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Filosofía Oriental

Cegados por la luz

"Algunos estudiantes avanzados dicen que no conceptualizan, que no calculan, que no comparan, que no se identifican con el sonido ni con la forma y que no se aferran a lo puro ni a lo impuro. Para ellos lo sagrado y lo profano, la ilusión y la iluminación no son más que vacuidad y añaden que en el seno de la gran luz no existen tales cosas. Estos adeptos, no obstante, no son más que enfermos incurables cegados por la luz y obsesionados con la sabiduría" (Maestro Foyan).

Hablar sobre trascender la mente es sencillo ya que... en realidad no hay mucho de qué hablar con respecto a esto. Se publica así el mismo libro con diferentes portadas y cambiando el nombre del autor de moda, cada cierto tiempo. Uno puede memorizar rápidamente la lección sobre la importancia de "dejar la mente fuera", y de "actuar desde el corazón"... Se aprende rápido que es enormemente efectivo a la hora de noquear dialécticamente a cualquier persona que trate de plantearte algún tipo de oposición argumentada: "¡Estás en la mente!" Puede ser realmente complicado salir de tan pegajosa sentencia, si uno no quiere caer en el aparente infantilismo de responder: "¡tú más!". Uno se come el sapo en silencio, si es que tiene algún tipo de decencia espiritual, y pretende aparentar, como no, cierta humildad. 

Es un tremendo error creer que trascender "la mente" signifique anularla, entender que podemos desenchufar esa máquina que nos ayuda a discernir la "pared" de eso que llamamos "puerta", (¡y decirnos además si está abierta o cerrada!). Morder una fruta podrida y escupirla ante su desagradable sabor... ¿es acaso esto dejar de ser un observador neutral? Saltar un charco y calcular la distancia para no quedar empapados... ¿será mejor hacerlo con los ojos cerrados? Disfrutar de  mantener conversaciones vibrantes sobre la naturaleza de la mente y el corazón... pues, ¿acaso el "corazón" es menos concepto que la "mente"?

Nos gustaría ver todo como sagrado, y no hacer distinción con lo profano. Orar y entrar en comunión espiritual al sentarnos en la taza del w.c. , ya sea en casa o en un bar de carretera... Sin embargo, la mayor parte de los que apuestan vehementemente por trascender esta distinción entre sagrado y profano, se oponen también a seguir las reglas y rituales propios de cada espacio construido de forma expresa con esa función "sagrada"...dicen que  "su libertad está por encima de los credos"... y en realidad lo que revelan no es más que una inmadura falta de respeto y decoro.

Cuando, en términos místicos se suele hablar de la fusión entre el observador y lo observado, en realidad lo que se señala es una fuerte confusión entre el observador y lo observado... una confusión más propia de una mente poco cocida, prepersonal, que de una trascendida. El que plantea que no ve diferencias entre nada, y trata de hacernos sentir mal por verlas... no es más que un ciego que desea volvernos tuertos y culpables por tener aún un ojo sano.

 Se trata de no dejar nunca de madurar, y de ver más claramente la realidad que nos rodea. Si un camino no aporta la lucidez del discernimiento, tan solo tratará de deslumbrarnos con su supuesta "iluminación".

José Miguel Sánchez Cámara

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Serenidad en el bullicio

"Si tu inteligencia y capacidad son correctos, no necesitas escuchar los aforismos y relatos de los antiguos maestros Zen. Permanece atento desde el mismo instante en que te despiertas, aquieta tu mente, vigila cuidadosamente todo cuanto digas y hagas y contempla de dónde proceden todos los fenómenos. Si puedes atravesar atento todas las situaciones, ¿qué necesidad habrá de cambiarlas? Sólo entonces podrás ir más allá del “Zen”, superar toda convención y descubrir un templo de pureza, serenidad y carencia de esfuerzo en medio del bullicio." Maestro Zen Yuan Wu (1063-1135)

Según se cuenta, Yuan Wu acabó quemando sus propios aforismos, ya que sus discípulos no parecían entender nada en ellos. Hay una fase del camino de crecimiento que implica rodearse de personas que estimulen nuestro crecimiento. Amigos, parejas, maestros... y buenos libros. Esta fase lleva a que nuestra "inteligencia y capacidad" sean lo suficientemente "correctos" como para dejar atrás la importancia del "contenido" del aprendizaje.

Una vez podemos cerrar los libros y dedicarnos a vivir con los nuevos ojos que nos han prestado, todo aparece con carácter renovado. Aunque veas lo mismo todos los días... te das cuenta de que nunca hay nada exactamente igual. Aprecias los detalles, las pequeñas diferencias. Las saboreas tal cual se presentan, sin ningún impulso por cambiarlas para que se acomoden a nuestros gustos o intereses.

Aparece la actitud contemplativa ante la vida, que va relegando a la actitud depredadora y controladora con la que solemos funcionar habitualmente. Desde la actitud controladora podemos tratar de crear paraísos artificiales en los que poder meditar sin que nadie nos moleste. Espacios ociosos, libres de trabajo... relajados... vacacionales.

El zen nunca fue de crear realidades paralelas. Todos estos retiros del alma, necesarios también en muchas partes del camino, nos conducen a aprender a calmar las emociones, a aquietar nuestra mente. El proceso ha llegado a su culminación cuando, desde la observación, podemos conservar la serenidad en medio del bullicio, y del ajetreo cotidiano de los mil quehaceres. ¿Quién hace? ¿Es necesaria la tensión para hacerlo? Suelta... y la vida se va haciendo a sí misma. No vivimos una vida... somos vida.

José Miguel Sánchez Cámara

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