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El agua de la estabilidad

"Incluso en pleno oleaje, el río del zen fluye en calma. El agua de la estabilidad es transparente por más agitada que se halle". Maestro Xuedou

El río del zen, no es otro que el fluir de la vida. En realidad tan solo hay un río, y cualquier vía de desarrollo remite a una forma de fluir en este río. Podemos tratar de ir contracorriente, o resistirnos a fluir ante el miedo al oleaje, a los vaivenes emocionales... y a los saltos de agua que sentimos pueden avecinarse en cualquier instante, si soltamos el control y nos dejamos llevar en su agitado torrente. Sin embargo, la vida nunca se detiene. Podemos imaginar que al llegar al mar, habrá calma... Pero esto es tan sólo un supuesto, ante el desconocimiento de lo que allí nos aguarda.

Buscar la ansiada estabilidad en las condiciones externas que nos rodean, es un esfuerzo tan futil como tratar de detener el oleaje del río. Implantar diques, protecciones... tan sólo resulta en un aumento del poder de destrucción y energía del río que se abre paso a través de los obstáculos. A veces el primero que se resiente de esta erosión es nuestro propio cuerpo, que asiste al movimiento del río emocional sirviéndole de lecho.

La calma de la que habla el zen reside en una visión más clara y transparente de lo que hay, parte de la aceptación de la realidad tal cual se presenta en cada instante. ¿De dónde viene el miedo a fluir? ¿Qué tememos en el oleaje? Desde fuera, desde la superficie, el movimiento del agua hace que ésta se opaque. No nos deja ver su fondo, y aparece como un muro sólido de espumas blancas que amenazan con engullirnos, con atraparnos y ahogarnos... con cortar nuestra respiración y por tanto, provocar nuestra muerte. Los desbordamientos emocionales tienen la particularidad de aportar intensas sensaciones de aproximación a la muerte, como ocurre con el miedo intenso de un ataque de pánico, el deseo de muerte de la tristeza profunda, y el impulso de matar que da el odio incontenido.

El río del zen tan solo promete que si uno tiene el valor de sumergirse en sus aguas, de atravesar el oleaje superficial y adentrarse en sus profundidades... el agua allí dentro estará más calmada, y permitirá una visión más clara, trans-aparente, de lo que habitualmente se oculta en el inconsciente. Para adentrarnos en el río, hace falta aprender a respirar de una forma diferente que en la superficie. Hacen falta agallas... las que se desarrollan a través de la práctica meditativa.

 

José Miguel Sánchez Cámara