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Serenidad en el bullicio

"Si tu inteligencia y capacidad son correctos, no necesitas escuchar los aforismos y relatos de los antiguos maestros Zen. Permanece atento desde el mismo instante en que te despiertas, aquieta tu mente, vigila cuidadosamente todo cuanto digas y hagas y contempla de dónde proceden todos los fenómenos. Si puedes atravesar atento todas las situaciones, ¿qué necesidad habrá de cambiarlas? Sólo entonces podrás ir más allá del “Zen”, superar toda convención y descubrir un templo de pureza, serenidad y carencia de esfuerzo en medio del bullicio." Maestro Zen Yuan Wu (1063-1135)

Según se cuenta, Yuan Wu acabó quemando sus propios aforismos, ya que sus discípulos no parecían entender nada en ellos. Hay una fase del camino de crecimiento que implica rodearse de personas que estimulen nuestro crecimiento. Amigos, parejas, maestros... y buenos libros. Esta fase lleva a que nuestra "inteligencia y capacidad" sean lo suficientemente "correctos" como para dejar atrás la importancia del "contenido" del aprendizaje.

Una vez podemos cerrar los libros y dedicarnos a vivir con los nuevos ojos que nos han prestado, todo aparece con carácter renovado. Aunque veas lo mismo todos los días... te das cuenta de que nunca hay nada exactamente igual. Aprecias los detalles, las pequeñas diferencias. Las saboreas tal cual se presentan, sin ningún impulso por cambiarlas para que se acomoden a nuestros gustos o intereses.

Aparece la actitud contemplativa ante la vida, que va relegando a la actitud depredadora y controladora con la que solemos funcionar habitualmente. Desde la actitud controladora podemos tratar de crear paraísos artificiales en los que poder meditar sin que nadie nos moleste. Espacios ociosos, libres de trabajo... relajados... vacacionales.

El zen nunca fue de crear realidades paralelas. Todos estos retiros del alma, necesarios también en muchas partes del camino, nos conducen a aprender a calmar las emociones, a aquietar nuestra mente. El proceso ha llegado a su culminación cuando, desde la observación, podemos conservar la serenidad en medio del bullicio, y del ajetreo cotidiano de los mil quehaceres. ¿Quién hace? ¿Es necesaria la tensión para hacerlo? Suelta... y la vida se va haciendo a sí misma. No vivimos una vida... somos vida.

José Miguel Sánchez Cámara

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