Si vemos la realidad como "complicada", preguntémonos si no es nuestra mente la que la complica en el intento de comprenderla. De alguna manera, nuestro ego se apega a sentirse el centro dramático de su existencia. 

Para comprender lo complejo necesitamos desarrollar una mente sencilla e inocente (no ingenua), que pueda descartar lo irrelevante y observar las cosas de una nueva manera, con mente de principiante.