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meditación

Hacer silencio dentro

El ejercicio del silencio mental sólo sirve para aquietar la confusión y la dispersión de la mente. Si te aferras al silencio como si se tratara del objetivo final, caerás en la trampa de la iluminación muda del falso zen (Maestro Dahui).

Muchas personas asocian el silencio a un espacio de no ruido y de no hablar. El silencio llega a ellos como negación de algo, sin identidad propia. Fácilmente este silencio, a menudo impuesto en la infancia, toca una herida profunda y prepersonal, en la que su opinión fue silenciada y callada. El ruido de su juego molestaba a los mayores. A veces el silencio ha sido incluso usado como castigo, implicando rechazo y desvalorarización. También hemos podido asociar el silencio a los temas tabúes e incluso a los secretos familiares que respiramos emocionalmente, sin saber bien a qué hacían referencia. Una herida de rechazo fundamentada en “no eres suficientemente válido para expresarte o para conocer algo”.

Todas las voces, todas las metas, todos los deseos, todos los sufrimientos, todos los placeres, todo el bien y todo el mal, todo eso junto era el mundo. Todo eso junto formaba el río del devenir, era la música de la vida (Hermann Hesse).

Esta herida puede llevarnos a dos posturas en la etapa adulta. Por un lado podemos haber aprendido a silenciarnos y a no significarnos, tratar de pasar de puntillas en los grupos sociales y evitar expresar nuestra opinión y "mojarnos". Otro posible resultado de la herida resulta en otro tipo de exceso, el verborréico. Una vez que nos hemos hecho mayores, tenemos oportunidad de tratar incesantemente esa vieja herida expresándonos incansablemente, y no dando lugar a la interacción comunicativa. Algo similar a beber agua de mar para combatir la sed.

El silencio es interesante, en ambos casos, como remedio homeopático. Resignificamos el silencio al elegirlo, al permitirnos sostener las emociones contractivas a las que lo hemos asociado… e ir recuperando así poder personal. En la interacción adulta es fundamental saber manejar los silencios, saber ir al grano y sintetizar para no aburrir a nuestros interlocutores, saber expresar cosas más valiosas que el silencio… algo que podemos comenzar a hacer cuando empezamos a valorarlo. En los años 80 los empresarios japoneses ganaban negociaciones en reuniones con los estadounidenses porque estos últimos no sabían sostener su silencio. Éste les resultaba tan incómodo que acababan cediendo.

La música y las palabras pueden ser mucho más bellas y significativas cuando tienen tiempo de resonar dentro del alma (James Biery).

Sin embargo, la dimensión transpersonal del silencio está más allá de todas estas ideas y funciones del silencio. El silencio transpersonal es un silencio que se da hacia la identificación con nuestra actividad mental. El observador de todo lo que sucede en la mente silencia su juicio, permanece abierto y ecuánime. Nada de lo que ocurre en el espacio de la conciencia produce entonces especial ruido. El silencio en este nivel implica descansar en una actitud de escucha y observación de todos los procesos. De esta forma incluso nuestra acción puede ser silenciosa, sin tratar de de-mostrar nada al mundo. La actitud de servicio está llena de silencio, estar al servicio de otro puede ser un acto silencioso… cuando no busca algo como recompensa. Cuando definitivamente deja de tratar de significarse.

El silencio es por tanto la salida al laberinto de la mente… y desde él podemos adquirir finalmente cierta maestría sobre el dominio del silencio a nivel personal, y terminar de sanar las heridas relacionadas con nuestra necesidad carencial y egoica de expresarnos, o de mantener un silencio ansioso y temeroso de reprobación. Hablar de forma amable y teniendo en cuenta a los demás, pero sin buscar su aprobación, también es silencio.

Cuando el pensamiento se funde en el espacio del cual surge, hay silencio. Un pensamiento que se extingue en su propia fuente es un pensamiento que se disuelve en el silencio puro (Swami Chidvilasananda).  

El agua de la estabilidad

"Incluso en pleno oleaje, el río del zen fluye en calma. El agua de la estabilidad es transparente por más agitada que se halle". Maestro Xuedou

El río del zen, no es otro que el fluir de la vida. En realidad tan solo hay un río, y cualquier vía de desarrollo remite a una forma de fluir en este río. Podemos tratar de ir contracorriente, o resistirnos a fluir ante el miedo al oleaje, a los vaivenes emocionales... y a los saltos de agua que sentimos pueden avecinarse en cualquier instante, si soltamos el control y nos dejamos llevar en su agitado torrente. Sin embargo, la vida nunca se detiene. Podemos imaginar que al llegar al mar, habrá calma... Pero esto es tan sólo un supuesto, ante el desconocimiento de lo que allí nos aguarda.

Buscar la ansiada estabilidad en las condiciones externas que nos rodean, es un esfuerzo tan futil como tratar de detener el oleaje del río. Implantar diques, protecciones... tan sólo resulta en un aumento del poder de destrucción y energía del río que se abre paso a través de los obstáculos. A veces el primero que se resiente de esta erosión es nuestro propio cuerpo, que asiste al movimiento del río emocional sirviéndole de lecho.

La calma de la que habla el zen reside en una visión más clara y transparente de lo que hay, parte de la aceptación de la realidad tal cual se presenta en cada instante. ¿De dónde viene el miedo a fluir? ¿Qué tememos en el oleaje? Desde fuera, desde la superficie, el movimiento del agua hace que ésta se opaque. No nos deja ver su fondo, y aparece como un muro sólido de espumas blancas que amenazan con engullirnos, con atraparnos y ahogarnos... con cortar nuestra respiración y por tanto, provocar nuestra muerte. Los desbordamientos emocionales tienen la particularidad de aportar intensas sensaciones de aproximación a la muerte, como ocurre con el miedo intenso de un ataque de pánico, el deseo de muerte de la tristeza profunda, y el impulso de matar que da el odio incontenido.

El río del zen tan solo promete que si uno tiene el valor de sumergirse en sus aguas, de atravesar el oleaje superficial y adentrarse en sus profundidades... el agua allí dentro estará más calmada, y permitirá una visión más clara, trans-aparente, de lo que habitualmente se oculta en el inconsciente. Para adentrarnos en el río, hace falta aprender a respirar de una forma diferente que en la superficie. Hacen falta agallas... las que se desarrollan a través de la práctica meditativa.

 

José Miguel Sánchez Cámara