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Profundizar en la depresión

A medida que la ciencia y la industria apuestan cada vez más por tener contentos a los ciudadanos (está muy demostrado que contentos, compramos y producimos más ), teniendo a Coca-Cola como principal accionista de la ciencia de la felicidad, organizando congresos, y sacando rédito a la "chispa de la vida"... cada vez queda menos opción a la infelicidad. La felicidad en lugar de una opción comienza a aparentar ser una obligación, por la salud propia y la armonía de las personas con quien nos relacionamos. Nadie quiere entrar en contacto con enfermizas emociones "tóxicas". Ya no son solo cuatro hippies siguiendo al Dalai Lama los que hablan de ser más felices... Todo el mundo, incluídos banqueros y empresarios, tienen estupendas recetas para ser más felices, aspiran a convertirse en guru o coach de su entorno cercano, inundando las neveras y redes sociales de pensamientos positivos... ¡Cuánto cuesta recordar a otros las claves de la felicidad! (y de paso recordárselas a uno mismo).

La depresión económica de esta decrépita Europa nos lleva a mirar con envidia la sempiterna sonrisa de teleserie del estadounidense, o quizás la más fotogénica de una tribu en el corazón de África o en la Selva Amazónica. A medida que tenemos mayor aspiración a ser felices, y nos rodeamos de calendarios de monjes budistas con sonrisas blanqueadas con pasta Himalaya, más trágica parece ser la desventura que nos lleva a seguir enredados en lo más hondo de nuestra soledad, en una pena que ya no sabemos ni a qué atribuir... ¿Será un duelo no resuelto? ¿Algo aún no explorado en mi vida infantil... algún tipo de trauma que bloquee mi acceso a la anhelada dicha perenne? 

Toca pararse a dudar del concepto de felicidad que se está extendiendo, como una especie de "mudanza a la casa de la alegría". La gran zanahoria con la que nos venden refrescos, muebles, y talleres de desarrollo personal. Una zanahoria ilusoria, y que al ser mordida resulta estar hueca y podrida. Es necesario dejar claro, de una vez, que la felicidad no es una emoción, y por lo tanto no es equiparable a la alegría. Es sencillamente imposible estar siempre alegre. Si lo pudiéramos estar, dejaríamos de poder apreciarlo en breve espacio de tiempo: las emociones surgen por contraste, y están en contínua transformación, en contacto con los cambios en el medio. Sin embargo, ¿Puede uno estar a la vez triste y sentirse feliz? Va emergiendo un nuevo concepto de felicidad más maduro, que no trata de aniquilar ninguna franja de nuestro rico espectro emocional humano. 

La tristeza prolongada puede llevar a la depresión. La depresión no conduce hacia afuera, sino hacia dentro, hacia lo más profundo de uno mismo.  Esta es una enorme oportunidad de descubrirse, y de tener una vida más lúcida y plena. La depresión tan solo se instala más tiempo del necesario, aportando sufrimiento, cuando luchamos contra ella, acorazando nuestro corazón. Ocultando nuestra vulnerabilidad. Negándonos a sentir tristeza... negándonos a sentir. Detener toda actividad distractoria, ahondar... llorar si es necesario... pero sobre todo darse un tiempo para estar a solas con la misma tristeza de la que  pretendemos salir corriendo. 

Escuchando el corazón podemos llegar incluso a comprender que en realidad nos hemos deprimido por no permitirnos enfadarnos en el pasado. En la pérdida implícita de todo duelo, hay enfado por la frustración... pero enfadarse está aún peor visto que llorar y entristecerse. Los estudios de hace veinte años reflejaban una desproporción enorme entre las mujeres afectadas por trastornos del estado de ánimo y los hombres, resultando éstos últimos más "sanos". El género femenino ha sido educado específicamente para contener su ira, y aplicarse en tareas de cuidado, mientras que al género masculino ha mantenido hasta ahora la posibilidad de expresar agresividad, y ser bien visto. Ahora que la agresividad, afortunadamente, está cada vez peor vista culturalmente... las tasas de depresión empiezan a equipararse entre hombres y mujeres. Una cosa es contener la agresividad, donde se ha alcanzado un gran avance en civismo, y otra muy diferente negarse la posibilidad de sentir enfado.

"La depresión comienza en el momento en que nos sentimos culpables de no poder mantener a raya el sufrimiento, y dejamos de poder agradecer estar vivos" (John Welwood) No se acepta la vida tal cual se presenta... y en ello los ideales sobre la felicidad no hacen sino ahondar en la brecha de esta falta de aceptación. 

Ahondar a través de la meditación en la depresión nos permite darnos cuenta de lo vacío de la existencia... un vacío enormemente liberador, que nos llena de humildad. Un vacío insoportable para el que quiere negar que en realidad, pintamos bastante poco, que no vamos a cambiar el mundo... y que realmente muy poco está en nuestra mano. El ego se ha construido para negar la realidad de la impermanencia de todo, y de la falta de realidad esencial de aquello que consideramos ser. La depresión nos desnuda de todo lo accesorio, de todo lo que tarde o temprano perderemos. 

Una depresión profunda nos hace incluso desear aproximarnos al borde de la muerte... ver con curiosidad qué seríamos allí... y podemos darnos cuenta de que en realidad acabaremos siendo lo mismo que somos ahora mismo: nada esencial, al menos en cuanto a aquellas cosas que no podrán pasar esa barrera. No somos nuestra belleza, ni nuestras posesiones, títulos, logros, pareja, familia... y nada de eso nos llevaremos. 

Al dejarme arrastrar en meditación en las profundidades de la depresión toco el fondo de mi propio vacío existencial. Y allí, contemplando que a pesar de ese vacío sigo sintiendo... Siento tristeza... siento el corazón... siento mis venas calientes... Siento la vida moviéndose en mí... y de repente me dejo embargar por nuevos deseos. Recupero el impulso por vivir, a partir de ese "reseteo" al que me ha llevado la depresión. Siento que se libera el enfado contenido, y llena de una dorada sensación de "estar vivo" mi tripa... el corazón se calienta aún más... las sangre me lleva de nuevo a la acción.

La felicidad entonces brota del espacio en el que soy espectador privilegiado y vacuo de todo este espectáculo de danza de la vida en mi cuerpo, y de las emociones... que suben, bajan, se transforman... un espectáculo en el que nada permanece, ni la alegría, ni la tristeza, ni el enfado. Lo único que permanece soy yo mismo, en mi total desnudez. Soy la felicidad que soporta los estados pasajeros de desdicha, observándolos con compasión, aceptando su función dentro de la gran Función del teatro de la vida.

José Miguel Sánchez Cámara

 

Welwood, J. (2002) La depresión como pérdida del corazón, en Psicología del despertar. Budismo, psicoterapia y transformación personal. Ed. Kairós

 

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