Se encuentra usted aquí

conciencia

Empatía y egocentrismo

Por lo general consideramos que una persona es empática cuando muestra interés por los demás y siente com-pasión por las emociones contractivas que el otro pueda estar sintiendo. Suele estar mezclada esta idea de empatía con un componente intuitivo en el que el otro de alguna manera incluso llega a "adivinar" el estado emocional interno del otro, a pesar de los esfuerzos que pueda estar haciendo aquél por ocultarlo. Una visión que a menudo se expresa en un "sé cómo te sientes". Cuando aparecemos como adivinadores empáticos, dotados de un halo mágico por el cual parecemos saber cómo se siente el otro incluso mejor que él mismo. El impacto de que alguien se interese por nosotros es por lo general mayor que nuestra necesidad de defender las posibles divergencias con respecto a su visión de nosotros, más cuando es habitual que vivamos con cierto nivel de autoengaño con respecto a lo que en verdad sentimos. Como un buen horóscopo, el lector de mentes siempre acaba acertando.

Esta forma de empatía en realidad se fundamenta la mayor parte de las veces en una forma refinada y avanzada de egocentrismo, que expande el propio ombligo para abarcar al otro. Una empatía que resulta del reflejo que proyectamos en el otro al plantearnos qué sentiríamos si estuviéramos en su misma situación. Por ejemplo, podemos pensar que debe de ser un horror vivir algún tipo de discapacidad o alguna enfermedad terminal, pero muchos de los que pasan realmente por estas situaciones dicen vivirlas con mayor templanza que quienes les rodean. El supuesto de que los demás deben de sentir cosas parecidas a nosotros sentiríamos en su lugar nos proporciona una ilusión de unicidad, a la vez que una sombría ilusión de control sobre la realidad. El otro me resulta más predecible si creo que va a reaccionar como lo haría yo mismo. "Cree el ladrón que los demás son de su condición" rezaba el adagio popular.

Para el desarrollo de una empatía profunda necesitamos primero generar un espacio de confianza en el que partimos de no saber más del otro que él mismo. Un espacio de seguridad en el que las máscaras de autoengaño protectoras no sean necesarias, porque de forma decidida no vamos a usar esa información para manipular al otro en nuestro beneficio, ni vamos a romper la confidencialidad de ese momento de comunicación íntima. Cuando uno está realmente interesado en el otro y en su perspectiva, deja de establecer supuestos fundamentados en su propia visión e historia personal, y entonces nos dedicamos a preguntar al otro mucho, con vivo interés. "No sé lo que sientes, cuéntamelo".  En realidad, cuando podemos colocarnos en esta dimensión de la empatía, deseamos sentir con el otro cómo se vive la vida desde su particular punto de vista. Este interés sincero produce más sensación de unidad que la confusa ilusión generada por mantener la creencia de que sentimos las cosas de la misma manera.

Es entonces cuando el corazón puede abrirse de verdad y llegar a tener atisbos de cómo se siente en realidad el otro. Por tomar una perspectiva diferente a la nuestra, no tenemos por qué perder la propia... pero sin duda así nuestra conciencia se amplía, nos vivimos menos egocentrados y, por lo tanto, comenzamos a sufrir menos en la medida en que dejamos de sentirnos el centro dramático del universo. Desde esa empatía más superficial, uno en realidad no para de escuchar su propia historia en boca de los demás.

No existe mayor aventura que aventurarse en el otro. El resto es turismo. Hermann Hesse