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El dulzor de la batata

En los años 60 se realizó un estudio en unas islas japonesas. Introdujeron unas batatas dulces que los monos de aquella isla rechazaron en un primer momento, al estar llenas de tierra. Cierto día una mona joven lavó una batata en el mar, descubriendo así que era más sabrosa. Poco después la colonia de monos fue imitando su comportamiento. Al llegar aproximadamente al número de 100 monos que aprendieron este comportamiento, éste comenzó a extenderse en las colonias de monos de las islas cercanas, sin que hubiera habido contacto directo entre los monos. Se concluyó que, atravesado cierto umbral al que se denominó "masa crítica", el aprendizaje pasó a formar parte de la especie. Las conclusiones posteriores y aplicaciones de este sencillo experimento han servido para dar crédito a teorías que rompen con los modelos mecanicistas, como la teoría de los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake.

A un científico de la vieja escuela estas conclusiones le pueden resultar poco pausibles, al romper con el criterio de parsimonia en la interpretación que parte filosóficamente de la Navaja de Ockham.  Se supone que una teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que una más compleja. La ciencia se mete de esta manera en cierto bucle autoreferente, ya que lo más "simple" está determinado por la visión comúnmente extendida. 

Uno podría simplemente suponer que un comportamiento sencillo como lavar una batata, tan sólo es función de tiempo que algún individuo de cada colonia, por pura experimentación azarosa, acabara descubriéndolo tarde o temprano. ¿Realmente se ha seguido investigando con este paradigma para ver si, efectivamente, sí y solo sí, se llega a un número "n" de individuos, el comportamiento se extiende de forma automática al resto de la especie? Para el crédulo un único experimento basta para confirmar lo que desea creer, pero sabemos que realmente sería necesario replicar muchas veces un mismo experimento para poder llegar a conclusiones fiables. 

Desde el campo de la antropología humana, y partiendo de la idea de "filosofía perenne" de Leibniz, vemos que ciertas ideas abstractas sobre la naturaleza de la realidad, y la conexión de un "alma individual" con un "alma universal", principios filosóficos invisibles, no deducibles de la realidad percibida a través de los sentidos, han aparecido a la vez, y un periodo de tiempo muy próximo, en culturas humanas muy alejadas físicamente y sin contacto directo. Las hipótesis historicistas tratan de ver cómo pudo darse ese "contagio" nómada de ideas de una cultura a otra, buscando los eslabones perdidos. De esta forma se puede registrar la influencia de ideas indoeuropeas, y seguir su rastro en la cultura griega, egipcia, mesopotámica e hindú... y desde India, su propagación a China, Japón... y posiblemente desde aquí su salto al continente americano. Ideas que se habrían extendido junto con arquitecturas complejas, como las de forma piramidal.

Una explicación más sencilla vendría de la propia construcción interna de la organización cognitiva humana, limitada por la estructura cerebral. Principios geométricos con los que todos los seres humanos acaban percibiendo la realidad, y organizándola, y construcciones estables para elevarse a los cielos... ¿Pero la propia tendencia a mirar hacia el cielo, a trascender la realidad, es entonces algo innato en el ser humano? ¿Cuál sería la función de esta mirada trascendente?

La inteligencia con la que se estructura el universo precede al ser humano, y su cerebro no es más que reflejo de esta organización inteligente. A través de nuestro cerebro, esta inteligencia natural, universal, se hace consciente de sí misma. Nuestra propia inteligencia no es sino de esta manera una especie de pequeño "holograma", una versión reducida y encapsulada de esta inteligencia universal. Con sus propias limitaciones, pero sin embargo diseñada "a imagen y semejanza" de aquella primordial. No es extraño, por tanto, que en un punto del desarrollo cognitivo de la especie, al preguntarse ¿quién soy yo? ¿qué este sujeto que observa el mundo?... tarde o temprano se haya ascendido la mirada para encontrar la respuesta en el firmamento, en las estrellas.

Verdades milenarias, que tanta serenidad han aportado al alma humana, y de las que sin embargo, la actual civilización occidental ha renegado. Un sujeto huérfano de su ascendente celestial, comienza a desarrollar enfermedades del alma que se expresan en forma de ansiedad, náusea, y diversas psicomatizaciones. Los trastornos psicológicos pueden verse a la luz de las enfermedades subyacentes del alma. 

Cada vez son más los humanos que en occidente están probando el dulzor de esa batata, al bañarla en las aguas de una espiritualidad libre de creencias religiosas, una espiritualidad pura que vuelve a conectar el principio humano con el universal, esta vez sin necesidad de crear mitos que lo sustenten. Esta es la raíz de la psicoterapia transpersonal, que acompaña al alma al reencuentro consigo misma, al reconocimiento más esencial. Su aspiración, por tanto, no se queda en la de una psicoterapia de taller, para efectuar arreglos individuales de psiques "estropeadas" o "disfuncionales", sino que su vocación es profundamente revolucionaria, en el sentido de que se pretende que la colonia humana pueda disfrutar de este "dulzor de la batata".

Si somos honestos, en realidad no sabemos cuántos individuos serán necesarios para propiciar ese umbral crítico que haría dar un salto a esta cultura posmoderna de lo vanal e intrascendente. Apostamos por una revolución silenciosa, que se da de conciencia a conciencia. Si en realidad existe una conciencia colectiva, y tiene a bien colaborar con esta expansión de forma exponencial... desde luego será bien recibida. No podrá ser de otra manera... La crisis cultural y económica suena con ecos de una transformación que solo podrán liderar aquellos que ofrezcan algo más auténtico, hondo, lúcido y esencial.